esté en mi bufete pensando agora aquesto, luego aquello
e luego lo de más allá pues el tío Juan propuso viaje que acaso no fuere
posible y, pensando estaba cuando se entró Marcos como llevado por los diablos
con la su faz exangüe como de cadáver e con sus manos temblorosas.
- ¡Vive Dios, Marino! – venía balbuceando - ¿Es que no
sabéis qué cosas va por ahí diciendo vuestro tío Juan?
- Calmaos y acercaos, Marcos, que he de manifestaros
lo acaescido.
Vino a mí como en sudores, puso su mano en mi hombro e
restó en pie.
- No ha mucho – le dije con paciencia -, aquí ha
estado como temeroso, como dubitando, por osar decirme quisiera ir a la procesión
de mañana en Sevilla… e nada he objetado, que atinada me parece la idea mas… yo
mesmo creí oportuno preguntase al servicio si quisiera también asistir,
entonces, ¿qué cosas va diciendo?
- ¡Eso mesmo! – turbóse -. ¿Vos creéis que sería
atinado dejar la casa sola con estos tiempos de pillaje que corren? A don
Amancio, y esto lo sabe bien Lorenzo, hanle descuidado media casa, que, según
se dice, no le queda gaveta donde guardar sus calcetines. Creo el servicio
debería restar en la casa, Marino… ¿Vais a arriesgaros?
- No tal, amigo Marcos. Bien sabéis lo segura que es
esta casa pues, si quisiéramos entrar nosotros mesmos habiendo olvidado las
llaves, al albur dormiríamos.
- Pues así no piensa Cayetano – aclaró – por las cosas
que le he oído. E con esto no quiero deciros no haya deseos de ir, sino que más me
parece como yo lo cree.
- Entre manos tengo algo de trabajo, Marcos. Quisiera
no tener que salir por saber qué cosas se piensan o se manifiestan. Sea lo que
cada uno decida e no haya temor por esos asaltos.
Y en esto diciendo, pidió la venia por entrar Cayetano
que, a lo que vi, parecía entre sorpreso y asustado.
- Disculpen vuesas mercedes entre donde no se me llama
– dijo -, pues es el caso que Su Ilustrísima pregunta al servicio desta muy
honrosa Casa si quisiéremos viajar con la familia a Sevilla por asistir a la
procesión…
- Serenaos, Cayetano; haya calma, pues yo mesmo lo he
pensado y es ilusión de don Juan. Decida el servicio si quiere asistir o no,
pues como parte desta familia se os tiene.
- Agradecido todos os estamos siempre por el trato
recibido, Excelencia, mas ¿en verdad creéis de razón vaya todo el servicio?
- Ni sí… ni no – empezaba a desesperar -, sino lo
contrario. Lo dicho es que si el servicio quisiere ir, podría hacerlo. Bien sabéis
de corazón lo digo.
- ¡Excelencia! – exclamó entonces - ¿Pensáis dejar la
casa sola un día entero? Mejor que yo sabéis cómo se extiende el saqueo por
estas casas aisladas e, habiendo medios que nos aseguran nadie la usurpará, he
de deciros que aquestos pícaros que hasta la Ribera se llegan, entrarían en
esta casa con más facilidad que vos mesmo. No los conocéis.
- Todo progresa – apunté no sin sorna -; hasta el
pillaje. Si lo creéis oportuno, restad en la casa, que nadie os obliga a
abandonarla.
- Es el caso, Excelencia – continuó -, que preguntados
todos, dicen preferir restar aquí… e por evadir viajes ni procesión lo dicen,
que bien sabéis todos somos católicos e a Dios damos las gracias por serviros y
haber nuestra casa e nuestro sustento como vos lo tenéis. Es merced que se os
agradece. No así pienso de Víctor, pues como entre medio está, que ni es de la
familia ni es sirviente. Hablado con él, se aviene a acompañaros.
- Esto, Marcos – mirelo sonriente -, es lo trazado. El
servicio sabe lo que quiere y quiere lo que ya sabemos. Viaje a Sevilla Víctor
y resten todos los otros aquí como es su deseo. No hay orden para nadie que
haya de cumplirse, sino sus deseos.
- Tranquilo quedo con esto, Excelencia…
- Lo mesmo he de decir, Marino – dejóse caer Marcos en
un asiento -; cúmplase la voluntad de cada uno y a nadie se obligue.
- Bien decís a nadie se obligue – reí -, pues no creáis
me place en demasía tanto trafego.
- ¿Pensáis restar aquí? – preguntóme Marcos con
extraño -. ¡Vuestros hijos no querrán ir sin vos, Marino!
- Irán, Marcos, irán de buen grado, que es cosa que
les place, su tío les acompañará e los mayores dellos cuidarán.
- El Capitán nunca abandona el barco – farfulló Marcos
-; paréceme os trocáis… demasiado sedentario.
- Quizá, amigo Marcos. Mas vos sí habréis de ir, pues
también se me ha dicho algo de cierto encuentro con doña Julia e don Justo
Severo ¿No es así?
- Así lo es – agachó la cabeza -. Nada os he dicho por
el momento mas, aprovechando el viaje, he de dar cumplimiento a esa cita, que
vuestro palacio de Sevilla creo está ya listo para ocuparse.
Levantéme al punto incrédulo ¿Mi palacio aprestado y
nada se me dijo? E no había palabras para manifestar lo que sentía.
- Hablad, hablad con ellos y, en volviendo, os pido me
deis detalles… ¡Mi palacio de Sevilla aprestado!



No hay comentarios.:
Publicar un comentario