asada la noche y llegado el día, llegó también el
cansancio e a las estancias nos retiramos. Quedaron mis hijos en el salón
dormidos e allí los dejamos por no interrumpir su sueño mas después de soñar
cosas que recordar no quisiera, despertóme gran bullicio, miré a mi mesilla e
allí estaba el jugo de naranja. Dormía Marcos tan profundamente que roncaba con
grande estruendo e así decidí tomar mi jugo e bajar al salón por ver qué eran
aquellos gritos.
Acercándome con cautela, por no ser visto, a la
barandilla que al salón da, pude ver a los más jóvenes (y no tanto), jugando
con gran algarabía.
- ¿Saben vuesas mercedes que aún hay quien duerme en
esta casa? – grité -.
E mientras bajaba de espacio, todos corrieron a
sentarse e nada dijeron.
- Marinín, hijo; sé que quizá al jardín no pueda
salirse mas no es ese motivo para tales gritos dentro de la casa. Lorenzo, que
no sois tan niño, abrid la puerta y ved cómo está el tiempo. Y atentos os
quiero a la hora del desayuno.
E todos fueron obedientes e pidióme Marinín excusas
por lo acaecido saliendo luego corriendo tras Lorenzo.
- ¡Ha refrescado! – gritó Guille -.
Con un gesto, por ver que cerca de las estancias de Su
Ilustrísima se hallaban, le pedí callasen, salieron de contento e volvió a mí
Marinín.
- Veréis, papá… sé que puedo pediros algo que no es de
razón mas todos quisiéramos tomar unos baños…
- No se hable más destos asuntos – contestéle grave -.
Si es de todos decisión, podéis tomarlos, mas estad atentos a la hora, que casi
es tiempo del desayuno.
Corrió de contento e fuime a la cocina… e allí estaba
el servicio dando su debido cumplimiento a sus tareas.
- ¿No hay cansancio aquí? – pregunté con extraño -.
- Haberlo, lo hay, Excelencia – dijo María -, mas bien
sabéis que es cosa que puede remediarse.
- He de hacer hoy excepción en mis normas, pues todo
es excepcional. Servido el desayuno, tienen todas vuesas mercedes la venia para
tomar unos baños e descansar hasta el almuerzo. Prepárense viandas poco
dificultosas para el medio día e duérmase unas horas.
- ¡Excelencia! – acercóse Cayetano -; no es menester
romper las normas, pues podrá recuperarse el sueño perdido.
- Haced lo que os digo, Cayetano, que no quiero un
servicio sin descanso. Mañana volveremos al tedio de cada día.
E al punto entróse Su Ilustrísima con gesto de
disgusto.
- ¿Vos aquí, sobrino? A tomar algo vengo por
despertar, pues tan luengo y mal sueño he tenido, que paréceme agora real. Preparadme
un café bien caliente, Ramón, e no preguntéis por qué os lo pido.



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