21 agosto, 2012

Del viaje a Sevilla e lo allí vivido (5)


rdené se sirviera la cena una hora antes y en el salón todos reunidos razonamos e manifestamos cada uno los pasos que se darían en Sevilla. E fue de alegría para todos, que les plació la idea de no dormir e partir antes. E aunque Su Ilustrísima nada decía de lo que se trazaba, veíase en su rostro aflorar la felicidad. Llegóse Marcos de las cocheras por aprestar el coche grande e antes de sentarse tomó un bocado e sirvióse algo de vino.

- No he de beber más – dijo -, pues bien despierto he de estar para conducir.

- A vuestro lado iré – aclaré -, e tras nosotros viajarán Lorenzo, Guille e Marinín; y en el último de los asientos irá don Juan con los pequeños.

- ¿E no podría mejor ir yo con mi hermano? – protestó Antonio -; tan pequeño es él como yo…

- Recordad, hijo – dije grave -, que si así lo digo, así ha de hacerse. Tiempo habrá luego para todo e para todos.

- Excusadme, papá – dijo triste -; vuestros trazados no quiero cambiar.

- Es el caso, Marino – apuntó Marcos -, que hasta nueve viajaremos en un mesmo coche pues siendo sólo una persona más habría que llevar dos dellos.

- Olvidamos entonces a Víctor… - todos lo miramos -. Acaso sea mejor cambiar el modo y manera de viajar. Podría Lorenzo llevar el otro coche e, así, quisiera yo cada uno decidiese en qué coche y con quién ir. Veamos pues… Lorenzo ha de llevar mejor a los mayores: Víctor, Guille, don Juan… En el otro coche llevado por Marcos vendrían con nos los más pequeños. Podéis decidir agora si viajar en un coche o hacerlo en otro; mas algo he de deciros a todos: nadie duerma en el camino. Cantad, orad o inventad, mas no se duerma. Es lo único que ordeno.

E hubo gran algarabía e risas e todos estaban de contento.

Cenamos a la hora que dispuse, sin mucho yantar ni mucho beber, e al salón volvimos sabiendo estaba todo en sazón.

E hubimos algunas pláticas e tuvo que avisarnos Cayetano de que la hora era llegada.

Pusiéronse los coches en la puerta, cada uno fue a su aseo y a vestirse e, ya bajando todos con sus ricas ropas, allí los esperaba yo con mi uniforme.

- ¡Papá! – corrió a mí Marinín -; tiempo ha que no os veo con vuestras galas ¡Mi capitán!

- Así mesmo os digo a todos – besélo e levanté mi brazo -; es maravilla de ver cuán apuestos gentilhombres se os ve. Seremos hoy como ejército de paz. En lo tocante a rezos e rituales… obedeced mejor a vuestro tío Juan. Juntos iremos todos a cada lugar.

E tomándome entonces Marcos a una parte en disimulos hablóme muy quedo.

- Por la tarde, Marino, habré reunión con doña Julia e don Justo a la que podréis asistir, que es asunto vuestro tanto como mío… mas deberían los más jóvenes ir en paseos a visitar la ciudad.

- Su Ilustrísima se hará cargo. Tan bien como yo conoce Sevilla. E si quisieren ver esas «setas», a la Plaza de la Encarnación podría llevarlos, que no está lejos.

- En fotos la he visto e con eso las conozco. Preferiría ver la casa de abajo a arriba e comprobar es de vuestro gusto. Si no hay setas en el patio para dar sombra, creo todo estará como pedisteis.

E fue así que todos salimos a los coches y el servicio quedó en la puerta por despedirnos e, saliendo de la finca, eché de ver cómo todos los hermanos fuéronse con Lorenzo e sólo Víctor e Su Ilustrísima nos acompañaban.

- Cada oveja con su pareja, Marino.

Del viaje a Sevilla e lo allí vivido (4)


ejé mis trazados para mejor momento e subí a las estancias por ver lo que allí se aprestaba. Mis hijos todos habían gran contento pensando e aprestando todo lo que fuese menester e pasando luego a mi pieza encontré a Marcos frente a su armario ropero abierto e como meditando.

- ¿Dudáis entre poneros ese traje o esotro? – miré con indiferencia -. Todo un día habréis de llevar puesto el traje que escojáis. Pondríame yo algo como, no demasiado fresco e no demasiado cálido.

- Llevaréis vuestras galas, supongo – cerró el ropero -, pues entre ellas no habéis mucho donde elegir…

- Así será, Marcos. Las galas. Más cómodas de vestir son estas ropas modernas mas no creo de razón asistir a tal acto sin mi uniforme.

- Podríais llevar en una maleta un traje más cómodo y cambiaros para el almuerzo. De razón no me parece andar todo el día por Sevilla con vuestro uniforme.

- Acaso fuese más atinado – medité -. Pediré a Cayetano lo tenga todo bien preparado para un día completo. La mañana ha de ser de celebraciones y la tarde de trabajo. Casa tenemos donde refrescarnos y cambiarnos que está el tiempo muy caluroso.

- ¿Era ese el motivo por el que pensabais no acompañarnos?

- ¿Qué decís? – extrañéme -. Bien sabéis no quiero separarme de mis hijos… ni de vos ni de don Juan. Unos trazados tenía que no quería dejar a medias mas, sabiendo agora mi palacio está presto, algunos detalles he de cambiar.

- Y… ¿habéis pensado en la hora de salida? – preguntó insinuante -. A las ocho es la procesión e, siendo que los pequeños quieren estar en la puerta, hasta una hora antes habría de estar allí, siendo que habría que partir a las cinco por llegar a buena hora ¿A qué hora habremos de levantarnos para el aseo y para vestirnos?

- O todos dormimos agora – medité – o mejor sería cenar, quedar reunidos en el salón un par de horas, hacer todo preparativo e partir para el viaje.

- Ninguna locura es eso – respondió -, que tras la cena habría que hacer un corto reposo sentados e, saliendo antes, antes nos llegaríamos e mejor sitio tendríamos.

- Sea pues así – levantéme decidido -. Esos planes hay que decir a todos… aunque desta forma nada se dormirá hasta dentro de veinte y cuatro horas.

- ¿Veinte y cuatro?

19 agosto, 2012

Del viaje a Sevilla e lo allí vivido (3)


uéronse Marcos y Cayetano y, en cerrando la puerta, cayeron mis hombros en un suspiro de sosiego, pues los trazados que había entre manos eran de grande importancia para todos, cambiarían al estar el palacio de Sevilla presto… e no encontraba momento de calma. Puse mis manos en los papeles e dispúseme a trabajar, cuando sonaros unos suaves golpes a la puerta.

- Venite – dije resignado -.

Abrióse muy de espacio la puerta e vi a Marinín sonriendo allí asomado, sin nada decir e acompañado por sus hermanos.

- ¡Vamos! ¡Pasad todos! Sé que hay nuevas. Sentaos e decidme qué pensáis.

- Papá… - habló Marinín -; agradeceros queremos todos hayáis pensado en llevarnos a Sevilla. Será de gran gozo ver a Nuestra Señora en procesión, visitar la ciudad, yantar en un restaurante e visitar el palacio… ¿Sabéis que lo recuerdo muy bien?

- ¿Lo recordáis? – sorprendióme -. A doña Julia dije tiempo ha derribase la nueva casa, que no placíame, e lo reconstruyese como estaba, que dice es cosa fácil por haber documentos precisos para ello. Nuestro palacio ha de ser el mesmo mas… con todo esto moderno de hoy.

- Jo – exclamó Pablo -; en palacio alguno he estado… ¡ni vivido!

- Todos allí tendréis vuestra estancia e cualquiera cosa que podáis imaginar e, si así no fuese, ordenaré se remedie. Y… ¿os placería vivir allí en invierno e aquí en verano?

- Padre – apuntó Guille -, si en invierno volvemos a los estudios en los Estados Unidos, no podremos vivir allí.

- Así lo creo – añadió Lorenzo -; e bien nos gustaría vivir en la ciudad. Allí estuve e nada vi.

- Esos estudios de la High School habréis de terminar e, una vez examinados, seréis grandes hombres de provecho. Mas no penséis no habéis de vivir allí. Todo se andará.

- Acaso no sea así – habló Carlitos como con disgusto -, que a lo que veo, estos dos universitarios ya estarán casados e con hijos e viviendo en su propia casa.

- ¿Quí lo sa, pequeño? – sonreíle -; aún casados e con familia allí tendrán un sitio. Mas no creo lo más importante del viaje a Sevilla sea la visita al palacio, sino la procesión.

- ¡Y lo es! – dijo entonces Antonio -. Marinín e yo ya deseamos estar allí, frente a la puerta, esperando que Ella salga. Dice mi hermano que si en estando enfrente de la puerta pídense tres deseos a Nuestra Señora, uno se cumple.

- E… - mirólo Carlitos curioso - ¿Pueden pedirse tres cosas iguales? Así siempre se cumpliría lo deseado.

Todos rieron por las fantasías de mi pequeño, puse mis codos sobre la mesa, los miré uno a uno, de lado a lado, y me puse en pie.

- Podéis probar eso, pequeño, mas sabed que a Dios y a su Madre Santa no se les puede falsear, que todo lo saben.

- Sí, papá – apuntó Marinín de contento -, pues siendo los pensamientos libres de pecado Ellos han de entenderlos.

- Nadie os impide probar – acerquéme a ellos -. Terminada la procesión, hemos de ir a dar buen cumplimiento a unos churros al Postigo del Aceite, que son maravilla de yantar e, luego desto, veremos los monumentos e las calles hasta llegado el almuerzo. He de preguntar a doña Julia cuál es el mejor restaurante que haya agora en Sevilla e allí iremos. Todos deberéis vestir vuestras ricas galas para todo esto. Así, quiero deciros no pidáis a la Santa Madre estos deseos, pues han de cumplirse.

- ¿También visitaremos «las setas»? – preguntó Guille -.

- Si he de seros sincero, hijo, no es eso algo que mucho me plazca, pues pienso es Sevilla ciudad de gran tradición donde no caben hongos, que, como bien sabéis, solo crecen en las basuras.

- En tal cosa no había pensado, papá – exclamó Antonio -, pues poniendo unas setas en la ciudad, parece sea esta una mierda.

- Vamos… - reí aquellas ocurrencias -. Hemos de hacer entonces otro trazado. El que quiera verlas, vaya a verlas; el que no quiera, reste en palacio. No creo sea edificio útil mas tampoco feo, sino poco apropiado para el centro de Sevilla. Mirad que destas cosas de arquitectura mucho conozco.

- ¿E qué cosa no conocéis? – parecióme Carlitos muy curioso -. Acaso sería mejor dijerais los conocimientos que os faltan.

E tomándolo en mis brazos, lo besé e acaricié sus descuidados cabellos.

- Papá un día os dirá lo que no sabe – dije con misterio – y lo que nunca quisiera saber.

A todos plació mucho aquel encuentro e muchas más cosas hablamos e mucho reímos de contento, que todos daban por bueno que yo habría de llevarlos.

- Cayetano – dije resignado -. Aprestad mi uniforme de galas. Prepárese todo para la visita a Sevilla.

18 agosto, 2012

Del viaje a Sevilla e lo allí vivido (2)


esté en mi bufete pensando agora aquesto, luego aquello e luego lo de más allá pues el tío Juan propuso viaje que acaso no fuere posible y, pensando estaba cuando se entró Marcos como llevado por los diablos con la su faz exangüe como de cadáver e con sus manos temblorosas.

- ¡Vive Dios, Marino! – venía balbuceando - ¿Es que no sabéis qué cosas va por ahí diciendo vuestro tío Juan?

- Calmaos y acercaos, Marcos, que he de manifestaros lo acaescido.

Vino a mí como en sudores, puso su mano en mi hombro e restó en pie.

- No ha mucho – le dije con paciencia -, aquí ha estado como temeroso, como dubitando, por osar decirme quisiera ir a la procesión de mañana en Sevilla… e nada he objetado, que atinada me parece la idea mas… yo mesmo creí oportuno preguntase al servicio si quisiera también asistir, entonces, ¿qué cosas va diciendo?

- ¡Eso mesmo! – turbóse -. ¿Vos creéis que sería atinado dejar la casa sola con estos tiempos de pillaje que corren? A don Amancio, y esto lo sabe bien Lorenzo, hanle descuidado media casa, que, según se dice, no le queda gaveta donde guardar sus calcetines. Creo el servicio debería restar en la casa, Marino… ¿Vais a arriesgaros?

- No tal, amigo Marcos. Bien sabéis lo segura que es esta casa pues, si quisiéramos entrar nosotros mesmos habiendo olvidado las llaves, al albur dormiríamos.

- Pues así no piensa Cayetano – aclaró – por las cosas que le he oído. E con esto no quiero deciros no haya deseos de ir, sino que más me parece como yo lo cree.

- Entre manos tengo algo de trabajo, Marcos. Quisiera no tener que salir por saber qué cosas se piensan o se manifiestan. Sea lo que cada uno decida e no haya temor por esos asaltos.

Y en esto diciendo, pidió la venia por entrar Cayetano que, a lo que vi, parecía entre sorpreso y asustado.

- Disculpen vuesas mercedes entre donde no se me llama – dijo -, pues es el caso que Su Ilustrísima pregunta al servicio desta muy honrosa Casa si quisiéremos viajar con la familia a Sevilla por asistir a la procesión…

- Serenaos, Cayetano; haya calma, pues yo mesmo lo he pensado y es ilusión de don Juan. Decida el servicio si quiere asistir o no, pues como parte desta familia se os tiene.

- Agradecido todos os estamos siempre por el trato recibido, Excelencia, mas ¿en verdad creéis de razón vaya todo el servicio?

- Ni sí… ni no – empezaba a desesperar -, sino lo contrario. Lo dicho es que si el servicio quisiere ir, podría hacerlo. Bien sabéis de corazón lo digo.

- ¡Excelencia! – exclamó entonces - ¿Pensáis dejar la casa sola un día entero? Mejor que yo sabéis cómo se extiende el saqueo por estas casas aisladas e, habiendo medios que nos aseguran nadie la usurpará, he de deciros que aquestos pícaros que hasta la Ribera se llegan, entrarían en esta casa con más facilidad que vos mesmo. No los conocéis.

- Todo progresa – apunté no sin sorna -; hasta el pillaje. Si lo creéis oportuno, restad en la casa, que nadie os obliga a abandonarla.

- Es el caso, Excelencia – continuó -, que preguntados todos, dicen preferir restar aquí… e por evadir viajes ni procesión lo dicen, que bien sabéis todos somos católicos e a Dios damos las gracias por serviros y haber nuestra casa e nuestro sustento como vos lo tenéis. Es merced que se os agradece. No así pienso de Víctor, pues como entre medio está, que ni es de la familia ni es sirviente. Hablado con él, se aviene a acompañaros.

- Esto, Marcos – mirelo sonriente -, es lo trazado. El servicio sabe lo que quiere y quiere lo que ya sabemos. Viaje a Sevilla Víctor y resten todos los otros aquí como es su deseo. No hay orden para nadie que haya de cumplirse, sino sus deseos.

- Tranquilo quedo con esto, Excelencia…

- Lo mesmo he de decir, Marino – dejóse caer Marcos en un asiento -; cúmplase la voluntad de cada uno y a nadie se obligue.

- Bien decís a nadie se obligue – reí -, pues no creáis me place en demasía tanto trafego.

- ¿Pensáis restar aquí? – preguntóme Marcos con extraño -. ¡Vuestros hijos no querrán ir sin vos, Marino!

- Irán, Marcos, irán de buen grado, que es cosa que les place, su tío les acompañará e los mayores dellos cuidarán.

- El Capitán nunca abandona el barco – farfulló Marcos -; paréceme os trocáis… demasiado sedentario.

- Quizá, amigo Marcos. Mas vos sí habréis de ir, pues también se me ha dicho algo de cierto encuentro con doña Julia e don Justo Severo ¿No es así?

- Así lo es – agachó la cabeza -. Nada os he dicho por el momento mas, aprovechando el viaje, he de dar cumplimiento a esa cita, que vuestro palacio de Sevilla creo está ya listo para ocuparse.

Levantéme al punto incrédulo ¿Mi palacio aprestado y nada se me dijo? E no había palabras para manifestar lo que sentía.

- Hablad, hablad con ellos y, en volviendo, os pido me deis detalles… ¡Mi palacio de Sevilla aprestado!

17 agosto, 2012

Del viaje a Sevilla e lo allí vivido (1)


ino a mí de tarde ya, casi de noche, Su Ilustrísima entrando de espacio en mi bufete el día catorce e, sin pedir la venia, entróse y sentóse frente a mí sin nada decir, mas veía yo en sus ojos como una tristeza. Mirélo quedo e pareció comprender en mi gesto le preguntaba qué asuntos le llevaban a verme e fue así que comenzó una de sus luengas pláticas como circunloquio.

- Paréceme, sobrino, que los calores han pasado e, no siendo yo muy de viajes e de trafego baladí, sí he pensado, y permítaseme este atrevimiento, que bueno sería de cuando en cuando llevar a los niños a paseo, que restar siempre en esta casa, por muy placentero que ello sea, no ha de permitirles haber conoscimientos de otra índole que sería menester tuviesen. Sois vos, y Dios sabe que en tales asuntos no entro, el que ponéis las normas e dais las órdenes, mas si hubierais la merced de oír esto que pienso, acaso sería de vuestro gusto e, no siendo así, bien sabéis nunca nada os pido…

- ¿Queréis decirme de una vez qué os trae? No es molesta vuestra presencia, mas si habéis algo que decir… decidlo…

- Es el caso, hijo mío, que mañana es el día de la Asunción de María Santísima e quisiera yo hacer algo distinto por honrarla, pues no es de razón, en casa cristiana como esta, no recordar mañana a Nuestra Señora. Con esto, y queriendo todos la honremos como es debido, pasa por mi cabeza la idea de llevar a vuestros hijos a Sevilla, que es allí día grande e Nuestra Señora de los Reyes sale en procesión en derredor de la Catedral.

- Es viaje que placerá a todos, Ilustrísima, e ninguna otra cosa de importancia como esa hay que hacer. Pedid a Lorenzo apreste los coches para ese viaje. Aquí os espero.

- ¿Aquí? – pareció turbado - ¿No iríais con nosotros a tan ínclito acontecimiento?

- ¿Y cómo no he de ir? – exclamé -; eso que pensáis me place.

- Pues habéis dicho que aquí esperáis…

- Aquí espero – dije con santa paciencia – a que habléis con Lorenzo. Es la procesión tan temprana que habrá de partirse en viaje antes del amanecer. Organizad todo aquello que sea menester, que yo os sigo.

- ¡Ay! – suspiró -. Creí me decíais que fuésemos nos e que aquí esperaríais. He de decir a Lorenzo y a Guille apresten dos coches, pues muchos seremos para ir en uno solo.

- Y… - medité una pieza llevando mi mano al mentón - ¿restará el servicio en la casa?

- Eso, sobrino, es cosa que habréis de decidir vos y ellos, mas si gustasen de ir… dos coches serían pocos. Marcos, vos y este humilde servidor de Dios e vuestro, el tercio hacemos e, siendo vuestros hijos hasta seis, la novena hacemos… mas si han de venir también Víctor, Cayetano y María, Ramón y las dos sirvientas… hasta quince seremos.

- Preguntadlo, Ilustrísima. Si el servicio quisiere ir, se aprestará otro coche, pues también Marcos podría conducirlo. Organizad vos toda esa empresa e, ya aprestada, me lo comunicáis. En Sevilla almorzaremos todos e por la noche se volverá.

- Decid vos a los niños han de vestir sus más ricas galas; es eso cosa que no quisiera hacer yo. La idea es mía, sí, mas vos ordenáis.

- Así lo haré, tío Juan. Vuestros angelitos habrán gran contento.

- E también Marcos, que con don doña Julia e don Justo, el abogado, alguna cosa creo ha de hablar.

- ¿Doña Julia? ¿El abogado?

12 agosto, 2012

De la mañana de excepción


asada la noche y llegado el día, llegó también el cansancio e a las estancias nos retiramos. Quedaron mis hijos en el salón dormidos e allí los dejamos por no interrumpir su sueño mas después de soñar cosas que recordar no quisiera, despertóme gran bullicio, miré a mi mesilla e allí estaba el jugo de naranja. Dormía Marcos tan profundamente que roncaba con grande estruendo e así decidí tomar mi jugo e bajar al salón por ver qué eran aquellos gritos.

Acercándome con cautela, por no ser visto, a la barandilla que al salón da, pude ver a los más jóvenes (y no tanto), jugando con gran algarabía.

- ¿Saben vuesas mercedes que aún hay quien duerme en esta casa? – grité -.

E mientras bajaba de espacio, todos corrieron a sentarse e nada dijeron.

- Marinín, hijo; sé que quizá al jardín no pueda salirse mas no es ese motivo para tales gritos dentro de la casa. Lorenzo, que no sois tan niño, abrid la puerta y ved cómo está el tiempo. Y atentos os quiero a la hora del desayuno.

E todos fueron obedientes e pidióme Marinín excusas por lo acaecido saliendo luego corriendo tras Lorenzo.

- ¡Ha refrescado! – gritó Guille -.

Con un gesto, por ver que cerca de las estancias de Su Ilustrísima se hallaban, le pedí callasen, salieron de contento e volvió a mí Marinín.

- Veréis, papá… sé que puedo pediros algo que no es de razón mas todos quisiéramos tomar unos baños…

- No se hable más destos asuntos – contestéle grave -. Si es de todos decisión, podéis tomarlos, mas estad atentos a la hora, que casi es tiempo del desayuno.

Corrió de contento e fuime a la cocina… e allí estaba el servicio dando su debido cumplimiento a sus tareas.

- ¿No hay cansancio aquí? – pregunté con extraño -.

- Haberlo, lo hay, Excelencia – dijo María -, mas bien sabéis que es cosa que puede remediarse.

- He de hacer hoy excepción en mis normas, pues todo es excepcional. Servido el desayuno, tienen todas vuesas mercedes la venia para tomar unos baños e descansar hasta el almuerzo. Prepárense viandas poco dificultosas para el medio día e duérmase unas horas.

- ¡Excelencia! – acercóse Cayetano -; no es menester romper las normas, pues podrá recuperarse el sueño perdido.

- Haced lo que os digo, Cayetano, que no quiero un servicio sin descanso. Mañana volveremos al tedio de cada día.

E al punto entróse Su Ilustrísima con gesto de disgusto.

- ¿Vos aquí, sobrino? A tomar algo vengo por despertar, pues tan luengo y mal sueño he tenido, que paréceme agora real. Preparadme un café bien caliente, Ramón, e no preguntéis por qué os lo pido.

11 agosto, 2012

De la noche velando


 hora tardía nos entramos en la casa tras tomar unos baños, pues ardía el aire sin haber sol y no era de razón estar en el jardín por caernos los sudores al salir de las aguas. E la casa parecía mantenerse fresca cuando nos entramos y cerramos bien la puerta mas, al poco de allí hallarnos, pregunté a Cayetano si la temperatura del aire era la debida.

- ¿Cómo no ha de serlo, Excelencia? – asombróse -; a la temperatura más baja lo he puesto y, en saliendo de la cocina, que a la sazón es toda como horno, apenas notamos refresco.

- Revisad la temperatura – le dije -, bajadla todo lo posible e recordad que no deben abrirse las ventanas.

Tomamos todos algún refrigerio, que el cuerpo necesita agua, antes de retirarnos a nuestras estancias y, en entrando a la nuestra, miróme con extraño Marcos.

- Diría yo, Marino, que el aire que sale por esas rendijas no es fresco. Tal vez habría que llamar mañana al técnico porque lo repare.

- Se le dará aviso mañana, mas mucho temo ha de pasar así toda la noche. Si despertáis y veis que no estoy, buscadme en el salón.

E así lo dije y así fue, que no pudiendo conciliar el sueño por sentirme como acostado sobre arena del desierto, entré al baño e al salir entró Marcos relatando. Mojados nuestros cabellos fuimos a bajar de espacio en la penumbra al salón, mas llegándonos a la barandilla, parecióme ver luz abajo e, asomándome con sigilo, vi allí estaba Su Ilustrísima con el servicio.

- A fe que alguna avería ha de mantenernos esta noche a todos en vela - dije en bajando – pues a las estancias no llega el aire.

- Si así es, sobrino – apuntó atinado don Juan -, mirad que los niños estén a gusto.

Y en oyendo Marcos esto, volvióse al punto y a priesa e, tras una corta pieza, con todos apareció. E siendo los niños de por sí amantes de novedades, más apetecían quedar en el salón en vela y con todos, que rendirse al sueño. Con esto, pedí a Cayetano trujese alguna bebida fresca e, por no estar en silencio, comencé a narrarles una historia verdadera.

- Destinado fui, no ha mucho, en el verano de 1933, a nuestra perdida provincia de Sidi Ifni cuyo nombre significa “Señor de la Laguna”, que también había el nombre de Santa Cruz de la Mar Pequeña. E no fue aquello sino un campamento con una sola construcción hasta 1934; y era llamada aquella casa un aduar o Amezdog. Siendo como es plaza cercana al desierto y al mar, parecióme al principio su clima suave e hube gusto en ello, pues bien yacíamos a la sombra en las guardias esperando al Coronel Capaz mas, levantóse un día el viento que llaman «siroco» e todos salimos huyendo al aduar, pues llega ese viento del desierto e hasta cincuenta grados llegábamos. E hablando con un viejo lugareño baamarani a la sazón llamado Alí Sidi el Mesti, dijo le siguiéramos e, pegados a la pared del edificio, acercámonos a un a modo de pozo cubierto por una lámina de metal gruesa. Allí mirándole con asombro desde la sombra, le vimos partir un huevo y dejarlo caer sobre la cubierta; e de no ser porque corrimos en su ayuda, el huevo y su dueño hubiéranse quemado.

- ¿No se hizo el huevo como en una plancha? – preguntó Pablo -.

- No tal, hijo – concluí -, pues tan ardiente estaba todo, que casi al punto secóse el huevo e quedó allí pegado e casi quemado; e otro tanto pensamos sufriría el tal Alí. E nada os cuento de lo que ciertas tribus bereberes hacían con sus presos de guerra.

- ¡Contadlo, papá! – dijeron -.

E viendo yo que en vez de suavizar el ambiente se iba caldeando, cambié el tercio y habléles del cruce de un río helado en los avances en Flandes; e a poco estaban todos recostados sobre nosotros e durmiendo.

- Si me decís que agora hay hasta dos metros de nieve ahí afuera – exclamó Su Ilustrísima -, al dormitorio iría a por mi capa e pediría se encendiera la chimenea y se me sirviera café bien caliente. Tal es el poder de vuestras palabras.

10 agosto, 2012

De los calores del desierto


caso Dios o la Naturaleza, que lo mismo son a lo que alcanzo, quiso que este verano viniesen al Andalucía las grandes e sofocantes nubes de polvo del desierto que las temperaturas suben e los ánimos bajan. E piensan las gentes que es esto como señal del fin del mundo, que varias veces he vivido e otras tantas sobrevivido. E tal sofoco habíamos esta mañana, que no pudiéronse abrir las puertas ni del jardín disfrutamos. Hice pasar a los pequeños a la casa e di órdenes de que todo se cerrara al punto, pues en el aire flotaba ya este polvo, que si no es tóxico, algo asfixia.

Con esto, decíame Cayetano sería menester correr las cortinas e dejar la casa en penumbras, pues ardían los cristales como las planchas de un horno.

- Cerrad vos las desta planta e Marcos e yo cerraremos las restantes. Orden se da de no salir en ningún momento al campo. Sépalo el servicio, pues dice Ramón abre su ventana.

E, seguidos por mis hijos, subimos a priesa las escaleras Marcos y yo, afianzamos puertas y ventanas e corrimos las cortinas.

- A fe, Marino – me decía Marcos en temblores -, que cosa como esta nunca he visto, pues es Cuenca ciudad de mucho frío e lejana del desierto.

- ¿Teméis? – reí - ¿Acaso no me veis bien vivo? Tormentas como estas he vivido y de mucho más calor, sin agua en las casas, sin alimentos ni frigoríficos… e sin estos que llamáis «aires acondicionados». Acondicionaos vos a estas fechas y esperad, pues pasan.

E bajando luego al salón ya en penumbras, encontramos a Su Ilustrísima mirando arriba con espanto.

- ¿Es la guerra? – preguntó con un punto de pánico - ¿Qué cosa sucede para aislarnos de tal forma?

- ¡Vamos, tío Juan! – gritóle Lorenzo -, que no es otra cosa lo que se hace sino aislar la casa del calor. Si como vos fuese cura, al punto colgaba esas sotanas, que de buen seguro han de daros mucho calor.

- Ni cura soy – reprimiole -, ni calores me dan mis vestiduras talares. Os advertiría yo que vistieseis en el jardín con decencia aunque fuese con uno desos trajes de baño.

E miróme Lorenzo sin saber qué cosa decir e, pasada una corta pieza, a una parte lo llevé.

- Veréis, hijo… - medité -. No hablaría yo así a vuestro tío, pues como uniforme lleva esa sotana casi desde el día en que nació. E tampoco es de razón lo llaméis cura, pues el debido respeto merece, que es arzobispo emérito e muy renombrado e también marqués.

- Os ruego me excuséis – digo turbado -; yo mesmo he de pedirle excusas pues bien recuerdo… en qué circunstancias me vio por vez primera.

- Recordadlo entonces, Lorenzo.

- Así lo haré, padre, que tal como lo decís, más respeto a él debo que a vos mesmo… E si cuenta lo visto aquella noche… Dejadme agora a mí, que siendo del campo, bien sé cómo entrar en calor cuando se viene el frío o refrescarme cuando llega el calor. E no desearía veros acalorado.

09 agosto, 2012

De la lengua muerta y viva


n lecturas estábamos en el salón por la tarde, pues es este tiempo caluroso como no conocía desde hace siglos… Lo que llámase agora «calentamiento global» e no es sino otro ciclo de calor de la Naturaleza de los muchos que he conocido. Parecióme que don Juan hacía extraños gestos mientras leía e, como incomodado, arrojó el libro sobre la mesa.

- ¿Qué cosa leéis que parece os turba? – pregunté -.

- Algo que me confunde, sobrino, pues siendo latín no alcanzo a entenderlo. Dejo esa lectura y basta.

- Si quisiéredes decirme qué texto es…

- Confuso estoy. Acaso vos sepáis qué cosas se dicen aquí – tomó el libro e buscó -. Leed.

E al ver el texto, no pude disimular una sonrisa, mirélo con cariño e pedí viniese mi hijo Marinín. Al punto, junto a mí estaba.

- Hijo – besélo -, decid a vuestro tío qué significan estos latines. Sé que os oirá con más atención e confianza.

E tomó mi hijo el libro en sus manos, acercóse a su tío e sonrióle en leyendo:

- Lorem ipsum habitat subet et clavicum facet… ¡Es un texto «Lorem Ipsum», tío! No podéis nada entender, pues latín parece e no lo es.

- Eso creí – contestóle confuso -.

- Es este texto una sarta de palabras sin significado alguno, mas úsase para llenar espacios y saber cómo aparecerán a nuestra vista. Desta forma, de cosa alguna hay que escribir para saber si podrá leerse con gusto.

- Es eso un uso que no entiendo – le dijo -, pues muy bella lengua tenemos para inventar otra sin sentido.

- Veréis, tío Juan – le hablaba con paciencia -; siempre que leáis un texto que empiece por «Lorem Ipsum» podéis saltarlo, pues nada dice.

- Me asombra y me turba que estos usos de una lengua muerta se usen para una ciencia viva. Por fortuna – abrazó a mi pequeño -, tengo un ángel que todo me susurra. Dios os bendiga, hijo. Creí que el seso había perdido… Lorem ipsum habitat subet et clavicum facet… ¡Diría yo, que casi tiene sentido!

08 agosto, 2012

De la discusión en las aguas


uejábase a medio día Su Ilustrísima por lo escrito en mi diario e quise darle razones e no entendía. E como forma no había de entrar en otras pláticas, quiso Marcos mediar e a él también discutía. Con esto, alcé mi mano y llamé a Cayetano porque nos sirviese otro refrigerio e alguna otra cosa para tomar, pues sabiendo que don Juan no repara en cosa alguna habiendo qué yantar y qué beber, pensé la tormenta amainaría.

Trujo Cayetano algunas viandas apetitosas e no dudó Su Ilustrísima, olvidando todo lo hablado, en incorporarse, mirar la mesa y alargar el brazo para tomar su copa. Mas no había empezado a beber cuando salió de las aguas Lorenzo e vino a mí como Dios al mundo lo trujo dándome quejas también.

- Padre – quejóse -, en la piscina se discute e forma no hay de que todos jueguen e olviden sus rencillas.

- ¿Y qué rencillas son esas? ¿Acaso no sabéis no quiero disputas en esta casa? Volved al agua e decid esto que os digo e, si no se dejan tales asuntos, yo mesmo iré a acallarlos.

Fuese a paso rápido e lo miraba Su Ilustrísima con espanto.

- ¡Válame Dios, que aquestos comportamientos de agora me harán enfermar!

- ¿Quisiéredes mejor se trocase esta casa en cueva de disputas?

- No tal, sobrino – suavizó su tono -, sino que pasarán todos los años de mi vida e no podré razonar estos comportamientos. No es Lorenzo un niño para faltar así al respeto.

- ¿En qué pensáis falta? – preguntóle Marcos -; correcto me ha parecido.

- ¿Correcto? – soltó don Juan su copa en la mesa - ¿Llamáis correcto a que un hombre como Lorenzo a la mesa se llegue sin cubrirse?

- Nada nuevo es esto, Ilustrísima – apunté -, que así lo veis desde que en esta casa moráis. E bien sabéis son mis normas estrictas e todos las cumplen, que no habréis visto a nadie descubierto entrar en la casa.

- No discuto esas razones, sobrino – volvió a tomar la copa como acalorado -, sino que también hay ropas para el baño e aquí no se usan.

- Nadie – aclaró Marcos – si no es desta casa veréis de esa guisa. De lo privado hacemos distinguir lo público, e no están en lugar público. Si estas costumbres no os placen después de tanto tiempo con nosotros, deberíais meditar si hay pecado en lo que se hace. Si así fuere, quizá se revisarían las normas… mas… sois el único que mostráis consternación por comportamiento que aquí a nadie espanta.

- En eso, amigo Marcos – respondióle como más calmo -, he de daros la razón, que no soy sino yo el que no acabo de acostumbrarme a estos usos. Lo expuesto sabéis… e que no me gusta; mas como pecado no lo veo, sino como disciplina que no acabo de razonar.

Y en esto diciendo, oí cómo venían voces desde las aguas, miré a Marcos e nos levantamos entrambos por ir a ver qué pasaba.

- ¡Silencio! – gritó Marcos - ¡No se discuta! En la piscina estáis para solaz e no para enfrentamientos, como lo ordena vuestro padre.

E acercándose Pablo a nosotros nadando, sin salir de las aguas, nos habló respetuoso.

- Los mayores de nosotros se mofan – dijo – porque, dicen, no sabemos cosas que ellos han aprendido en la Universidad.

Miróme Marcos en disimulos e hablóme quedo.

- ¡Santo Dios!, Marino, que acaso esté Su Ilustrísima en lo cierto.

E, volviéndome a todos en el baño, asesté:

- Están esta piscina y sus aguas para solaz e no para discusiones. Si alguno de vosotros quisiere saber algo e no lo entendiere, venga a mí a preguntarlo. Si vuelven las discusiones, ordenaré vaciar la piscina e vestir todos traje de baño. Decididlo.

E hubo completo silencio en adelante e nada más se dijo desto, sino que pasados unos minutos, vino a nosotros Guillermo envolviéndose antes en su toalla.

- Padre, ¿dais la venia para entrar en la casa? He de recoger las pistolas de agua.

E hice gesto de aprobación e miróme don Juan con asombro, pues todo parecióle distinto.

- La disciplina – dije -, o se cumple o no se cumple; ya sea desnudo o vestido. En esto lo veréis.

E una pieza corta pasó cuando llegóse a casa nuestra vecina Gertrudis, que mucho ama a nuestros niños e a la que mucho ayudamos. Fuimos a recibirla, e traía la mujer una gran carga.

- Capitán, don Marcos, Ilustrísima. Tantos tomates tengo gracias a vuestra ayuda, que aquí os traigo salsa ya echa para todos, si la aceptáis…

- ¿Y cómo no hemos de aceptarla, hija? – sonrióle don Juan -. Dejad que el servicio la lleve a la cocina.

- Pasad entonces – le dije – y saludáis a mis hijos, que habrán placer en veros.

Miróme entonces Su Ilustrísima de nuevo con grande espanto e, sin nada decir, hasta el jardín atravesamos. Y en llegándonos al cubierto, vinieron todos corriendo a saludar a doña Gertrudis vistiendo su traje de baño (que no son sino calzones en muchos colores).

- ¡A fe, sobrino, que moriré en esta casa de un disgusto! Deus omnipotens, miserere mei.

07 agosto, 2012

Del almuerzo de las miradas y las risas



evantáronse todos e tomamos el desayuno saliendo luego al jardín donde se pasó la mañana. Quiso Marinín que me diese un baño con ellos e a tal petición me avine e unióse también Marcos. Ya todos en las aguas jugando, vino a mí Marinín, rodeó mi cuello con sus brazos e, con su mirada profunda e todo su rostro mojado y brillante – como su sonrisa – hablóme al oído.

- Lo que escribisteis esta mañana ya he leído, papá.

- ¿Y os gusta, hijo?

- ¡Cómo no ha de gustarme! – rio -, que también yo quisiera comerme un pimiento.

- Vamos, hijo – retirélo de mí -; nademos con los demás e ya se verá lo del pimiento.

E llegada la hora del almuerzo, ya todos secos e vestidos, pasamos al comedor.

- He aquí un almuerzo especial – declamó Ramón muy de contento -; gazpacho fresco, pescaíto frito, algo que picar y el postre.

- ¡Dios me ha oído! – alzó sus brazos don Juan -, pues esta vez no son «sopa fría serrana con aromas del Gadióvar, frutos del mar rebosados en corteza de espliego, entremeses de la huerta en salsa parmesana ni helado de pistacho con crema del Endrinal».

- Excusadme, Ilustrísima – musitó Ramón acercándose -. Prometido queda que no he de crear esos nombres que os asustan, pues lo servido es todo de la tierra… ¡menos el pescado!

E todos nos mirábamos como conteniendo unas risas, no por cambiar los nombres que se creaban, sino porque dificultoso sería que el pescado fuese de la Serranía.

Así, viendo Ramón que sus viandas nos placían, miróme con picardía e fuese sonriendo a la cocina.

- Según he leído al medio día – razonó Su Ilustrísima -, todos nos íbamos a comer un pimiento.

E con esto, oyóse un fuerte estruendo, moviéronse las sillas y hasta la mesa y con fuertes risas esperamos para poder oír las bendiciones. E nos miraba don Juan como con extraño por nada entender.

- Algo habré dicho poco atinado… Benedic, Domine, nos, et haec tua dona quae de tua largitate sumus sumpturi. Mensae coelestis participes faciat nos, Rex aeternae gloriae. Per Christum Dominum nostrum.

- Amen.

De cómo me llevaron al huerto



uy de mañana, antes de que todos despertasen, a la cocina bajé por tomar un café y, entrando en ella, todo el servicio miróme en silencio, que aunque acostumbro a madrugar, nada tomo hasta el desayuno tras haber hecho mis ejercicios diarios al fondo del jardín.

- Buenos días nos dé Dios, Excelencia – dijeron de consuno - ¿Habéis tenido buen descanso?

- Sin duda – respondíles -; sino que hoy me apetece tomar un café ¿Nadie ha notado la noche más fresca que en los días pasados?

- ¡A fe que sí se ha notado, Excelencia! – respondió Ramón llevándose la mano a la cabeza -. Ayer dormíamos con las ventanas abiertas y esta noche hemos tenido que taparnos. Este tiempo ha de volvernos locos…

- El aire fresco de la casa – apunté – a todas las estancias llega ¿A qué dormir con las ventanas abiertas?

- Siendo verano – respondió – la ventana cerrada no puedo ver ¡Me asfixia!

- ¿Se irá hoy al pueblo a hacer la compra? – pregunté a Cayetano mientras me servía el café -.

- Sin duda – aclaró -, pues no hay pescado fresco los lunes y alguno se comprará.

- Comprad pues algún pescado especial, que quiero hoy un almuerzo… distinto. Y he de decir que se anoten las recetas de lo servido pues Su Ilustrísima dice no saber lo que come.

- ¡Ay, Excelencia! – exclamó Ramón -. Por ello pido disculpas, que los nombres de los platos los pongo yo mesmo y creí se entendían.

- Bien los entiendo, Ramón – reí -; no es cosa sino de hombre de usos antiguos, como los míos, que en el yantar no quiere cambios.

- Pues al huerto voy a coger algunas verduras – respondió -. Si quisiéredes acompañarme veríais todos son frutos desta tierra.

E después de tomar el café e platicar otro tanto con todos ellos, llevóme Ramón al huerto y mostróme lo sembrado.

- Aquí veis, Excelencia – dijo tomando algunos frutos -; tomates cuidados con el mayor esmero. Mirad cuán apetitosos aparecen.

- Y esotro… ¿son pimientos?

- Y bien frescos y grandes e gordos e gustosos mas, aunque todos los días los pongo en la comida, hace tiempo que no me como un pimiento.

- Coged pues algunos dellos e fritos los ponéis enteros. Todos hemos de comernos algún pimiento.

- ¡Ahhh! – suspiró -; acaso no sabe Su Excelencia que de otros pimientos hablo.

- Sélo. Vayamos allí, al fondo del huerto.

Miróme con extraño y sabía yo lo que pensaba. Así, por allí anduvimos una pieza y mostróme otras sabrosas verduras.

De la espera de mis hijos (2/2)


mi estancia subí al punto tras excusar mi ausencia e, aprestando mi equipo, a escribir comencé.

Llegada que fue la hora de la cena, a todos saludé como todos los días, que era larga tarea al estar todos allí por el estío.

- Al comedor pueden pasar vuesas mercedes - hizo sonar su campanilla Ramón- .

E todos fuimos pasando en orden y hablando en susurros e tomando asiento luego cada uno en su lugar e bendijo Su Ilustrísima la mesa e oyéronse comentarios e, tras decir Ramón las viandas que tomaríamos, vi cómo Marinín su asiento dejaba e, acercándose a mí, puso su rostro en mi hombro e hablóme quedo.

- Gracias, papá – dijo -, que otra vez he vuelto a leeros y bien sé esto lo hacéis por nosotros.

Besóme entonces e a su lugar en la mesa volvió junto a su hermano Antonio. E no supe qué cosa decir, sino que al ver que todos sonreían felices, supe habían leído lo por mí escrito esta tarde. Con esto, nada quise decir como nueva, sino que agradecí a todos lo que hacían.

- También yo os leo, papá – exclamó Carlitos -; y en el tiempo que nada habéis escrito desde la primera letra hasta estas últimas.

- Decidme entonces, pequeño – pregunté - ¿qué cosas habéis aprendido?

- ¿Todas? – extrañóse -.

- Como se ve – apuntó Su Ilustrísima -, no era cuento lo que os decía, que no sólo os leen, sino que aprenden e, tanto hay escrito en vuestro diario, sobrino, que el que desde el comienzo lo lea, como vos mesmo aprendisteis cada cosa deste mundo de hoy, aprenderá lo que casi no puede creerse.

- Si me permite Su Excelencia – habló Víctor, el maestro -, diría yo que tanto es libro de aprendizaje como para solaz, pues entre sus líneas puede encontrarse también como un tesoro escondido. No narráis vuestra vida, sino la de todos; y eso nos hace descubrirnos a nosotros mismos.

- A fe que lo que decís lo creo un tanto exagerado – disimulé mi asombro -, mas si así lo pensáis, como Su Ilustrísima lo piensa e bien me dijo, ¿a qué no escribir para vosotros?

- No es sacrificio para vos, Marino – apuntó entonces Marcos -, y es para todos una guía llena de sorpresas. Escribid como antes cada noche; es merced que todos esperamos.

- Nada prometo – tomé la cuchara para que todos yantasen -, mas bien es cierto que para mí no es estorbo alguno el escribir. Comamos y bebamos y salgamos luego al jardín hasta bien entrada la noche. Desde mañana he de volver a narrar todo esto que vivimos para que así todos lean lo que pienso de cada cosa… por baladí que parezca.

E ya todos en la terraza en juegos por estar la noche fresca, vino a mí don Juan en disimulos.

- Decid, por Dios, a ese cocinero, que llame a las cosas por su nombre, pues a veces no sé lo que a la boca me llevo. Dizque lo comido hoy era «Gazpacho grazalemeño con aroma al bálsamo de Módena» e, a fe que para mí no era sino un gazpacho un tanto raro… el que agora mesmo repito.

06 agosto, 2012

De la espera de mis hijos (1/2)


 los días pasaron, e las semanas e los meses, sin que nada nuevo hubiese que narrar, según así me pareciera, pues de narrar en este mi diario cuanto ha acontecido desde mis últimas palabras, más de un ciento de páginas hubiesen leído vuesas mercedes, que pasaron los días e las semanas e los meses e cambiaron nuestros usos e unos se llegaron e otros más se fueron e nada dello he narrado.

Mas, estando esta mesma tarde en pláticas con Su Ilustrísima en el cubierto del jardín – leyendo agora y en pláticas después - confeséle sentirme solo como nunca antes lo sentí. Soltó su libro en la mesa con mirada como de enojo, a su enderredor miró e habló mirando al frente.

- ¡Solo! No parécemelo. Acaso pensáis que la soledad es agora vivir en paz con vuestros hijos… Acaso sea, sobrino, que confundís soledad con verdadera paz, que no hay entuerto que deshacer desde tiempo atrás. Y es esto cosa que me espanta, pues hasta vuestro diario habéis dejado incompleto.

- ¿Incompleto decís? – sorprendíme - ¿Esperabais un final feliz o uno triste de mi vida?

- El final no veo de vuestros días, sino un a modo de cambio en vuestros usos, mas no habéis pensado que hay quien espera poder seguir leyéndoos.

- ¿Leyéndome? – reí - ¿A quién ha de interesar la vida de alguien que pasa sus días uno tras otro sin cosa alguna que hacer?

- A mí – espetó -; a mí mesmo e a otros, que de buena tinta lo sé. No es para mí novedad el ver con estos mis ojos lo que día a día acontece, mas sí lo es saber cómo lo veis vos, que es cosa bien distinta.

- ¿Me pedís con estas vuestras palabras que siga escribiendo un diario que interés alguno tiene?

- No – alzó su voz -, no os lo pido, sino que a ello estáis obligado. Buscad como antes el tiempo, usad vuestros nuevos artilugios… pero escribid.

- ¿Vais a obligarme, Ilustrísima?

- No tal – miró a mis hijos en las aguas -; ellos lo esperan de su padre.

- ¿Qué decís? ¡Mis hijos leyéndome!

- Así era, sobrino, que os leían porque de vos aprehendían más que cuando les hablabais. Y ellos me lo piden a mí porque yo os lo pida, mas siendo como decís que nada se os puede pedir, callan.

¡Santo Dios! – exclamé internamente - ¿Qué cosa estaba haciendo? A mi razón no alcanzaba que todos me leyeran y pidiesen a su tío Juan que mediase. Y en esto pensando, mirélo grave e dejé también mi libro sobre la mesa.

- Mis excusas he de presentaros – dije -, que tales asuntos no entiendo mas sí los comprendo. Yo mesmo he de decir a todos que esta mesma noche, un año largo después, he de seguir este diario. Y lo que os digo han de leer con los sus ojos.

- Amén. Filii vestri espectare.