ronta fue la respuesta del abogado e, de tanta importancia era la cita, que esta mesma mañana partió Marcos a Sevilla con Lorenzo. E no iba a encontrarse con ladrón ni con político – e a éstos comparar no quiero con aquellos -, sino con banquero de grande importancia e honrado, que su vida no hace del hurto, pero de sus negocios.
E no era la intención de don Justo y deste citado banquero, cuyo nombre reservo por prudencia e no por creer delinque, sino la de poner la cantidad guardada en cierto lugar oculto de mi casa en su banco, haciendo destos dineros algún negocio e trocándolos en lo que llaman «legal». Evitar los impuestos nunca quise e siempre se ha pagado al Fisco lo exigido, mas deste dinero que de los mesmos que hanme perseguido gané, algo ya se había gastado; una parte entregada a la Caridad, que a los menesterosos socorre, e otra, más pequeña, en compras, que sus impuestos ya llevan.
Quedé así relajado con la certeza de que todo se haría conforme a la ley, mas seguía pensando en la pronta llegada de la orden que del ejército me apartaría.
- Quizá, sobrino – me decía don Juan por calmarme - , nunca os llegue la tal orden e, si os llegase, algún día sería retirada que, según entiendo, no es la primera vez que se os hace.
- Cierto, Ilustrísima – hízome recordar -. En muchos años de vida, y en asaz ocasiones, mi puesto quitaron, mas, también es cierto que en esta España cambiante que a sí mesma hase traicionado una vez e luego otra, siempre ha vuelto a reinar el seso. E no dudo se repetirá la historia.
- Condenados estamos a ello – como en sermón habló – por no grabar en los recuerdos, no ya los errores por nosotros mesmos cometidos, sino aquellos de los que ya pasaron a la mejor vida. Con una primera piedra tropezamos e pensamos no habrá otras ¡Cuántas piedras habrá encontrado esta España en su camino! E miradla; caminando sigue.
- ¿Cómo no ha de seguir, Ilustrísima? Mas hora sería, cambiado el milenio, de adecentar este camino, pues aseguraros podría que todas las piedras en él se hallan.
- Camino alguno encontraréis sin piedras como obstáculos, hijo – asertó -, que si dellos las apartásemos todas, un abismo habríamos a nuestros pies ¿Qué vida sería esa, regalada, sin barreras que superar? Dello aprendemos: a fuer de saltar obstáculos. Recordad nadie escarmienta en cabeza ajena.
- Tal vida para mis hijos no querría; y no es otra la que van a encontrar, sino una llena de piedras, de esfuerzos, de superarse, pues otra cómoda e regalada, como bien decís, a otro lugar no los llevaría sino a donde habita la miseria.
- Así pues, sobrino – concluyó -, bien hacéis mostrándoles la senda e dejando luego ellos elijan. Mas puedo aseguraros no hay uno de mis angelitos en esta casa que no llegare un día a su cita con la recompensa e, acabada esta vida, la otra tendrán merecida. El dinero y Dios no están reñidos, sobrino, sino que el Todopoderoso alguna migaja nos da en este valle de lágrimas.



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