ue el almuerzo de grande algarabía e alboroto e todos nos congratulamos de la vida que se nos venía e, tal fue la alegría de Marinín, Antonio e Carlitos, que no dejó de besarme el primero, arrancó mis mangas el segundo e por encima tuve toda la tarde al tercero.
Y en paseos íbamos por los campos cuando recordé a Marcos había de cumplirse lo que un día, no muy lejano, observé sobre cómo habría de ser despojado de uniforme y armas mas, queriendo mi amigo convencerme lo que había predicho no era posible, advertíle no hablase de tales asuntos ante los niños e, muy a disgusto, señalóme los montes.
- Como la primavera se va e viene el verano, la esclavitud es ida y es llegado el momento de traspasar esos muros, allende las lindes de la Ribera del Gaidóvar e las tierras de Grazalema ¿Pensáis agora salir con vuestro atuendo?
- Tal no es menester – tomé una pequeña flor y se la entregué -. Nada me obliga a vestir mi uniforme. Como otras muchas veces saldremos hasta Sevilla e, comprobando no hay «moros en la costa», más allá iremos… hasta tomar el viaje a Castilla donde paró.
- Con vos iré, Marino, mas dejemos aquí a los más nuevos hasta sabernos salvos.
- Así como lo pedís se hará…
E a la casa volvimos de espacio, en la fuente nos refrescamos e pasamos a cenar sin haber tregua en la alegría hasta llegada la hora del descanso. Tal era el cansancio que todos llevaban, que se hizo el silencio muy pronto e caímos en sueños antes de yacer en la cama.
Temprano, cuando la luz del nuevo día ya entraba por la ventana, desperté e miré a mi mesilla. Allí estaba mi copa de jugo de naranja e, junto a ella, una nota en pequeño papel y grande e perfecta letra donde podían leerse unos «Buenos días» de Marinín. Sonreí mirando al techo al pensarme feliz como nunca antes e oí la voz de Marcos en mi oído como susurro.
- Buenos días nos dé Dios ¿Habéis descansado con gusto?
- Así ha sido, que ni recuerdo haber tenido sueño alguno; ni bueno ni malo ¿Y vos?
- No tan descansado como vos – parecióme dudar en sus palabras -. Un sueño he tenido e creí era verdadero como vivido.
- Así es a veces – miré sus ojos -; si es feliz nuestra mente, saca lo malo como si quisiese lo olvidáramos.
- Pues no lo olvido, Marino ¿Sabéis por qué? A mi mente ha venido, e no por yo buscarla, una idea que me vence.
- ¿Y vais a dejaros ahora vencer por un sueño, por una idea?
- No es baladí lo que me quita el sueño agora, pues una cosa es sentirse libre e otra distinta es poder serlo.
Incorporéme al punto por mirarlo e supe no hablaba sólo de un mal sueño, sino de una posible mala realidad.
- ¡Vamos! Decidme qué idea es esa.
Pensó una corta pieza, acaso dudando manifestarme su temor, e hablo en forma y manera que yo pensase no era cosa de gravedad lo que manifestaba.
- Me decís, Marino, seguro estáis de perder vuestra condición de militar, vuestro uniforme, vuestras armas… E no es eso sino cosa de dejarlas a buen recaudo en el armario mas… - supe iba a decir algo que yo no sabía - …perdido vuestro cargo e vuestro rango en esta empresa… ¿perderéis vuestra soldada?
- ¿Qué decís? - salté con espanto -.
- Os digo, amigo, como el ecónomo que soy, que en perdiendo vuestra soldada no habrá otros ingresos en esta casa, pero gastos. El Erario aparecerá por la puerta preguntándoos de dónde sacáis el dinero para pagar esta casa, para el servicio, para los niños…
- Vos sois el ecónomo, Marcos ¡He de suponer sabréis ocultar de dónde sale nuestro dinero, que en banco alguno se halla!
- Permitidme que os asegure no hay inspector del Erario que, sabiendo no se os paga, deje de exigiros los impuestos.
E comprendiendo el por qué de su mal sueño, rogué le buscásemos la fórmula a tal entuerto.
- Quiere Dios, e no yo, que dos y dos sean cuatro.



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