evantáronse todos e tomamos el desayuno saliendo
luego al jardín donde se pasó la mañana. Quiso Marinín que me diese un baño con
ellos e a tal petición me avine e unióse también Marcos. Ya todos en las aguas
jugando, vino a mí Marinín, rodeó mi cuello con sus brazos e, con su mirada
profunda e todo su rostro mojado y brillante – como su sonrisa – hablóme al
oído.
- Lo que escribisteis esta mañana ya he leído, papá.
- ¿Y os gusta, hijo?
- ¡Cómo no ha de gustarme! – rio -, que también yo
quisiera comerme un pimiento.
- Vamos, hijo – retirélo de mí -; nademos con los
demás e ya se verá lo del pimiento.
E llegada la hora del almuerzo, ya todos secos e
vestidos, pasamos al comedor.
- He aquí un almuerzo especial – declamó Ramón muy de contento
-; gazpacho fresco, pescaíto frito, algo que picar y el postre.
- ¡Dios me ha oído! – alzó sus brazos don Juan -, pues
esta vez no son «sopa fría serrana con aromas del Gadióvar, frutos del mar
rebosados en corteza de espliego, entremeses de la huerta en salsa parmesana ni
helado de pistacho con crema del Endrinal».
- Excusadme, Ilustrísima – musitó Ramón acercándose -.
Prometido queda que no he de crear esos nombres que os asustan, pues lo servido
es todo de la tierra… ¡menos el pescado!
E todos nos mirábamos como conteniendo unas risas, no
por cambiar los nombres que se creaban, sino porque dificultoso sería que el
pescado fuese de la Serranía.
Así, viendo Ramón que sus viandas nos placían, miróme
con picardía e fuese sonriendo a la cocina.
- Según he leído al medio día – razonó Su Ilustrísima
-, todos nos íbamos a comer un pimiento.
E con esto, oyóse un fuerte estruendo, moviéronse las
sillas y hasta la mesa y con fuertes risas esperamos para poder oír las
bendiciones. E nos miraba don Juan como con extraño por nada entender.
- Algo habré dicho poco atinado… Benedic, Domine, nos,
et haec tua dona quae de tua largitate sumus sumpturi. Mensae coelestis
participes faciat nos, Rex aeternae gloriae. Per Christum Dominum nostrum.
- Amen.



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