ímos misa cantada con grade recogimiento e siguió fiesta luego en el salón. Todos a Antonio se llegaban, lo besaban y le hablaban y, esperando a la entrada del comedor, repetía Marcos su queja.
- Si me hubieseis dicho lo que ibais a aprestar para hoy, podría yo haberos ayudado; la misma sorpresa que el niño tengo.
- Eso esperaba – contestéle sin mirarle -.
- ¡E le regaláis algo, que no sé qué cosa es, como de todos! ¿Queréis decirme cómo sabíais quería esa… esa cosa e cómo la habéis comprado?
- Sabe uno de todo en esta casa, Marcos; e a Guille pedí recogiese ese artilugio que por Internet compré y en Ronda esperaba.
- ¡Guille lo sabía! – volvió a pellizcarme -; ridículo me siento.
- Pues cambiad el gesto, sonreíd e sentíos como partícipe ¡Hola, Marinito! – se acercó a mí el más pequeño e tomélo en mis brazos -. Paréceme querríais vos también llamaros Antonio, mas vuestro santo no es hasta septiembre; pasado el verano. Quizá hagamos fiesta como esta, o más grande, que San Marino es el nombre también de mi hijo y el mío.
- Pueden pasar al comedor vuesas mercedes – canturreó Ramón muy colorido -; el xoclatl del Capitán espera caliente e también con su sorpresa.
E hubo grande alegría en el desayuno, el almuerzo preparóse bajo la gran higuera que junto al río es la más cercana, se paseó a caballo e, ya tarde, estando solo en la puerta, parecióme oír como un llanto fuera de la casa e volví la esquina que a las cocheras lleva. Allí, apoyado en la pared y con grande desconsuelo, escondíase Antonio de todos.
- ¡Hijo! – acerquéme turbado - ¡Decidme que os sucede!
En mis brazos cayó e fui acariciando sus cabellos y esperando se calmase e, retirando luego su rostro del mío, miróme con los sus ojos enrojecidos e balbuceó unas palabras.
- ¡Excusadme, papá! ¡Excusadme!, pues creo no merecer tales fiestas por haber este nombre. E no lloro porque no me plazca todo lo hecho para mí, sino por recordar otros tiempos cuando no habíamos para comer, cuando mi padre me golpeaba, cuando mi madre nos abandonó para siempre…
- Eso es pasado, Antonio – estrechélo entre mis brazos -; es pasado que no ha de volver. Recordándolo, acaso apreciéis mejor lo que agora tenéis.
Y esto dije, cuando apareció Marinín corriendo en busca de su hermano e, al verme allí con él, retirado quedó observando. Aparté mis brazos de Antonio y, sin nada más decir, volví a doblar la esquina e allí los dejé solos al anochecer.
- Es muy extraño, Marino; ya os lo he dicho. Pareciera esta vez, por lo que me decís, que no quería Marinín tocaseis a Antonio ¿Yerro?
Nada contesté.



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