ntrada la tarde en fuerte tormenta de agua e de truenos, pegado a mí como lapa marina tenía a Marinín e burlonamente sonreían Marcos e Su Ilustrísima pues, al entrar los destellos de un rayo por las ventanas, apretaba mi pequeño su rostro a mi pecho.
Mas no fue todo aquello lo que llamó la atención, sino que, apareciendo por una esquina mi pequeño Carlitos con un navío en sus manos como si lo hiciese volar, al pasar junto a nosotros, como en escenario de teatro púsose a declamar:
«Con diez cañones por banda,
Viento en popa, a toda vela,
No corta el mar, sino vuela
Un velero bergantín».
- ¡Santo Dios! – exclamó don Juan - ¡Mi pequeño ángel poeta! Venid aquí, mi ángel, e traed esa nao, que si la lluvia no cesa esta tarde, acaso nos sea menester…
Fuése el pequeño a sentar en el regazo de su tío e mostróle su juguete sonriente en tanto ordenaba sus velas acariciándolas.
- Tales versos que decís – dijo su tío ufano – son tan famosos, que no hay alumno de escuela que no sepa recitarlos… mas ninguno de ahí pasa.
- Eso es porque no han leído a don José de Espronceda, tío – apuntó el pequeño -; e yo bien lo conozco.
- ¿Ah, sí? – asombróse Marcos - ¡Esos mesmos versos os diría mas no sabría los siguientes!
E sin otra cosa decir el pequeño e alzando el barco en los aires, siguió declamando:
«La luna en el mar riela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul»
(Oyóse un trueno, escondióse Marinín e sonó un «¡ole!»)
«Y ve el capitán pirata,
Cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul».
- A fe, pequeño – asombróse aún más Marcos -, que lo habéis leído todo e bien lo decís.
E sin contestar a tales palabras, siguió declamando:
«Navega, velero mío,
Sin temor,
Que ni enemigo navío
Ni tormenta, ni bonanza
Tu rumbo a torcer alcanza,
Ni a sujetar tu valor».
- ¡No molestad, Carlitos! – reprimíle -; mirad que vuestro tío también sabe esos versos.
- Papá Marcos no los sabe – dijo -; por eso los ando diciendo.
- Algo los sé yo, hijo – aclaróle don Juan -, mas no todos ni tan bien entonados. Así creo que siguen…
«Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar».
- ¡Santo Dios! – exclamó Marcos llevádose la mano a la cabeza -; un niño sabe e recita tales cosas e otros dicen que «la tierra no es de nadie, salvo del viento» o que «mi patria es la libertad».
No pude evitar mirarlo con espanto por lo dicho e todos callaron al oír también aquellas palabras.
- ¿Y quién dice tales despropósitos, Marcos? – pregunté ignorante -; ni como poesía es de recibo pensar que la tierra es del viento o que la Patria sea la Libertad.
E después de una corta pieza muy quedos, e sin nada más manifestar, rieron todos tanto, que pensé que era yo el que erraba en algo.
- ¡Ay, sobrino! No habla Marcos usando palabras suyas, sino a través de la voz del tiempo y el espacio ¡Ya sabéis! ¡La televisión!
(Trueno fortísimo)
- ¡Papá! – prorrumpió mi pequeño -; por no querer saber acontecimiento alguno de España, no gozáis como nosotros de ciertos discursos… Acaso, mejor así.
E nada entendí hasta que dióme razones Marcos aquella noche; e no podía creer lo que diciéndome estaba.



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