rdené se sirviera la cena una hora antes y en el salón
todos reunidos razonamos e manifestamos cada uno los pasos que se darían en
Sevilla. E fue de alegría para todos, que les plació la idea de no dormir e partir
antes. E aunque Su Ilustrísima nada decía de lo que se trazaba, veíase en su
rostro aflorar la felicidad. Llegóse Marcos de las cocheras por aprestar el
coche grande e antes de sentarse tomó un bocado e sirvióse algo de vino.
- No he de beber más – dijo -, pues bien despierto he
de estar para conducir.
- A vuestro lado iré – aclaré -, e tras nosotros
viajarán Lorenzo, Guille e Marinín; y en el último de los asientos irá don Juan
con los pequeños.
- ¿E no podría mejor ir yo con mi hermano? – protestó Antonio
-; tan pequeño es él como yo…
- Recordad, hijo – dije grave -, que si así lo digo,
así ha de hacerse. Tiempo habrá luego para todo e para todos.
- Excusadme, papá – dijo triste -; vuestros trazados
no quiero cambiar.
- Es el caso, Marino – apuntó Marcos -, que hasta
nueve viajaremos en un mesmo coche pues siendo sólo una persona más habría que
llevar dos dellos.
- Olvidamos entonces a Víctor… - todos lo miramos -. Acaso
sea mejor cambiar el modo y manera de viajar. Podría Lorenzo llevar el otro
coche e, así, quisiera yo cada uno decidiese en qué coche y con quién ir. Veamos
pues… Lorenzo ha de llevar mejor a los mayores: Víctor, Guille, don Juan… En el
otro coche llevado por Marcos vendrían con nos los más pequeños. Podéis decidir
agora si viajar en un coche o hacerlo en otro; mas algo he de deciros a todos:
nadie duerma en el camino. Cantad, orad o inventad, mas no se duerma. Es lo único
que ordeno.
E hubo gran algarabía e risas e todos estaban de contento.
Cenamos a la hora que dispuse, sin mucho yantar ni
mucho beber, e al salón volvimos sabiendo estaba todo en sazón.
E hubimos algunas pláticas e tuvo que avisarnos
Cayetano de que la hora era llegada.
Pusiéronse los coches en la puerta, cada uno fue a su
aseo y a vestirse e, ya bajando todos con sus ricas ropas, allí los esperaba yo
con mi uniforme.
- ¡Papá! – corrió a mí Marinín -; tiempo ha que no os
veo con vuestras galas ¡Mi capitán!
- Así mesmo os digo a todos – besélo e levanté mi
brazo -; es maravilla de ver cuán apuestos gentilhombres se os ve. Seremos hoy
como ejército de paz. En lo tocante a rezos e rituales… obedeced mejor a vuestro
tío Juan. Juntos iremos todos a cada lugar.
E tomándome entonces Marcos a una parte en disimulos
hablóme muy quedo.
- Por la tarde, Marino, habré reunión con doña Julia e
don Justo a la que podréis asistir, que es asunto vuestro tanto como mío… mas
deberían los más jóvenes ir en paseos a visitar la ciudad.
- Su Ilustrísima se hará cargo. Tan bien como yo
conoce Sevilla. E si quisieren ver esas «setas», a la Plaza de la Encarnación
podría llevarlos, que no está lejos.
- En fotos la he visto e con eso las conozco. Preferiría
ver la casa de abajo a arriba e comprobar es de vuestro gusto. Si no hay setas
en el patio para dar sombra, creo todo estará como pedisteis.
E fue así que todos salimos a los coches y el servicio
quedó en la puerta por despedirnos e, saliendo de la finca, eché de ver cómo
todos los hermanos fuéronse con Lorenzo e sólo Víctor e Su Ilustrísima nos
acompañaban.
- Cada oveja con su pareja, Marino.















