eguía Su Ilustrísima con sus lecturas y apenas echó de ver cómo me entrabar en el salón - imagino que la faz como alabastro – e me volvía al punto a tomar aire fresco en el jardín.
Hallé allí a Marcos, junto a la puerta, observando al maestro Víctor limpiar las aguas de la piscina (labor que nunca quise acometiera) esperando a mis hijos, que pronto habrían de bajar de sus clases a tomar un baño antes del almuerzo.
- Sin duda, Marino – habló sin apartar su vista -, que este joven ama a los pequeños como vos e yo mesmo los amamos. Desde temprano comparte con ellos sus conocimientos e, antes de que acaben sus liciones, él mesmo cuida las aguas donde se han de refrescar sus cuerpos.
- No lo dudo - dije con un hilo de voz que apenas salía de mi cuerpo -.
Y en oyéndome, volvió su rostro con asombro e nada dijo al verme e no aparto sus ojos de los míos. Esperaba, según colegí, fuese yo el que le manifestase el por qué de mi desconcierto e, pareciéndome aquellos segundos se hacían luengos como espera de paciente en consulta de médico, puse mi mano en su hombro, apretélo, e sentí iba a romper en llantos.
- ¡Algo os sucede! Nada ocultadme.
- ¿Cuándo, querido Marcos, os he ocultado cosa alguna? Quizá, observando mi rostro, vos mesmo descubráis lo que siento.
- No erráis. Espanto, confusión y alegría, juntos, no sé cómo, llegan a mi alma desde vuestra mirada. Mucho hace que así no os veo. Decidme vuestros pensamientos.
E tras un leve suspiro, casi sin fuerzas, quise darle las nuevas sin que fuesen mis palabras ni de espanto, ni confusas ni de gozo desbordado.
- Sabed que he hablado con el chusco; yo mesmo lo he llamado al no haber nuevas. Mi custodia y mi exilio han terminado.
Ni dejó de mirarme ni afloró en su rostro alegría, sino que me dejó ver una leve sonrisa como si me pensase ingenuo. Volvió su rostro hacia Víctor e lo llamó sin alzar mucho su voz.
- ¡Víctor! ¡Víctor! Acercaos un momento.
No supe entonces, ¡torpe de mí!, que como testigo de sus palabras lo llamaba. Acercóse sonriente soltando aquellos aperos e saludónos con la su mirada dulce.
- Ha llegado el momento, maestro – díjole Marcos -. Sabe ya el Capitán lo que hemos callado.
- ¡Perdonadme, Excelencia! – creyó iba a reprimirle -. Órdenes habíamos de nada decir. Sólo Marcos y yo supimos todo había acabado. Dentro de tres días, estando solos entrambos en la casa, se recibió llamado e se nos dio aviso mas, viendo acaso el inspector nuestra alegría era tanta, rogónos nada hablásemos hasta ser segura e bien cierta la orden.
- Nada he de perdonar, pues delito alguno hase cometido. Hubiese preferido saberlo antes porque cada minuto de mi claustro era como siglo, mas bien entiendo que la fidelidad a la palabra dada os honra. Decid a los niños e a toda la casa a mí ha llegado ya la noticia.
- No ha de ser así, Marino – acercóseme Marcos -, sino que vos mesmo deberíais comunicarlo a todos en el almuerzo pues, si bien os hemos ocultado lo que se nos dijo, a todos lo hemos hecho. Sed vos el que deis las nuevas.
- De mi asombro no salgo – musité -, que a una primera alegría se suma agora la de saber tengo a mi lado hombres de palabra inquebrantable. Apréstese lo necesario, refresquen todos sus cuerpos, e compartamos en este almuerzo de hoy el gozo de haber vuelto a la vida.
- Todos, Excelencia; todos volveremos a la vida.



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