caso Dios o la Naturaleza, que lo mismo son a lo que
alcanzo, quiso que este verano viniesen al Andalucía las grandes e sofocantes
nubes de polvo del desierto que las temperaturas suben e los ánimos bajan. E
piensan las gentes que es esto como señal del fin del mundo, que varias veces
he vivido e otras tantas sobrevivido. E tal sofoco habíamos esta mañana, que no
pudiéronse abrir las puertas ni del jardín disfrutamos. Hice pasar a los
pequeños a la casa e di órdenes de que todo se cerrara al punto, pues en el
aire flotaba ya este polvo, que si no es tóxico, algo asfixia.
Con esto, decíame Cayetano sería menester correr las
cortinas e dejar la casa en penumbras, pues ardían los cristales como las
planchas de un horno.
- Cerrad vos las desta planta e Marcos e yo cerraremos
las restantes. Orden se da de no salir en ningún momento al campo. Sépalo el
servicio, pues dice Ramón abre su ventana.
E, seguidos por mis hijos, subimos a priesa las
escaleras Marcos y yo, afianzamos puertas y ventanas e corrimos las cortinas.
- A fe, Marino – me decía Marcos en temblores -, que
cosa como esta nunca he visto, pues es Cuenca ciudad de mucho frío e lejana del
desierto.
- ¿Teméis? – reí - ¿Acaso no me veis bien vivo? Tormentas
como estas he vivido y de mucho más calor, sin agua en las casas, sin alimentos
ni frigoríficos… e sin estos que llamáis «aires acondicionados». Acondicionaos
vos a estas fechas y esperad, pues pasan.
E bajando luego al salón ya en penumbras, encontramos
a Su Ilustrísima mirando arriba con espanto.
- ¿Es la guerra? – preguntó con un punto de pánico -
¿Qué cosa sucede para aislarnos de tal forma?
- ¡Vamos, tío Juan! – gritóle Lorenzo -, que no es
otra cosa lo que se hace sino aislar la casa del calor. Si como vos fuese cura,
al punto colgaba esas sotanas, que de buen seguro han de daros mucho calor.
- Ni cura soy – reprimiole -, ni calores me dan mis
vestiduras talares. Os advertiría yo que vistieseis en el jardín con decencia
aunque fuese con uno desos trajes de baño.
E miróme Lorenzo sin saber qué cosa decir e, pasada
una corta pieza, a una parte lo llevé.
- Veréis, hijo… - medité -. No hablaría yo así a vuestro
tío, pues como uniforme lleva esa sotana casi desde el día en que nació. E
tampoco es de razón lo llaméis cura, pues el debido respeto merece, que es
arzobispo emérito e muy renombrado e también marqués.
- Os ruego me excuséis – digo turbado -; yo mesmo he
de pedirle excusas pues bien recuerdo… en qué circunstancias me vio por vez
primera.
- Recordadlo entonces, Lorenzo.
- Así lo haré, padre, que tal como lo decís, más
respeto a él debo que a vos mesmo… E si cuenta lo visto aquella noche… Dejadme
agora a mí, que siendo del campo, bien sé cómo entrar en calor cuando se viene
el frío o refrescarme cuando llega el calor. E no desearía veros acalorado.



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