10 agosto, 2012

De los calores del desierto


caso Dios o la Naturaleza, que lo mismo son a lo que alcanzo, quiso que este verano viniesen al Andalucía las grandes e sofocantes nubes de polvo del desierto que las temperaturas suben e los ánimos bajan. E piensan las gentes que es esto como señal del fin del mundo, que varias veces he vivido e otras tantas sobrevivido. E tal sofoco habíamos esta mañana, que no pudiéronse abrir las puertas ni del jardín disfrutamos. Hice pasar a los pequeños a la casa e di órdenes de que todo se cerrara al punto, pues en el aire flotaba ya este polvo, que si no es tóxico, algo asfixia.

Con esto, decíame Cayetano sería menester correr las cortinas e dejar la casa en penumbras, pues ardían los cristales como las planchas de un horno.

- Cerrad vos las desta planta e Marcos e yo cerraremos las restantes. Orden se da de no salir en ningún momento al campo. Sépalo el servicio, pues dice Ramón abre su ventana.

E, seguidos por mis hijos, subimos a priesa las escaleras Marcos y yo, afianzamos puertas y ventanas e corrimos las cortinas.

- A fe, Marino – me decía Marcos en temblores -, que cosa como esta nunca he visto, pues es Cuenca ciudad de mucho frío e lejana del desierto.

- ¿Teméis? – reí - ¿Acaso no me veis bien vivo? Tormentas como estas he vivido y de mucho más calor, sin agua en las casas, sin alimentos ni frigoríficos… e sin estos que llamáis «aires acondicionados». Acondicionaos vos a estas fechas y esperad, pues pasan.

E bajando luego al salón ya en penumbras, encontramos a Su Ilustrísima mirando arriba con espanto.

- ¿Es la guerra? – preguntó con un punto de pánico - ¿Qué cosa sucede para aislarnos de tal forma?

- ¡Vamos, tío Juan! – gritóle Lorenzo -, que no es otra cosa lo que se hace sino aislar la casa del calor. Si como vos fuese cura, al punto colgaba esas sotanas, que de buen seguro han de daros mucho calor.

- Ni cura soy – reprimiole -, ni calores me dan mis vestiduras talares. Os advertiría yo que vistieseis en el jardín con decencia aunque fuese con uno desos trajes de baño.

E miróme Lorenzo sin saber qué cosa decir e, pasada una corta pieza, a una parte lo llevé.

- Veréis, hijo… - medité -. No hablaría yo así a vuestro tío, pues como uniforme lleva esa sotana casi desde el día en que nació. E tampoco es de razón lo llaméis cura, pues el debido respeto merece, que es arzobispo emérito e muy renombrado e también marqués.

- Os ruego me excuséis – digo turbado -; yo mesmo he de pedirle excusas pues bien recuerdo… en qué circunstancias me vio por vez primera.

- Recordadlo entonces, Lorenzo.

- Así lo haré, padre, que tal como lo decís, más respeto a él debo que a vos mesmo… E si cuenta lo visto aquella noche… Dejadme agora a mí, que siendo del campo, bien sé cómo entrar en calor cuando se viene el frío o refrescarme cuando llega el calor. E no desearía veros acalorado.

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