ino a mí de tarde ya, casi de noche, Su Ilustrísima
entrando de espacio en mi bufete el día catorce e, sin pedir la venia, entróse
y sentóse frente a mí sin nada decir, mas veía yo en sus ojos como una
tristeza. Mirélo quedo e pareció comprender en mi gesto le preguntaba qué asuntos
le llevaban a verme e fue así que comenzó una de sus luengas pláticas como circunloquio.
- Paréceme, sobrino, que los calores han pasado e, no
siendo yo muy de viajes e de trafego baladí, sí he pensado, y permítaseme este
atrevimiento, que bueno sería de cuando en cuando llevar a los niños a paseo,
que restar siempre en esta casa, por muy placentero que ello sea, no ha de permitirles
haber conoscimientos de otra índole que sería menester tuviesen. Sois vos, y
Dios sabe que en tales asuntos no entro, el que ponéis las normas e dais las órdenes,
mas si hubierais la merced de oír esto que pienso, acaso sería de vuestro gusto
e, no siendo así, bien sabéis nunca nada os pido…
- ¿Queréis decirme de una vez qué os trae? No es
molesta vuestra presencia, mas si habéis algo que decir… decidlo…
- Es el caso, hijo mío, que mañana es el día de la
Asunción de María Santísima e quisiera yo hacer algo distinto por honrarla,
pues no es de razón, en casa cristiana como esta, no recordar mañana a Nuestra
Señora. Con esto, y queriendo todos la honremos como es debido, pasa por mi
cabeza la idea de llevar a vuestros hijos a Sevilla, que es allí día grande e
Nuestra Señora de los Reyes sale en procesión en derredor de la Catedral.
- Es viaje que placerá a todos, Ilustrísima, e ninguna
otra cosa de importancia como esa hay que hacer. Pedid a Lorenzo apreste los coches
para ese viaje. Aquí os espero.
- ¿Aquí? – pareció turbado - ¿No iríais con nosotros a
tan ínclito acontecimiento?
- ¿Y cómo no he de ir? – exclamé -; eso que pensáis me
place.
- Pues habéis dicho que aquí esperáis…
- Aquí espero – dije con santa paciencia – a que habléis
con Lorenzo. Es la procesión tan temprana que habrá de partirse en viaje antes
del amanecer. Organizad todo aquello que sea menester, que yo os sigo.
- ¡Ay! – suspiró -. Creí me decíais que fuésemos nos e
que aquí esperaríais. He de decir a Lorenzo y a Guille apresten dos coches,
pues muchos seremos para ir en uno solo.
- Y… - medité una pieza llevando mi mano al mentón -
¿restará el servicio en la casa?
- Eso, sobrino, es cosa que habréis de decidir vos y
ellos, mas si gustasen de ir… dos coches serían pocos. Marcos, vos y este
humilde servidor de Dios e vuestro, el tercio hacemos e, siendo vuestros hijos
hasta seis, la novena hacemos… mas si han de venir también Víctor, Cayetano y
María, Ramón y las dos sirvientas… hasta quince seremos.
- Preguntadlo, Ilustrísima. Si el servicio quisiere
ir, se aprestará otro coche, pues también Marcos podría conducirlo. Organizad
vos toda esa empresa e, ya aprestada, me lo comunicáis. En Sevilla almorzaremos
todos e por la noche se volverá.
- Decid vos a los niños han de vestir sus más ricas
galas; es eso cosa que no quisiera hacer yo. La idea es mía, sí, mas vos ordenáis.
- Así lo haré, tío Juan. Vuestros angelitos habrán
gran contento.
- E también Marcos, que con don doña Julia e don
Justo, el abogado, alguna cosa creo ha de hablar.
- ¿Doña Julia? ¿El abogado?



No hay comentarios.:
Publicar un comentario