21 agosto, 2012

Del viaje a Sevilla e lo allí vivido (5)


rdené se sirviera la cena una hora antes y en el salón todos reunidos razonamos e manifestamos cada uno los pasos que se darían en Sevilla. E fue de alegría para todos, que les plació la idea de no dormir e partir antes. E aunque Su Ilustrísima nada decía de lo que se trazaba, veíase en su rostro aflorar la felicidad. Llegóse Marcos de las cocheras por aprestar el coche grande e antes de sentarse tomó un bocado e sirvióse algo de vino.

- No he de beber más – dijo -, pues bien despierto he de estar para conducir.

- A vuestro lado iré – aclaré -, e tras nosotros viajarán Lorenzo, Guille e Marinín; y en el último de los asientos irá don Juan con los pequeños.

- ¿E no podría mejor ir yo con mi hermano? – protestó Antonio -; tan pequeño es él como yo…

- Recordad, hijo – dije grave -, que si así lo digo, así ha de hacerse. Tiempo habrá luego para todo e para todos.

- Excusadme, papá – dijo triste -; vuestros trazados no quiero cambiar.

- Es el caso, Marino – apuntó Marcos -, que hasta nueve viajaremos en un mesmo coche pues siendo sólo una persona más habría que llevar dos dellos.

- Olvidamos entonces a Víctor… - todos lo miramos -. Acaso sea mejor cambiar el modo y manera de viajar. Podría Lorenzo llevar el otro coche e, así, quisiera yo cada uno decidiese en qué coche y con quién ir. Veamos pues… Lorenzo ha de llevar mejor a los mayores: Víctor, Guille, don Juan… En el otro coche llevado por Marcos vendrían con nos los más pequeños. Podéis decidir agora si viajar en un coche o hacerlo en otro; mas algo he de deciros a todos: nadie duerma en el camino. Cantad, orad o inventad, mas no se duerma. Es lo único que ordeno.

E hubo gran algarabía e risas e todos estaban de contento.

Cenamos a la hora que dispuse, sin mucho yantar ni mucho beber, e al salón volvimos sabiendo estaba todo en sazón.

E hubimos algunas pláticas e tuvo que avisarnos Cayetano de que la hora era llegada.

Pusiéronse los coches en la puerta, cada uno fue a su aseo y a vestirse e, ya bajando todos con sus ricas ropas, allí los esperaba yo con mi uniforme.

- ¡Papá! – corrió a mí Marinín -; tiempo ha que no os veo con vuestras galas ¡Mi capitán!

- Así mesmo os digo a todos – besélo e levanté mi brazo -; es maravilla de ver cuán apuestos gentilhombres se os ve. Seremos hoy como ejército de paz. En lo tocante a rezos e rituales… obedeced mejor a vuestro tío Juan. Juntos iremos todos a cada lugar.

E tomándome entonces Marcos a una parte en disimulos hablóme muy quedo.

- Por la tarde, Marino, habré reunión con doña Julia e don Justo a la que podréis asistir, que es asunto vuestro tanto como mío… mas deberían los más jóvenes ir en paseos a visitar la ciudad.

- Su Ilustrísima se hará cargo. Tan bien como yo conoce Sevilla. E si quisieren ver esas «setas», a la Plaza de la Encarnación podría llevarlos, que no está lejos.

- En fotos la he visto e con eso las conozco. Preferiría ver la casa de abajo a arriba e comprobar es de vuestro gusto. Si no hay setas en el patio para dar sombra, creo todo estará como pedisteis.

E fue así que todos salimos a los coches y el servicio quedó en la puerta por despedirnos e, saliendo de la finca, eché de ver cómo todos los hermanos fuéronse con Lorenzo e sólo Víctor e Su Ilustrísima nos acompañaban.

- Cada oveja con su pareja, Marino.

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