o encontré esta mañana al despertar mi copa de jugo en la mesilla. Miré a Marcos con disimulo e vi dormía dándome la espalda. Levantéme entonces con sumo sigilo por no despertarle e, tomado la colcha, que en una butaca estaba, cubríme con ella e abrí de espacio la puerta por ver si pusiéronla en la mesilla del pasillo. Allí no estaba; e la hora concertada para ponerlo era bien pasada. Creí algo mal andaría, que en años nunca faltó mi jugo a su hora, y cerré con cautela la puerta, mas quedando en el pasillo.
Caminando sin hacer ruido alguno e bajando luego las escaleras hasta el comedor, parecióme oír a Ramón cantando alguna cosa. Pegado a la pared fui hasta las puertas de la cocina e, llegado a ellas, abrílas de repente y entréme sin nada decir.
- ¡Aaaahhh! – clamó Ramón con espanto -; ¡un espectro, un aparecido creí se llegaba!
- No hay espectros en esta casa – dije grave -; y en habiéndolos no creo apareciesen envueltos en una colcha. Nada decid desto ¿Dónde está Cayetano?
- Con María se apresta, Excelencia – parecía querer excusarse -, pues al pueblo han de ir a la compra.
- Avisadle – dije parco -; aquí espero.
E haciendo una rápida reverencia, por la puerta del servició salió a saltos e volvió al punto tembloroso.
- Os ruega esperéis un punto, que aquí vendrá…
E no acabó de hablar cuando entró Cayetano mirándome con espanto al verme.
- ¡Excelencia! – acercóse - ¿Vos aquí? ¡Algo os ocurre!
- Con vos quisiera hablar sólo un instante… a solas.
Abrió las puertas del comedor, hízome señas de pasar primero e dejó las puertas se cerraran.
- Grave ha de ser el asunto que os trae, Excelencia, que jamás os he visto en las cocinas, a estas horas e liado en una colcha ¡Decidme!
- ¿Habéis olvidado mi jugo hoy por mala ventura?
Y en esto diciéndole, por los cristales miró a la cocina y a su rostro asomó el pánico.
- Calmaos – dije -, pues a nadie vengo a reprimir, sino que creí algo os ocurría.
- ¡No, no, Excelencia! ¡Nada me ocurre!
- ¿Habéis olvidado entonces algo que nunca olvidáis?
Atrás echó entonces la cabeza e parecióme algo ocultaba.
- No tal – habló con la vista baja -. Asomaos a las cocinas y veréis está vuestro jugo preparado.
Di paso al frente, por uno de los cristales miré y allí vi la copa de jugo llena.
- Nada he olvidado, Excelencia – confesó -, mas sí he de deciros algo he hecho que no debiera. Podéis tomar la medida que conveniente creáis.
Dejó de hablar agachando la cabeza e miróme luego grave antes de manifestar algo que creía no iba a ser de mi gusto.
- Os he desobedecido – musitó -; vuestro hijo Marinín pidióme, como si me ordenara, preparase el jugo a su hora y en ese lugar lo dejase. Él mesmo os lo ha subido durante mucho tiempo.
- ¿Qué decís? – no entendí - ¿Desde cuándo?
- Desde que de Cuenca llegasteis – tragó saliva sonoramente -; he desobedecido vuestras órdenes e castigo merezco, pues bien sé no queréis nadie entre en vuestra alcoba.
- En eso no pensad agora – quise calmarlo -. Si Marinín os diese alguna orden, como si yo mesmo os la diera obedecedla. Es menester saber entonces por qué no me la ha servido hoy.
Y en esto diciendo, oímos grande estruendo e vimos entrar por la puerta, corriendo desnudo, a Marinín que, al vernos allí, quedó pegado a la pared mirándonos con espanto e sintiéndose cazado.
- ¡Venid aquí, hijo! – habléle con dulzura -; cogeréis frío. No temáis.
Acercóse muy de espacio e desconfiando y, llegándose a mí, abrí los brazos por cubrirlo y saltó como si creyera iba a azotarle.
- ¡Tranquilizaos! – cubrílo conmigo -. Nada temed e nada decid, pues todo lo sé. Volvamos arriba, que es bien temprano.
E caminamos juntos envueltos en la colcha e allí quedóse Cayetano como estatua e, saliendo luego al salón comenzamos a subir las escaleras e seguía mirando al suelo.
- Por nada voy a reprimiros, hijo, mas he de deciros algo que sé ya sabéis. Si vos mesmo os comprometéis a una empresa e no cumplís, os desobedecéis. Es vuestra disciplina por tanto e obligación si así lo asumís. Sólo he bajado temiendo una desgracia.
Nada dijo. Miróme como asustado un punto e bajó la vista hasta que a su puerta nos llegamos.
- Entrad e cubríos. Descansad cuanto necesitéis; sé que ayer fue día de mucho movimiento.
Dio unos pasos hasta la puerta y, ya agarrado al pomo y antes de abrirla, dijo algo con un hilo de voz.
- La falta he de lavar con acto de contrición, propósito de enmienda e cumpliendo la penitencia que se me imponga.



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