07 agosto, 2012

De la espera de mis hijos (2/2)


mi estancia subí al punto tras excusar mi ausencia e, aprestando mi equipo, a escribir comencé.

Llegada que fue la hora de la cena, a todos saludé como todos los días, que era larga tarea al estar todos allí por el estío.

- Al comedor pueden pasar vuesas mercedes - hizo sonar su campanilla Ramón- .

E todos fuimos pasando en orden y hablando en susurros e tomando asiento luego cada uno en su lugar e bendijo Su Ilustrísima la mesa e oyéronse comentarios e, tras decir Ramón las viandas que tomaríamos, vi cómo Marinín su asiento dejaba e, acercándose a mí, puso su rostro en mi hombro e hablóme quedo.

- Gracias, papá – dijo -, que otra vez he vuelto a leeros y bien sé esto lo hacéis por nosotros.

Besóme entonces e a su lugar en la mesa volvió junto a su hermano Antonio. E no supe qué cosa decir, sino que al ver que todos sonreían felices, supe habían leído lo por mí escrito esta tarde. Con esto, nada quise decir como nueva, sino que agradecí a todos lo que hacían.

- También yo os leo, papá – exclamó Carlitos -; y en el tiempo que nada habéis escrito desde la primera letra hasta estas últimas.

- Decidme entonces, pequeño – pregunté - ¿qué cosas habéis aprendido?

- ¿Todas? – extrañóse -.

- Como se ve – apuntó Su Ilustrísima -, no era cuento lo que os decía, que no sólo os leen, sino que aprenden e, tanto hay escrito en vuestro diario, sobrino, que el que desde el comienzo lo lea, como vos mesmo aprendisteis cada cosa deste mundo de hoy, aprenderá lo que casi no puede creerse.

- Si me permite Su Excelencia – habló Víctor, el maestro -, diría yo que tanto es libro de aprendizaje como para solaz, pues entre sus líneas puede encontrarse también como un tesoro escondido. No narráis vuestra vida, sino la de todos; y eso nos hace descubrirnos a nosotros mismos.

- A fe que lo que decís lo creo un tanto exagerado – disimulé mi asombro -, mas si así lo pensáis, como Su Ilustrísima lo piensa e bien me dijo, ¿a qué no escribir para vosotros?

- No es sacrificio para vos, Marino – apuntó entonces Marcos -, y es para todos una guía llena de sorpresas. Escribid como antes cada noche; es merced que todos esperamos.

- Nada prometo – tomé la cuchara para que todos yantasen -, mas bien es cierto que para mí no es estorbo alguno el escribir. Comamos y bebamos y salgamos luego al jardín hasta bien entrada la noche. Desde mañana he de volver a narrar todo esto que vivimos para que así todos lean lo que pienso de cada cosa… por baladí que parezca.

E ya todos en la terraza en juegos por estar la noche fresca, vino a mí don Juan en disimulos.

- Decid, por Dios, a ese cocinero, que llame a las cosas por su nombre, pues a veces no sé lo que a la boca me llevo. Dizque lo comido hoy era «Gazpacho grazalemeño con aroma al bálsamo de Módena» e, a fe que para mí no era sino un gazpacho un tanto raro… el que agora mesmo repito.

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