e querido saber en estos luengos días pasados por qué unas ciertas miradas de temor y otras de descontento ocultaban lo sucedido. Nadie en esta casa hame dado razón alguna ni preguntado sobre el silencio que en el aire flotaba.
Estando esta mañana aprestando el cierre de la puerta trasera de servicio con Cayetano, quise echar de ver qué pensaba éste de tal escenario e, no habiendo palabra alguna entre nosotros, hablé como pensando en voz alta.
- Cuando mucho aparece el silencio, o es que no hay nada que decir o es que se piensa que lo que ha de decirse es de necio.
- ¡No tal, Excelencia! – llegóme un punto de temor -. Absorto estoy en estas labores.
- E… ¿también calláis tanto agora – contesté – como dentro de la casa parecen hacerlo todos? Más que por sirviente os tengo, Cayetano – estreché su hombro -, e paréceme agora todos somos algo enemigos los unos de los otros.
- En una parte lleváis razón – aseguró – y en la otra no tanta. Algo he de deciros aunque no cumpla las leyes desta casa. Vuestro hijo Marinín a mí vino de mañana, el día en que descubristeis lo del jugo, e diome orden de serviros, como siempre he hecho, esa copa…
- No es esa cosa que me sorprenda, amigo, que, aunque usó pocas palabras, entendí todo habría de ser como yo había dispuesto.
- Sin duda – continuó -; mas también diome otra orden.
Incorporéme sorpreso mirándolo, pues de tal orden no había noticias.
- No rogóme – dijo grave entontes -, ordenóme nada dijese de lo sucedido y, en diciendo esto, no le obedezco. Recordad que vos mesmo me dijisteis cumpliese lo dispuesto por vuestro hijo como si vos lo dispusieseis.
- ¡Paréceme paradoja! – exclamé -; cual si al manifestarlo me desobedecieseis.
- ¿Y no es así, Excelencia? Las leyes desta casa son vuestras. Podríamos decir Marinín ordenóme incumplir una, vos me disteis otra nueva por obedecerle a él y le desobedezco agora ¿Comprendéis mi silencio?
- A fe que lo comprendo – razoné – al tiempo que no alcanzo a tal.
- Peor aún – hizo una pausa -. Vuestro hijo ha confesado con Su Ilustrísima. Nada sé de lo dicho, que bien sabéis es secreto de la confesión, e nada hame manifestado Su Ilustrísima, sino que, estando siempre por la casa a una cosa e a otra, a entrambos vi pasar a la capilla, vuestro hijo me supo observando e me dijo confesó su falta… ¡Y diciendo esto incumplo!
- Quizá incumplís, Cayetano – sonreíle -, mas puedo aseguraros queda claro para mí este entuerto como tormento. Nada he de decir de lo hablado agora. La solución creo tener por romper malentendidos. Dícese en el ejército máxima muy atinada: «Orden y contraorden, desorden». He aquí los resultados. Colijo pues, e mucho me pesa, que sólo debería yo poner las normas. Rectifico entonces. A nadie obedeced sino a mí. E con esto no os pido delatéis a nadie; aclarad a quien algo os pida sólo yo puedo pedíroslo en esta casa.
- Mejor así – suspiró -, pues no sabía si hablar o callar para siempre.



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