e tanto despropósito oído en lo manifestado por Marcos en aquellos días, en gran detalle, buen orden y por luengo espacio, no he de tratar agora, que bien sé vuesas mercedes desto han de saber tanto como ya sé yo. E mucho tiempo he tardado en creer lo oído e luego visto. Así, encontrándome como en exilio y de manos e pies atado, resolví hacer los cambios en el jardín de mis pequeños, cambiar también la terraza que llaman «solárium» a una otra parte, poner paredes sordas a la estancia donde se hacen las músicas – a esto llaman insonorizar -, tomar más terreno para plantaciones (también de pepinos) e dejar tiempo del día para mis lecturas.
- A fe, sobrino - apuntó esta mañana don Juan -, que si os parece de razón no escribir vuestro diario agora, es que habéis perdido el hábito. E no me digáis hay poca cosa que narrar. Si este humilde servidor fuera vos, que a Dios gracias no lo es, haría por hablar con el chusco, que a buen seguro ha nuevas que narraros e bien sabéis nada dice si no es preguntado.
- ¿En verdad creéis nada me diría si alguna cosa nueva llegara a sus oídos? Tal no creo.
- Pues creedlo – espetó -. Si una mala nueva hubiese para vos, ya hubiese venido o llamado por dárosla, mas si buenas fueren esas nuevas, de buen seguro esperaría por ver si os interesan. Mirad que conozco a ese hombre e por no estorbar no tose. No es menester os diga soy verdadero.
- Desto último no dudo, Ilustrísima, mas algo sí de lo primero ¿Acaso pensáis que si hubiera buenas nuevas nada me diría?
- Es grazalemeño bien apañao, que así lo dicen. Oíd lo que os digo, que no hablaría este hombre si no fuese cosa de preveniros. Llamadlo, oíd por Dios lo que os digo e, si nada os manifiesta, tomad lo que os narre como seña de que todo sigue igual.
Y en lecturas seguimos e nada más desto se habló; sino que, excusándome por ordenar ciertos documentos de mi bufete, a él me entre y al chusco llamé. Hubo gran sorpresa e alegría al oír le llamaba e, pasada una corta pieza donde nada de importancia se habló, quise echar de ver cómo era cierto lo que me decía Su Ilustrísima. E hube de tomar asiento – que en pie me hallaba – cuando en pocas palabras tanto nuevo me decía.
- Pensé, Capitán, sabríais ya, a estas alturas, y de la Serranía no os hablo, que, sin haber cambiado el Gobierno que os persigue, los que a ellos se oponen en asuntos de política, les han hecho dar paso atrás.
- ¿Me decís ya no soy perseguido? ¿Acaso ya no soy reo en estos parajes?
- Iteráis lo que os he dicho, pues si no hay órdenes de custodiaros, ¿cómo pensáis sois reo?
- ¿E nada me comunicáis si no os llamo? - grité -.
- Calmaos, Capitán, calmaos. Pensad que estoy a vuestro servicio, mas no creí conveniente…
Con estas palabras en su boca, en mi móvil y en mi seso, colgué e hube de restar pasmado una luenga pieza antes de volver al salón. Como así habló Su Ilustrísima, así era bien cierto acabóse mi angustioso exilio.



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