los días pasaron, e las semanas e los meses, sin que
nada nuevo hubiese que narrar, según así me pareciera, pues de narrar en este mi
diario cuanto ha acontecido desde mis últimas palabras, más de un ciento de
páginas hubiesen leído vuesas mercedes, que pasaron los días e las semanas e
los meses e cambiaron nuestros usos e unos se llegaron e otros más se fueron e
nada dello he narrado.
Mas, estando esta mesma tarde en pláticas con Su
Ilustrísima en el cubierto del jardín – leyendo agora y en pláticas después -
confeséle sentirme solo como nunca antes lo sentí. Soltó su libro en la mesa
con mirada como de enojo, a su enderredor miró e habló mirando al frente.
- ¡Solo! No parécemelo. Acaso pensáis que la soledad
es agora vivir en paz con vuestros hijos… Acaso sea, sobrino, que confundís
soledad con verdadera paz, que no hay entuerto que deshacer desde tiempo atrás.
Y es esto cosa que me espanta, pues hasta vuestro diario habéis dejado
incompleto.
- ¿Incompleto decís? – sorprendíme - ¿Esperabais un
final feliz o uno triste de mi vida?
- El final no veo de vuestros días, sino un a modo de
cambio en vuestros usos, mas no habéis pensado que hay quien espera poder
seguir leyéndoos.
- ¿Leyéndome? – reí - ¿A quién ha de interesar la vida
de alguien que pasa sus días uno tras otro sin cosa alguna que hacer?
- A mí – espetó -; a mí mesmo e a otros, que de buena
tinta lo sé. No es para mí novedad el ver con estos mis ojos lo que día a día
acontece, mas sí lo es saber cómo lo veis vos, que es cosa bien distinta.
- ¿Me pedís con estas vuestras palabras que siga
escribiendo un diario que interés alguno tiene?
- No – alzó su voz -, no os lo pido, sino que a ello
estáis obligado. Buscad como antes el tiempo, usad vuestros nuevos artilugios…
pero escribid.
- ¿Vais a obligarme, Ilustrísima?
- No tal – miró a mis hijos en las aguas -; ellos lo
esperan de su padre.
- ¿Qué decís? ¡Mis hijos leyéndome!
- Así era, sobrino, que os leían porque de vos
aprehendían más que cuando les hablabais. Y ellos me lo piden a mí porque yo os
lo pida, mas siendo como decís que nada se os puede pedir, callan.
¡Santo Dios! – exclamé internamente - ¿Qué cosa estaba
haciendo? A mi razón no alcanzaba que todos me leyeran y pidiesen a su tío Juan
que mediase. Y en esto pensando, mirélo grave e dejé también mi libro sobre la
mesa.
- Mis excusas he de presentaros – dije -, que tales
asuntos no entiendo mas sí los comprendo. Yo mesmo he de decir a todos que esta
mesma noche, un año largo después, he de seguir este diario. Y lo que os digo
han de leer con los sus ojos.
- Amén. Filii vestri espectare.



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