uejábase a medio día Su Ilustrísima por lo escrito en
mi diario e quise darle razones e no entendía. E como forma no había de entrar
en otras pláticas, quiso Marcos mediar e a él también discutía. Con esto, alcé
mi mano y llamé a Cayetano porque nos sirviese otro refrigerio e alguna otra
cosa para tomar, pues sabiendo que don Juan no repara en cosa alguna habiendo
qué yantar y qué beber, pensé la tormenta amainaría.
Trujo Cayetano algunas viandas apetitosas e no dudó Su
Ilustrísima, olvidando todo lo hablado, en incorporarse, mirar la mesa y
alargar el brazo para tomar su copa. Mas no había empezado a beber cuando salió
de las aguas Lorenzo e vino a mí como Dios al mundo lo trujo dándome quejas
también.
- Padre – quejóse -, en la piscina se discute e forma
no hay de que todos jueguen e olviden sus rencillas.
- ¿Y qué rencillas son esas? ¿Acaso no sabéis no
quiero disputas en esta casa? Volved al agua e decid esto que os digo e, si no
se dejan tales asuntos, yo mesmo iré a acallarlos.
Fuese a paso rápido e lo miraba Su Ilustrísima con
espanto.
- ¡Válame Dios, que aquestos comportamientos de agora
me harán enfermar!
- ¿Quisiéredes mejor se trocase esta casa en cueva de
disputas?
- No tal, sobrino – suavizó su tono -, sino que
pasarán todos los años de mi vida e no podré razonar estos comportamientos. No
es Lorenzo un niño para faltar así al respeto.
- ¿En qué pensáis falta? – preguntóle Marcos -; correcto
me ha parecido.
- ¿Correcto? – soltó don Juan su copa en la mesa -
¿Llamáis correcto a que un hombre como Lorenzo a la mesa se llegue sin
cubrirse?
- Nada nuevo es esto, Ilustrísima – apunté -, que así
lo veis desde que en esta casa moráis. E bien sabéis son mis normas estrictas e
todos las cumplen, que no habréis visto a nadie descubierto entrar en la casa.
- No discuto esas razones, sobrino – volvió a tomar la
copa como acalorado -, sino que también hay ropas para el baño e aquí no se
usan.
- Nadie – aclaró Marcos – si no es desta casa veréis
de esa guisa. De lo privado hacemos distinguir lo público, e no están en lugar
público. Si estas costumbres no os placen después de tanto tiempo con nosotros,
deberíais meditar si hay pecado en lo que se hace. Si así fuere, quizá se
revisarían las normas… mas… sois el único que mostráis consternación por
comportamiento que aquí a nadie espanta.
- En eso, amigo Marcos – respondióle como más calmo -,
he de daros la razón, que no soy sino yo el que no acabo de acostumbrarme a
estos usos. Lo expuesto sabéis… e que no me gusta; mas como pecado no lo veo,
sino como disciplina que no acabo de razonar.
Y en esto diciendo, oí cómo venían voces desde las
aguas, miré a Marcos e nos levantamos entrambos por ir a ver qué pasaba.
- ¡Silencio! – gritó Marcos - ¡No se discuta! En la
piscina estáis para solaz e no para enfrentamientos, como lo ordena vuestro
padre.
E acercándose Pablo a nosotros nadando, sin salir de
las aguas, nos habló respetuoso.
- Los mayores de nosotros se mofan – dijo – porque,
dicen, no sabemos cosas que ellos han aprendido en la Universidad.
Miróme Marcos en disimulos e hablóme quedo.
- ¡Santo Dios!, Marino, que acaso esté Su Ilustrísima en
lo cierto.
E, volviéndome a todos en el baño, asesté:
- Están esta piscina y sus aguas para solaz e no para
discusiones. Si alguno de vosotros quisiere saber algo e no lo entendiere,
venga a mí a preguntarlo. Si vuelven las discusiones, ordenaré vaciar la
piscina e vestir todos traje de baño. Decididlo.
E hubo completo silencio en adelante e nada más se
dijo desto, sino que pasados unos minutos, vino a nosotros Guillermo
envolviéndose antes en su toalla.
- Padre, ¿dais la venia para entrar en la casa? He de
recoger las pistolas de agua.
E hice gesto de aprobación e miróme don Juan con
asombro, pues todo parecióle distinto.
- La disciplina – dije -, o se cumple o no se cumple;
ya sea desnudo o vestido. En esto lo veréis.
E una pieza corta pasó cuando llegóse a casa nuestra
vecina Gertrudis, que mucho ama a nuestros niños e a la que mucho ayudamos.
Fuimos a recibirla, e traía la mujer una gran carga.
- Capitán, don Marcos, Ilustrísima. Tantos tomates
tengo gracias a vuestra ayuda, que aquí os traigo salsa ya echa para todos, si
la aceptáis…
- ¿Y cómo no hemos de aceptarla, hija? – sonrióle don
Juan -. Dejad que el servicio la lleve a la cocina.
- Pasad entonces – le dije – y saludáis a mis hijos,
que habrán placer en veros.
Miróme entonces Su Ilustrísima de nuevo con grande
espanto e, sin nada decir, hasta el jardín atravesamos. Y en llegándonos al
cubierto, vinieron todos corriendo a saludar a doña Gertrudis vistiendo su
traje de baño (que no son sino calzones en muchos colores).
- ¡A fe, sobrino, que moriré en esta casa de un
disgusto! Deus omnipotens, miserere mei.


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