escansando ya Marcos en la cama, daba yo paseos por la estancia, de lado a lado, sabiendo me observaba turbado e con alguna duda en su mente. Una larga pieza estuve meditando mientras él me observaba quedo hasta que habló con dulzura.
- ¿No descansáis? ¿Os quita el sueño lo resuelto con el banco o penáis por veros venir esa temida orden? Jamás os he visto así…
- Medito, Marcos – nada podía decir -; e no es menester deciros he de escribir agora mi diario.
- Quizá os pudiera ser de un ayuda. Si bien no os conociese e supiese nunca mentís e nada me ocultáis…
- ¡Nada os oculto! – acerquéme a él -. No dudéis eso, sino que háseme manifestado algo que me turba e, siendo como en confesión, nada puedo deciros. Así como os soy fiel a vos lo soy para todos. Quisiera una voz que me alcanzase a donde yo no alcanzo… mas mi silencio debo.
- No preocupaos. Nada temo, sino veros así. No me debéis respuesta alguna, que ya la habéis dado.
A su lado me senté e quise no estuviese inquieto. Decidí no escribir y yací a su lado.
- Hablabais hoy de los estudios de los pequeños – dije -. Creo que alguna cosa no podrá llevarse a cabo.
- Sea como digáis, Marino; nada he trazado yo de lo hablado. Vos mesmo pensasteis en llevar a nuestros… a vuestros hijos a la escuela.
- ¿Por qué teméis considerarlos vuestros?
- Míos los considero – aseguró -, mas según la ley son vuestros. Creí atinado fuesen a la escuela por haber certificado de estudios y calificación del Estado. Pensasteis que mañana han de ir a la Universidad. Ese es el método.
E tras meditar una corta pieza, por no decir nada de lo que confesóme Marinín, quise echar de ver qué pensaba.
- ¿Recordáis cómo Marinín quiso venir conmigo a Sevilla a sabiendas de que en riesgo ponía su vida?
- ¡Cómo no he de recordarlo! – exclamó - ¡Qué disgusto!
- ¿E por qué razón pensáis lo hizo?
- Marinín, amigo, de vuestro lado no puede apartarse. Si le faltaseis… moriría.
Hube de disimular mi asombro, pues casi las mesmas palabras usó que mi hijo.
- Así lo creo, Marcos. Llevad a ese niño todos los días a la escuela y comprobaréis su tristeza aflora.
- Es esta cosa que no entiendo – meditó en voz alta -, pues todos los días de vos se separa cuando arriba sube a dar sus liciones…
- Tal vez sea sabe está en la casa donde estoy. Llevadlo a la escuela y…
- Algo no entiendo – incorporóse - ¿Acaso no sabéis duerme con Antonio e dél no puede separarse? ¿Vais a negar lo que veis e consentís? ¡Hasta el tío Juan sabe desto!
- Mas han de ser dos cosas distintas – apunté -. Cuando conmigo partió a Sevilla, aquí dejó a todos; también a Antonio. E bien visteis su enfado aquel día que falté desta casa o cuando volví de Cuenca, como si allí hubiese estado un año en placeres abandonándolo.
- Os ama, Marino – concluyó -; os ama tanto…



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