Guille dejé tomando otra copa e corrí al salón en busca de Marcos e, al allí entrarme a priesa, miróme Su Ilustrísima con estupor.
- ¡Dios bendito! - exclamo al verme -; en la terraza os hacía con los pequeños ¿Buscáis a alguien?
E sin responder siquiera a sus palabras, por el pasillo volví sabiendo estaba en mi bufete. Con sigilo, abrí la puerta, vilo allí hablando por teléfono e acerquéme de espacio mientras oíale.
- ...como mejor lo penséis ha de hacerse, don Justo. Bien sabéis la historia de ese capital… Agradecido os quedo.
E viendo dejaba el móvil sobre la mesa, entrelazaba sus dedos e hacíame gesto de contento, frente a él sentéme y esperé alguna palabra.
- No penséis – dijo entonces – he llamado a don Justo Severo por ser éste ladrón, que por muy honrado lo tengo, sino que, viviendo en Sevilla, creí conocería a algún político.
- E supongo ha de conocer a más de uno, pues es abogado público e notorio. Entre los ladrones habrá también amigos que, como es dicho, amigos debemos tener hasta en los infiernos.
- No llamaría yo ladrón a un político, Marino, pues haylos honrados.
- ¡Como en botica! – reí -; de toda condición haylos. No puede decirse todos los políticos son ladrones o todo ladrón es político. De seguro hablará con el atinado.
- No tengáis duda en ello. A un honrado conoce que algo podría facer. Sabe don Justo a qué dineros me refiero y es éste ganado poniendo en riesgo vuestra vida. Ni nosotros ni político cabal alguno puede tomar esa cantidad como robada. Falta sólo saber qué hacer porque quede conforme a derecho.
- Atinada idea la de Guille e más atinada la vuestra, Marcos, que dinero alguno he robado.
Levantóse decidido, tomó el teléfono e pidióme volviésemos al cubierto del jardín.
- Un vino tomaremos por celebrallo mientras llama don Justo por confirmarme una cita. Sea o no lo que pensáis de vuestro destino como capitán, no es baladí el asunto de hacer ese dinero legal.
Entrándonos en el cubierto, vi a Guille tomar otra copa de vino e, mirando en disimulo la botella, supe había bebido unas cuantas, pues la botella que quedó medio llena veíase agora medio vacía.
- Os aseguro, hijo – apunté -, que no es cosa que vaya a prohibiros. Podéis beber, claro, mas… dejad algo para nosotros. A vuestros hermanos no digáis os he permitido tomar vino… aunque… por el olor, el color de vuestras mejillas y la chispa en vuestros ojos…
- Tomemos una copa con él, Marino, pues ha abierto la puerta que teníamos enfrente e no veíamos.
- Bebamos pues. Pídase otra botella del mesmo, que mezclar es malo.



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