08 agosto, 2012

De la discusión en las aguas


uejábase a medio día Su Ilustrísima por lo escrito en mi diario e quise darle razones e no entendía. E como forma no había de entrar en otras pláticas, quiso Marcos mediar e a él también discutía. Con esto, alcé mi mano y llamé a Cayetano porque nos sirviese otro refrigerio e alguna otra cosa para tomar, pues sabiendo que don Juan no repara en cosa alguna habiendo qué yantar y qué beber, pensé la tormenta amainaría.

Trujo Cayetano algunas viandas apetitosas e no dudó Su Ilustrísima, olvidando todo lo hablado, en incorporarse, mirar la mesa y alargar el brazo para tomar su copa. Mas no había empezado a beber cuando salió de las aguas Lorenzo e vino a mí como Dios al mundo lo trujo dándome quejas también.

- Padre – quejóse -, en la piscina se discute e forma no hay de que todos jueguen e olviden sus rencillas.

- ¿Y qué rencillas son esas? ¿Acaso no sabéis no quiero disputas en esta casa? Volved al agua e decid esto que os digo e, si no se dejan tales asuntos, yo mesmo iré a acallarlos.

Fuese a paso rápido e lo miraba Su Ilustrísima con espanto.

- ¡Válame Dios, que aquestos comportamientos de agora me harán enfermar!

- ¿Quisiéredes mejor se trocase esta casa en cueva de disputas?

- No tal, sobrino – suavizó su tono -, sino que pasarán todos los años de mi vida e no podré razonar estos comportamientos. No es Lorenzo un niño para faltar así al respeto.

- ¿En qué pensáis falta? – preguntóle Marcos -; correcto me ha parecido.

- ¿Correcto? – soltó don Juan su copa en la mesa - ¿Llamáis correcto a que un hombre como Lorenzo a la mesa se llegue sin cubrirse?

- Nada nuevo es esto, Ilustrísima – apunté -, que así lo veis desde que en esta casa moráis. E bien sabéis son mis normas estrictas e todos las cumplen, que no habréis visto a nadie descubierto entrar en la casa.

- No discuto esas razones, sobrino – volvió a tomar la copa como acalorado -, sino que también hay ropas para el baño e aquí no se usan.

- Nadie – aclaró Marcos – si no es desta casa veréis de esa guisa. De lo privado hacemos distinguir lo público, e no están en lugar público. Si estas costumbres no os placen después de tanto tiempo con nosotros, deberíais meditar si hay pecado en lo que se hace. Si así fuere, quizá se revisarían las normas… mas… sois el único que mostráis consternación por comportamiento que aquí a nadie espanta.

- En eso, amigo Marcos – respondióle como más calmo -, he de daros la razón, que no soy sino yo el que no acabo de acostumbrarme a estos usos. Lo expuesto sabéis… e que no me gusta; mas como pecado no lo veo, sino como disciplina que no acabo de razonar.

Y en esto diciendo, oí cómo venían voces desde las aguas, miré a Marcos e nos levantamos entrambos por ir a ver qué pasaba.

- ¡Silencio! – gritó Marcos - ¡No se discuta! En la piscina estáis para solaz e no para enfrentamientos, como lo ordena vuestro padre.

E acercándose Pablo a nosotros nadando, sin salir de las aguas, nos habló respetuoso.

- Los mayores de nosotros se mofan – dijo – porque, dicen, no sabemos cosas que ellos han aprendido en la Universidad.

Miróme Marcos en disimulos e hablóme quedo.

- ¡Santo Dios!, Marino, que acaso esté Su Ilustrísima en lo cierto.

E, volviéndome a todos en el baño, asesté:

- Están esta piscina y sus aguas para solaz e no para discusiones. Si alguno de vosotros quisiere saber algo e no lo entendiere, venga a mí a preguntarlo. Si vuelven las discusiones, ordenaré vaciar la piscina e vestir todos traje de baño. Decididlo.

E hubo completo silencio en adelante e nada más se dijo desto, sino que pasados unos minutos, vino a nosotros Guillermo envolviéndose antes en su toalla.

- Padre, ¿dais la venia para entrar en la casa? He de recoger las pistolas de agua.

E hice gesto de aprobación e miróme don Juan con asombro, pues todo parecióle distinto.

- La disciplina – dije -, o se cumple o no se cumple; ya sea desnudo o vestido. En esto lo veréis.

E una pieza corta pasó cuando llegóse a casa nuestra vecina Gertrudis, que mucho ama a nuestros niños e a la que mucho ayudamos. Fuimos a recibirla, e traía la mujer una gran carga.

- Capitán, don Marcos, Ilustrísima. Tantos tomates tengo gracias a vuestra ayuda, que aquí os traigo salsa ya echa para todos, si la aceptáis…

- ¿Y cómo no hemos de aceptarla, hija? – sonrióle don Juan -. Dejad que el servicio la lleve a la cocina.

- Pasad entonces – le dije – y saludáis a mis hijos, que habrán placer en veros.

Miróme entonces Su Ilustrísima de nuevo con grande espanto e, sin nada decir, hasta el jardín atravesamos. Y en llegándonos al cubierto, vinieron todos corriendo a saludar a doña Gertrudis vistiendo su traje de baño (que no son sino calzones en muchos colores).

- ¡A fe, sobrino, que moriré en esta casa de un disgusto! Deus omnipotens, miserere mei.

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