06 agosto, 2012

De la espera de mis hijos (1/2)


 los días pasaron, e las semanas e los meses, sin que nada nuevo hubiese que narrar, según así me pareciera, pues de narrar en este mi diario cuanto ha acontecido desde mis últimas palabras, más de un ciento de páginas hubiesen leído vuesas mercedes, que pasaron los días e las semanas e los meses e cambiaron nuestros usos e unos se llegaron e otros más se fueron e nada dello he narrado.

Mas, estando esta mesma tarde en pláticas con Su Ilustrísima en el cubierto del jardín – leyendo agora y en pláticas después - confeséle sentirme solo como nunca antes lo sentí. Soltó su libro en la mesa con mirada como de enojo, a su enderredor miró e habló mirando al frente.

- ¡Solo! No parécemelo. Acaso pensáis que la soledad es agora vivir en paz con vuestros hijos… Acaso sea, sobrino, que confundís soledad con verdadera paz, que no hay entuerto que deshacer desde tiempo atrás. Y es esto cosa que me espanta, pues hasta vuestro diario habéis dejado incompleto.

- ¿Incompleto decís? – sorprendíme - ¿Esperabais un final feliz o uno triste de mi vida?

- El final no veo de vuestros días, sino un a modo de cambio en vuestros usos, mas no habéis pensado que hay quien espera poder seguir leyéndoos.

- ¿Leyéndome? – reí - ¿A quién ha de interesar la vida de alguien que pasa sus días uno tras otro sin cosa alguna que hacer?

- A mí – espetó -; a mí mesmo e a otros, que de buena tinta lo sé. No es para mí novedad el ver con estos mis ojos lo que día a día acontece, mas sí lo es saber cómo lo veis vos, que es cosa bien distinta.

- ¿Me pedís con estas vuestras palabras que siga escribiendo un diario que interés alguno tiene?

- No – alzó su voz -, no os lo pido, sino que a ello estáis obligado. Buscad como antes el tiempo, usad vuestros nuevos artilugios… pero escribid.

- ¿Vais a obligarme, Ilustrísima?

- No tal – miró a mis hijos en las aguas -; ellos lo esperan de su padre.

- ¿Qué decís? ¡Mis hijos leyéndome!

- Así era, sobrino, que os leían porque de vos aprehendían más que cuando les hablabais. Y ellos me lo piden a mí porque yo os lo pida, mas siendo como decís que nada se os puede pedir, callan.

¡Santo Dios! – exclamé internamente - ¿Qué cosa estaba haciendo? A mi razón no alcanzaba que todos me leyeran y pidiesen a su tío Juan que mediase. Y en esto pensando, mirélo grave e dejé también mi libro sobre la mesa.

- Mis excusas he de presentaros – dije -, que tales asuntos no entiendo mas sí los comprendo. Yo mesmo he de decir a todos que esta mesma noche, un año largo después, he de seguir este diario. Y lo que os digo han de leer con los sus ojos.

- Amén. Filii vestri espectare.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario