uéronse Marcos y Cayetano y, en cerrando la puerta,
cayeron mis hombros en un suspiro de sosiego, pues los trazados que había entre
manos eran de grande importancia para todos, cambiarían al estar el palacio de
Sevilla presto… e no encontraba momento de calma. Puse mis manos en los papeles
e dispúseme a trabajar, cuando sonaros unos suaves golpes a la puerta.
- Venite – dije resignado -.
Abrióse muy de espacio la puerta e vi a Marinín
sonriendo allí asomado, sin nada decir e acompañado por sus hermanos.
- ¡Vamos! ¡Pasad todos! Sé que hay nuevas. Sentaos e
decidme qué pensáis.
- Papá… - habló Marinín -; agradeceros queremos todos
hayáis pensado en llevarnos a Sevilla. Será de gran gozo ver a Nuestra Señora
en procesión, visitar la ciudad, yantar en un restaurante e visitar el palacio…
¿Sabéis que lo recuerdo muy bien?
- ¿Lo recordáis? – sorprendióme -. A doña Julia dije
tiempo ha derribase la nueva casa, que no placíame, e lo reconstruyese como
estaba, que dice es cosa fácil por haber documentos precisos para ello. Nuestro
palacio ha de ser el mesmo mas… con todo esto moderno de hoy.
- Jo – exclamó Pablo -; en palacio alguno he estado…
¡ni vivido!
- Todos allí tendréis vuestra estancia e cualquiera
cosa que podáis imaginar e, si así no fuese, ordenaré se remedie. Y… ¿os placería
vivir allí en invierno e aquí en verano?
- Padre – apuntó Guille -, si en invierno volvemos a
los estudios en los Estados Unidos, no podremos vivir allí.
- Así lo creo – añadió Lorenzo -; e bien nos gustaría
vivir en la ciudad. Allí estuve e nada vi.
- Esos estudios de la High School habréis de terminar
e, una vez examinados, seréis grandes hombres de provecho. Mas no penséis no
habéis de vivir allí. Todo se andará.
- Acaso no sea así – habló Carlitos como con disgusto
-, que a lo que veo, estos dos universitarios ya estarán casados e con hijos e
viviendo en su propia casa.
- ¿Quí lo sa, pequeño? – sonreíle -; aún casados e con
familia allí tendrán un sitio. Mas no creo lo más importante del viaje a
Sevilla sea la visita al palacio, sino la procesión.
- ¡Y lo es! – dijo entonces Antonio -. Marinín e yo ya
deseamos estar allí, frente a la puerta, esperando que Ella salga. Dice mi
hermano que si en estando enfrente de la puerta pídense tres deseos a Nuestra
Señora, uno se cumple.
- E… - mirólo Carlitos curioso - ¿Pueden pedirse tres
cosas iguales? Así siempre se cumpliría lo deseado.
Todos rieron por las fantasías de mi pequeño, puse mis
codos sobre la mesa, los miré uno a uno, de lado a lado, y me puse en pie.
- Podéis probar eso, pequeño, mas sabed que a Dios y a
su Madre Santa no se les puede falsear, que todo lo saben.
- Sí, papá – apuntó Marinín de contento -, pues siendo
los pensamientos libres de pecado Ellos han de entenderlos.
- Nadie os impide probar – acerquéme a ellos -. Terminada
la procesión, hemos de ir a dar buen cumplimiento a unos churros al Postigo del
Aceite, que son maravilla de yantar e, luego desto, veremos los monumentos e
las calles hasta llegado el almuerzo. He de preguntar a doña Julia cuál es el
mejor restaurante que haya agora en Sevilla e allí iremos. Todos deberéis
vestir vuestras ricas galas para todo esto. Así, quiero deciros no pidáis a la
Santa Madre estos deseos, pues han de cumplirse.
- ¿También visitaremos «las setas»? – preguntó Guille
-.
- Si he de seros sincero, hijo, no es eso algo que
mucho me plazca, pues pienso es Sevilla ciudad de gran tradición donde no caben
hongos, que, como bien sabéis, solo crecen en las basuras.
- En tal cosa no había pensado, papá – exclamó Antonio
-, pues poniendo unas setas en la ciudad, parece sea esta una mierda.
- Vamos… - reí aquellas ocurrencias -. Hemos de hacer
entonces otro trazado. El que quiera verlas, vaya a verlas; el que no quiera,
reste en palacio. No creo sea edificio útil mas tampoco feo, sino poco
apropiado para el centro de Sevilla. Mirad que destas cosas de arquitectura
mucho conozco.
- ¿E qué cosa no conocéis? – parecióme Carlitos muy
curioso -. Acaso sería mejor dijerais los conocimientos que os faltan.
E tomándolo en mis brazos, lo besé e acaricié sus
descuidados cabellos.
- Papá un día os dirá lo que no sabe – dije con
misterio – y lo que nunca quisiera saber.
A todos plació mucho aquel encuentro e muchas más
cosas hablamos e mucho reímos de contento, que todos daban por bueno que yo
habría de llevarlos.
- Cayetano – dije resignado -. Aprestad mi uniforme de
galas. Prepárese todo para la visita a Sevilla.



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