17 agosto, 2012

Del viaje a Sevilla e lo allí vivido (1)


ino a mí de tarde ya, casi de noche, Su Ilustrísima entrando de espacio en mi bufete el día catorce e, sin pedir la venia, entróse y sentóse frente a mí sin nada decir, mas veía yo en sus ojos como una tristeza. Mirélo quedo e pareció comprender en mi gesto le preguntaba qué asuntos le llevaban a verme e fue así que comenzó una de sus luengas pláticas como circunloquio.

- Paréceme, sobrino, que los calores han pasado e, no siendo yo muy de viajes e de trafego baladí, sí he pensado, y permítaseme este atrevimiento, que bueno sería de cuando en cuando llevar a los niños a paseo, que restar siempre en esta casa, por muy placentero que ello sea, no ha de permitirles haber conoscimientos de otra índole que sería menester tuviesen. Sois vos, y Dios sabe que en tales asuntos no entro, el que ponéis las normas e dais las órdenes, mas si hubierais la merced de oír esto que pienso, acaso sería de vuestro gusto e, no siendo así, bien sabéis nunca nada os pido…

- ¿Queréis decirme de una vez qué os trae? No es molesta vuestra presencia, mas si habéis algo que decir… decidlo…

- Es el caso, hijo mío, que mañana es el día de la Asunción de María Santísima e quisiera yo hacer algo distinto por honrarla, pues no es de razón, en casa cristiana como esta, no recordar mañana a Nuestra Señora. Con esto, y queriendo todos la honremos como es debido, pasa por mi cabeza la idea de llevar a vuestros hijos a Sevilla, que es allí día grande e Nuestra Señora de los Reyes sale en procesión en derredor de la Catedral.

- Es viaje que placerá a todos, Ilustrísima, e ninguna otra cosa de importancia como esa hay que hacer. Pedid a Lorenzo apreste los coches para ese viaje. Aquí os espero.

- ¿Aquí? – pareció turbado - ¿No iríais con nosotros a tan ínclito acontecimiento?

- ¿Y cómo no he de ir? – exclamé -; eso que pensáis me place.

- Pues habéis dicho que aquí esperáis…

- Aquí espero – dije con santa paciencia – a que habléis con Lorenzo. Es la procesión tan temprana que habrá de partirse en viaje antes del amanecer. Organizad todo aquello que sea menester, que yo os sigo.

- ¡Ay! – suspiró -. Creí me decíais que fuésemos nos e que aquí esperaríais. He de decir a Lorenzo y a Guille apresten dos coches, pues muchos seremos para ir en uno solo.

- Y… - medité una pieza llevando mi mano al mentón - ¿restará el servicio en la casa?

- Eso, sobrino, es cosa que habréis de decidir vos y ellos, mas si gustasen de ir… dos coches serían pocos. Marcos, vos y este humilde servidor de Dios e vuestro, el tercio hacemos e, siendo vuestros hijos hasta seis, la novena hacemos… mas si han de venir también Víctor, Cayetano y María, Ramón y las dos sirvientas… hasta quince seremos.

- Preguntadlo, Ilustrísima. Si el servicio quisiere ir, se aprestará otro coche, pues también Marcos podría conducirlo. Organizad vos toda esa empresa e, ya aprestada, me lo comunicáis. En Sevilla almorzaremos todos e por la noche se volverá.

- Decid vos a los niños han de vestir sus más ricas galas; es eso cosa que no quisiera hacer yo. La idea es mía, sí, mas vos ordenáis.

- Así lo haré, tío Juan. Vuestros angelitos habrán gran contento.

- E también Marcos, que con don doña Julia e don Justo, el abogado, alguna cosa creo ha de hablar.

- ¿Doña Julia? ¿El abogado?

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