10 febrero, 2011

Del angelito poeta


ntrada la tarde en fuerte tormenta de agua e de truenos, pegado a mí como lapa marina tenía a Marinín e burlonamente sonreían Marcos e Su Ilustrísima pues, al entrar los destellos de un rayo por las ventanas, apretaba mi pequeño su rostro a mi pecho.

Mas no fue todo aquello lo que llamó la atención, sino que, apareciendo por una esquina mi pequeño Carlitos con un navío en sus manos como si lo hiciese volar, al pasar junto a nosotros, como en escenario de teatro púsose a declamar:

«Con diez cañones por banda,
Viento en popa, a toda vela,
No corta el mar, sino vuela
Un velero bergantín».

- ¡Santo Dios! – exclamó don Juan - ¡Mi pequeño ángel poeta! Venid aquí, mi ángel, e traed esa nao, que si la lluvia no cesa esta tarde, acaso nos sea menester…

Fuése el pequeño a sentar en el regazo de su tío e mostróle su juguete sonriente en tanto ordenaba sus velas acariciándolas.

- Tales versos que decís – dijo su tío ufano – son tan famosos, que no hay alumno de escuela que no sepa recitarlos… mas ninguno de ahí pasa.

- Eso es porque no han leído a don José de Espronceda, tío – apuntó el pequeño -; e yo bien lo conozco.

- ¿Ah, sí? – asombróse Marcos - ¡Esos mesmos versos os diría mas no sabría los siguientes!

E sin otra cosa decir el pequeño e alzando el barco en los aires, siguió declamando:

«La luna en el mar riela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul»

(Oyóse un trueno, escondióse Marinín e sonó un «¡ole!»)

«Y ve el capitán pirata,
Cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul».

- A fe, pequeño – asombróse aún más Marcos -, que lo habéis leído todo e bien lo decís.

E sin contestar a tales palabras, siguió declamando:

«Navega, velero mío,
Sin temor,
Que ni enemigo navío
Ni tormenta, ni bonanza
Tu rumbo a torcer alcanza,
Ni a sujetar tu valor».

- ¡No molestad, Carlitos! – reprimíle -; mirad que vuestro tío también sabe esos versos.

- Papá Marcos no los sabe – dijo -; por eso los ando diciendo.

- Algo los sé yo, hijo – aclaróle don Juan -, mas no todos ni tan bien entonados. Así creo que siguen…

«Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar».

- ¡Santo Dios! – exclamó Marcos llevádose la mano a la cabeza -; un niño sabe e recita tales cosas e otros dicen que «la tierra no es de nadie, salvo del viento» o que «mi patria es la libertad».

No pude evitar mirarlo con espanto por lo dicho e todos callaron al oír también aquellas palabras.

- ¿Y quién dice tales despropósitos, Marcos? – pregunté ignorante -; ni como poesía es de recibo pensar que la tierra es del viento o que la Patria sea la Libertad.

E después de una corta pieza muy quedos, e sin nada más manifestar, rieron todos tanto, que pensé que era yo el que erraba en algo.

- ¡Ay, sobrino! No habla Marcos usando palabras suyas, sino a través de la voz del tiempo y el espacio ¡Ya sabéis! ¡La televisión!

(Trueno fortísimo)

- ¡Papá! – prorrumpió mi pequeño -; por no querer saber acontecimiento alguno de España, no gozáis como nosotros de ciertos discursos… Acaso, mejor así.

E nada entendí hasta que dióme razones Marcos aquella noche; e no podía creer lo que diciéndome estaba.

04 febrero, 2011

De la tertulia de las músicas


uda no cabe ya de que lo que aquí escriba no ha de ser adelanto al enemigo de mis trazados pues, pasadas las fiestas de las Pascuas, muchas cosas hanse aclarado e mucho de lo que imaginé es real agora.

Fueron las celebraciones como todos los años, que en eso cuido de que a mis hijos nada les falte. Así, a todos regalé artilugio que llaman tableta táctil (y el tal nombre acepto pues lo es) y que muchos conocen por su nombre inglés aunque a mi razón no alcance se anteponga minúscula a mayúscula en palabra alguna; como en iPad ¡Y hacía años que pensé que no quedaban cosas nuevas que ver! Nihil nove sub sole, decía, e mucho nuevo hay e todo he de narrar.

Al más pequeño compré una flota de navíos como juguete, que es gran amante del mar, y compré también a Pablo una nueva e mejor desas guitarras que, siendo instrumento de sonido como estruendo eléctrico de trueno, al haber dedos virtuosos, dél arranca muy bellas melodías; e todos, cada uno con su talento, tal conjunto de músicas hacen que, al tocar en lo alto de la casa, callamos por oírlos.

- Que sean vuestros hijos portentosos ángeles con sus músicas – razonó don Juan en un descanso -, bien explica hasta dónde llegan sus cualidades… y sus calidades, que no todo se queda en razonamientos filosóficos, teologías o cálculos dificultosos. Paréceme unen todo como masa perfecta y dello hacen pan como lenguaje; ¡que esas músicas hablan!

- Decíame mi madre de pequeño – apuntó Marcos -, que acaso fuere mejor no cantase en misa, pues «había una oreja frente a la otra». Tales eran mis desatinos.

Volvió don Juan su rostro por reír sin ser visto e rió también Marcos al verlo.

- No imaginéis mis cánticos, Ilustrísima – espetó entonces éste -, que si los pensáis malos, estas músicas los harían horrendos.

- Pues no me pidáis vos otra cosa que un «sursum corda», Marcos – contestóle entre risas -, e no queráis saber si canto en sol o canto en fa, que otras notas no sé sino esas dos.

- E distinguen algunos entre instrumentos buenos, los de antes – dije -, y estos eléctricos de agora. Y dellos no hago diferencia, pues todos son máquinas de atinada perfección; piano o guitarra eléctrica como tormenta.

- Así lo creo yo, sobrino – tomó su vino de la mesilla -, pues son la solera del tiempo y el estudio los que hacen de un zumo de uvas un buen vino y, tomado éste por unas manos ajustadas, en la Santa Sangre de Cristo se transustancia e se obra el milagro. Tal es la música que oigo; tocada por unas manos que Dios ha bendecido.

- Así ha de serlo – apunté -, pues un violín mal tañido parece como oír llevan gato al agua.

E mientras yo reía, advertí ellos mirábanse como con espanto e tal cosa no comprendí.

- No creáis no habéis razón, sobrino, sino que al decir eso de… «el gato al agua», una tertulia recordamos y es éste tema que no queréis conocer. Oigamos a esos músicos angelicales, que ya hacen otras músicas. He de pedirles creen Padrenuestro tal, que enmudezcan los rezos de quienes lo oigan.