evantéme esta mañana más temprano, según acostumbro, e oí murmurar a Marcos que, acaso confuso por la hora, creyó quedarse dormido. Pedíle durmiese aún otro poco pues no era la hora e, murmurando otra vez, dióse la vuelta.
Arropéme con algo por salir de la estancia mas volví en pocos minutos encontrando a Marcos sentado ya en la cama.
- Os adelantáis ¿No es temprano?
- Temprano es – abrí el ropero – no por ser lunes, sino porque hemos de aprestarnos. Un trazado tengo.
- ¿Uno nuevo? – saltó - ¡Vive Dios que vuestra mente no para e a la mía lleva a orzas!
- Esto que veis voy a vestir – mostréselo – e, conforme a esto, os pediría vistieseis.
- ¿Eso? – miró mi rico traje con extraño - ¿Qué ilustre visita esperamos un lunes para vestir tanta gala?
- Haced lo que os digo – insistí – e veréis es lo atinado.
- Mmmmm… - levantóse malhumorado -. Entro primero en el baño.
E así se aseaba, preparé una bolsa con una caja que allí escondía poniéndola cerca de la puerta, sentéme y esperé a mi aseo. Al salir del baño, mientras vestíase, preguntóme Marcos con extraño qué era aquello que allí había puesto.
- Cosa de importancia hoy – dije – que también sabréis más tarde.
- Tanto misterio me espanta – anudóse la corbata -; espero todas estas sorpresas veladas sean para bien.
- ¡Lo son! Sólo esto puedo deciros.
E ya vestidos entrambos, a la hora señalada de diario, abrí la puerta e salimos e, como ya era costumbre, al instante abrióse la de los pequeños e comenzaron a salir todos vestidos con sus trajes. Mirándome Marcos con desconcierto, esperó se acercaran.
- Buenos días nos dé Dios, hijos.
- Buenos días – respondieron todos -.
E acercándose Antonio a mí como si viese se preparara una boda, preguntóme en baja voz.
- Es esto cosa que no entiendo, papá. Marinín nos pide vistamos de domingo (así llama a las galas) e vos e papá Marcos de domingo vestís.
- Quizá olvidáis algo – le dije -. Marinín podría decíroslo.
E sacando éste último de su chaqueta un sobre mediano, algo abultado por abajo, entregóselo al punto ante la mirada expectante de todos. Y en el sobre podían leerse, de puño y letra de mi hijo, sólo dos palabras: «Felicidades Antonio».
E arremetiendo a su hermano, gritaba Antonio y repetía sin dejar de abrazarlo…
- ¡Gracias, gracias, gracias!...
Mirándonos luego muy de contento, también vino a mí e asióme con fuerzas.
- No sabía por qué mi hermano nos pedía a todos vestir así. E sigo agradeciendo esta sorpresa, mas no creo necesaria esta pompa.
- ¿No vais a abrir ese sobre que se os entrega?
Volviéndose hacia Marinín, rompió el sobre por arriba, miró dentro e, no viendo nada, tiró de un a modo de pergamino donde algo leyó. E no pude leer yo sino unos primeros versos:
Sois la piedra que me sustenta porque no me lleve el viento
Sois la flor que mi almohada e mi cuerpo perfuma
Sois el árbol que elegí para mi nido…
E leyendo tales versos, supo estaba tras él e guardó presto el papel e, luego, metiendo su mano hasta el fondo y temiendo viésemos algo, sacó una pequeña caja azul e abrióla de espacio, mirando dentro e de forma y manera que no viésemos su contenido.
- ¡Gracias, gracias, gracias! – besaba a su hermano una vez y otra en esto repitiendo -.
- ¡Venid agora conmigo, hijo! – le tendí mi mano abierta -.
A mi manga agarróse tirando (como es su uso) e caminamos de espacio hasta la baranda que asoma al salón, sin que apartase sus brillantes ojos de los míos. Llegados al final del corto recorrido, miró abajo e dio salto atrás.
- ¿Qué es esto?
Veíase todo el salón lleno de flores y Su Ilustrísima presidiendo el servicio, todos vestidos de galas. E oyéronse al unísono, como una sola, muchas voces, como un coro, que gritó: «Feliz día de San Antonio». E sonaron unas músicas e bajaron todos tras nosotros con grande asombro e contento. Al pie de las escaleras esperaba tío Juan a su angelito, abrió sus brazos y acogió su cabeza en su pecho.
- Seáis feliz, Antonio, y recaigan sobre vos las bendiciones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; e que yo pueda verlo.
- ¡Gracias, tío Juan! – lloraba -. Me hacéis lo que no merezco…
E todo el servicio pasó ante él tomando su mano e besándolo. Al fondo, junto a la entrada de la capilla, habíase colocado una rica peana sobre la que veíase un San Antonio que pedimos tío Juan e yo fuese tallado e policromado en el pueblo. Mostróselo Su Ilustrísima en diciéndole se fizo en su honor e junto al crucifijo grande e la talla de María Santísima se pondría en la capilla.
Dije entonces a Marcos subiese con disimulo e trujese la bolsa que dejé junto a la puerta e, al minuto, allí estaba con ella.
- Esto, Antonio – entreguéselo -, es regalo de todos que yo os entrego ¡Miradlo!
E con grande ilusión cogió la pesada e grande bolsa e, sólo mirando dentro, a todos lados miró sorpreso, pues encontró allí no sé qué aparato que siempre deseó tener para poner a su guitarra e tocarla con su hermano Pablo.
- ¡Una G-10 de todos! – exclamó - ¡Sueño!
E poniendo Marcos sus labios en mi oído y hablando muy quedo, pellizcóme fuerte en la espalda.
- ¡Esto se avisa!
- Tendré mañana un obispo al frente y un cardenal en mis espaldas.