uda no cabe ya de que lo que aquí escriba no ha de ser adelanto al enemigo de mis trazados pues, pasadas las fiestas de las Pascuas, muchas cosas hanse aclarado e mucho de lo que imaginé es real agora.
Fueron las celebraciones como todos los años, que en eso cuido de que a mis hijos nada les falte. Así, a todos regalé artilugio que llaman tableta táctil (y el tal nombre acepto pues lo es) y que muchos conocen por su nombre inglés aunque a mi razón no alcance se anteponga minúscula a mayúscula en palabra alguna; como en iPad ¡Y hacía años que pensé que no quedaban cosas nuevas que ver! Nihil nove sub sole, decía, e mucho nuevo hay e todo he de narrar.
Al más pequeño compré una flota de navíos como juguete, que es gran amante del mar, y compré también a Pablo una nueva e mejor desas guitarras que, siendo instrumento de sonido como estruendo eléctrico de trueno, al haber dedos virtuosos, dél arranca muy bellas melodías; e todos, cada uno con su talento, tal conjunto de músicas hacen que, al tocar en lo alto de la casa, callamos por oírlos.
- Que sean vuestros hijos portentosos ángeles con sus músicas – razonó don Juan en un descanso -, bien explica hasta dónde llegan sus cualidades… y sus calidades, que no todo se queda en razonamientos filosóficos, teologías o cálculos dificultosos. Paréceme unen todo como masa perfecta y dello hacen pan como lenguaje; ¡que esas músicas hablan!
- Decíame mi madre de pequeño – apuntó Marcos -, que acaso fuere mejor no cantase en misa, pues «había una oreja frente a la otra». Tales eran mis desatinos.
Volvió don Juan su rostro por reír sin ser visto e rió también Marcos al verlo.
- No imaginéis mis cánticos, Ilustrísima – espetó entonces éste -, que si los pensáis malos, estas músicas los harían horrendos.
- Pues no me pidáis vos otra cosa que un «sursum corda», Marcos – contestóle entre risas -, e no queráis saber si canto en sol o canto en fa, que otras notas no sé sino esas dos.
- E distinguen algunos entre instrumentos buenos, los de antes – dije -, y estos eléctricos de agora. Y dellos no hago diferencia, pues todos son máquinas de atinada perfección; piano o guitarra eléctrica como tormenta.
- Así lo creo yo, sobrino – tomó su vino de la mesilla -, pues son la solera del tiempo y el estudio los que hacen de un zumo de uvas un buen vino y, tomado éste por unas manos ajustadas, en la Santa Sangre de Cristo se transustancia e se obra el milagro. Tal es la música que oigo; tocada por unas manos que Dios ha bendecido.
- Así ha de serlo – apunté -, pues un violín mal tañido parece como oír llevan gato al agua.
E mientras yo reía, advertí ellos mirábanse como con espanto e tal cosa no comprendí.
- No creáis no habéis razón, sobrino, sino que al decir eso de… «el gato al agua», una tertulia recordamos y es éste tema que no queréis conocer. Oigamos a esos músicos angelicales, que ya hacen otras músicas. He de pedirles creen Padrenuestro tal, que enmudezcan los rezos de quienes lo oigan.



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