12 agosto, 2012

De la mañana de excepción


asada la noche y llegado el día, llegó también el cansancio e a las estancias nos retiramos. Quedaron mis hijos en el salón dormidos e allí los dejamos por no interrumpir su sueño mas después de soñar cosas que recordar no quisiera, despertóme gran bullicio, miré a mi mesilla e allí estaba el jugo de naranja. Dormía Marcos tan profundamente que roncaba con grande estruendo e así decidí tomar mi jugo e bajar al salón por ver qué eran aquellos gritos.

Acercándome con cautela, por no ser visto, a la barandilla que al salón da, pude ver a los más jóvenes (y no tanto), jugando con gran algarabía.

- ¿Saben vuesas mercedes que aún hay quien duerme en esta casa? – grité -.

E mientras bajaba de espacio, todos corrieron a sentarse e nada dijeron.

- Marinín, hijo; sé que quizá al jardín no pueda salirse mas no es ese motivo para tales gritos dentro de la casa. Lorenzo, que no sois tan niño, abrid la puerta y ved cómo está el tiempo. Y atentos os quiero a la hora del desayuno.

E todos fueron obedientes e pidióme Marinín excusas por lo acaecido saliendo luego corriendo tras Lorenzo.

- ¡Ha refrescado! – gritó Guille -.

Con un gesto, por ver que cerca de las estancias de Su Ilustrísima se hallaban, le pedí callasen, salieron de contento e volvió a mí Marinín.

- Veréis, papá… sé que puedo pediros algo que no es de razón mas todos quisiéramos tomar unos baños…

- No se hable más destos asuntos – contestéle grave -. Si es de todos decisión, podéis tomarlos, mas estad atentos a la hora, que casi es tiempo del desayuno.

Corrió de contento e fuime a la cocina… e allí estaba el servicio dando su debido cumplimiento a sus tareas.

- ¿No hay cansancio aquí? – pregunté con extraño -.

- Haberlo, lo hay, Excelencia – dijo María -, mas bien sabéis que es cosa que puede remediarse.

- He de hacer hoy excepción en mis normas, pues todo es excepcional. Servido el desayuno, tienen todas vuesas mercedes la venia para tomar unos baños e descansar hasta el almuerzo. Prepárense viandas poco dificultosas para el medio día e duérmase unas horas.

- ¡Excelencia! – acercóse Cayetano -; no es menester romper las normas, pues podrá recuperarse el sueño perdido.

- Haced lo que os digo, Cayetano, que no quiero un servicio sin descanso. Mañana volveremos al tedio de cada día.

E al punto entróse Su Ilustrísima con gesto de disgusto.

- ¿Vos aquí, sobrino? A tomar algo vengo por despertar, pues tan luengo y mal sueño he tenido, que paréceme agora real. Preparadme un café bien caliente, Ramón, e no preguntéis por qué os lo pido.

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