27 junio, 2011

Del espíritu de las leyes (2/2)


muchos días amanecieron como hasta entonces lo hacían e, pensando tampoco era de razón vivir como si nada hubiese acaescido, quise en el almuerzo decir alguna cosa por si alguno aclaraba el entuerto. Mas nada conseguí, sino que parecían todos vivir  como siempre; como si nada extraño hubiese cubierto nuestras vidas con un velo.

- Erráis pensando alguien hablará, sobrino – díjome Su Ilustrísima a solas durante la siesta -. Creo que es esta una casa donde ninguno quiere recordar yerros pasados si éstos han sido remediados… E tampoco diría yo ha sido yerro que necesite reponerse.

- Algo sabéis, Ilustrísima – musité -, que yo no sé. E saber nada quiero. Quede pues el asunto como zanjado, mas cúmplanse las leyes desta casa como siempre se han cumplido.

- ¿Acaso alguien os desobedece?

- ¡No tal! – exclamé -; ¿a qué gastar más tinta en asunto baladí como este? No hay ley en esta casa injusta. Todos debemos sentirnos felices mas… ¿dónde tiene el límite esta felicidad?

- A Montesquieu me recordáis – rió -, que de nuestra libertad deberemos hacer uso hasta el punto en que cualquiera otro comience a dejar de gozarla. E no veo tristeza dentro destas paredes. Vuestros hijos os aman e todos os respetamos e, acaso sea así porque nuestros corazones se llenan con vuestro feliz comportamiento.

- Tal vez sea así, Ilustrísima, hasta el día en que llegue una orden de fuera que cambie las órdenes de dentro.

- ¡En eso pensáis otra vez! – exclamó con extraño -. No veo llegar orden alguna que del ejército os expulse. Sufrís cada día por algo que, esperando no equivocarme, nunca ha de suceder.

- ¡Dios os oiga, que paréceme presta más atención a vuestras palabras que a mis ruegos!

- Día a día, en mis oraciones – aclaró -, ruego a Dios ese temor vuestro no sea sino… falta de intuición.

- Infalible no me creo, mas no dejo de aseguraros que pronto está el día.

- ¿Pronto? – miróme sorpreso - ¿Cuánto tiempo lleváis ya diciendo aquesto mesmo? ¡Ay, sobrino! En estos años compartidos de todo ha venido y todo hemos aceptado ¡Cosas de horror! Que dejéis un día de ser capitán, no me parecería sino… merecido retiro, que luenga vida lleváis ya en la lucha y es tiempo de holgar ¡Miradme! No por ser obispo emérito he dejado de ser ministro de Nuestro Señor, que jubilado estoy de mi obligación, mas no de mi devoción. 

18 junio, 2011

Del espíritu de las leyes (1/2)


e querido saber en estos luengos días pasados por qué unas ciertas miradas de temor y otras de descontento ocultaban lo sucedido. Nadie en esta casa hame dado razón alguna ni preguntado sobre el silencio que en el aire flotaba.

Estando esta mañana aprestando el cierre de la puerta trasera de servicio con Cayetano, quise echar de ver qué pensaba éste de tal escenario e, no habiendo palabra alguna entre nosotros, hablé como pensando en voz alta.

- Cuando mucho aparece el silencio, o es que no hay nada que decir o es que se piensa que lo que ha de decirse es de necio.

- ¡No tal, Excelencia! – llegóme un punto de temor -. Absorto estoy en estas labores.

- E… ¿también calláis tanto agora – contesté – como dentro de la casa parecen hacerlo todos? Más que por sirviente os tengo, Cayetano – estreché su hombro -, e paréceme agora todos somos algo enemigos los unos de los otros.

- En una parte lleváis razón – aseguró – y en la otra no tanta. Algo he de deciros aunque no cumpla las leyes desta casa. Vuestro hijo Marinín a mí vino de mañana, el día en que descubristeis lo del jugo, e diome orden de serviros, como siempre he hecho, esa copa…

- No es esa cosa que me sorprenda, amigo, que, aunque usó pocas palabras, entendí todo habría de ser como yo había dispuesto.

- Sin duda – continuó -; mas también diome otra orden.

Incorporéme sorpreso mirándolo, pues de tal orden no había noticias.

- No rogóme – dijo grave entontes -, ordenóme nada dijese de lo sucedido y, en diciendo esto, no le obedezco. Recordad que vos mesmo me dijisteis cumpliese lo dispuesto por vuestro hijo como si vos lo dispusieseis.

- ¡Paréceme paradoja! – exclamé -; cual si al manifestarlo me desobedecieseis.

- ¿Y no es así, Excelencia? Las leyes desta casa son vuestras. Podríamos decir Marinín ordenóme incumplir una, vos me disteis otra nueva por obedecerle a él y le desobedezco agora ¿Comprendéis mi silencio?

- A fe que lo comprendo – razoné – al tiempo que no alcanzo a tal.

- Peor aún – hizo una pausa -. Vuestro hijo ha confesado con Su Ilustrísima. Nada sé de lo dicho, que bien sabéis es secreto de la confesión, e nada hame manifestado Su Ilustrísima, sino que, estando siempre por la casa a una cosa e a otra, a entrambos vi pasar a la capilla, vuestro hijo me supo observando e me dijo confesó su falta… ¡Y diciendo esto incumplo!

- Quizá incumplís, Cayetano – sonreíle -, mas puedo aseguraros queda claro para mí este entuerto como tormento. Nada he de decir de lo hablado agora. La solución creo tener por romper malentendidos. Dícese en el ejército máxima muy atinada: «Orden y contraorden, desorden». He aquí los resultados. Colijo pues, e mucho me pesa, que sólo debería yo poner las normas. Rectifico entonces. A nadie obedeced sino a mí. E con esto no os pido delatéis a nadie; aclarad a quien algo os pida sólo yo puedo pedíroslo en esta casa.

- Mejor así – suspiró -, pues no sabía si hablar o callar para siempre.

14 junio, 2011

Del jugo de naranja descuidado


o encontré esta mañana al despertar mi copa de jugo en la mesilla. Miré a Marcos con disimulo e vi dormía dándome la espalda. Levantéme entonces con sumo sigilo por no despertarle e, tomado la colcha, que en una butaca estaba, cubríme con ella e abrí de espacio la puerta por ver si pusiéronla en la mesilla del pasillo. Allí no estaba; e la hora concertada para ponerlo era bien pasada. Creí algo mal andaría, que en años nunca faltó mi jugo a su hora, y cerré con cautela la puerta, mas quedando en el pasillo.

Caminando sin hacer ruido alguno e bajando luego las escaleras hasta el comedor, parecióme oír a Ramón cantando alguna cosa. Pegado a la pared fui hasta las puertas de la cocina e, llegado a ellas, abrílas de repente y entréme sin nada decir.

- ¡Aaaahhh! – clamó Ramón con espanto -; ¡un espectro, un aparecido creí se llegaba!

- No hay espectros en esta casa – dije grave -; y en habiéndolos no creo apareciesen envueltos en una colcha. Nada decid desto ¿Dónde está Cayetano?

- Con María se apresta, Excelencia – parecía querer excusarse -, pues al pueblo han de ir a la compra.

- Avisadle – dije parco -; aquí espero.

E haciendo una rápida reverencia, por la puerta del servició salió a saltos e volvió al punto tembloroso.

- Os ruega esperéis un punto, que aquí vendrá…

E no acabó de hablar cuando entró Cayetano mirándome con espanto al verme.

- ¡Excelencia! – acercóse - ¿Vos aquí? ¡Algo os ocurre!

- Con vos quisiera hablar sólo un instante… a solas.

Abrió las puertas del comedor, hízome señas de pasar primero e dejó las puertas se cerraran.

- Grave ha de ser el asunto que os trae, Excelencia, que jamás os he visto en las cocinas, a estas horas e liado en una colcha ¡Decidme!

- ¿Habéis olvidado mi jugo hoy por mala ventura?

Y en esto diciéndole, por los cristales miró a la cocina y a su rostro asomó el pánico.

- Calmaos – dije -, pues a nadie vengo a reprimir, sino que creí algo os ocurría.

- ¡No, no, Excelencia! ¡Nada me ocurre!

- ¿Habéis olvidado entonces algo que nunca olvidáis?

Atrás echó entonces la cabeza e parecióme algo ocultaba.

- No tal – habló con la vista baja -. Asomaos a las cocinas y veréis está vuestro jugo preparado.

Di paso al frente, por uno de los cristales miré y allí vi la copa de jugo llena.

- Nada he olvidado, Excelencia – confesó -, mas sí he de deciros algo he hecho que no debiera. Podéis tomar la medida que conveniente creáis.

Dejó de hablar agachando la cabeza e miróme luego grave antes de manifestar algo que creía no iba a ser de mi gusto.

- Os he desobedecido – musitó -; vuestro hijo Marinín pidióme, como si me ordenara, preparase el jugo a su hora y en ese lugar lo dejase. Él mesmo os lo ha subido durante mucho tiempo.

- ¿Qué decís? – no entendí - ¿Desde cuándo?

- Desde que de Cuenca llegasteis – tragó saliva sonoramente -; he desobedecido vuestras órdenes e castigo merezco, pues bien sé no queréis nadie entre en vuestra alcoba.

- En eso no pensad agora – quise calmarlo -. Si Marinín os diese alguna orden, como si yo mesmo os la diera obedecedla. Es menester saber entonces por qué no me la ha servido hoy.

Y en esto diciendo, oímos grande estruendo e vimos entrar por la puerta, corriendo desnudo, a Marinín que, al vernos allí, quedó pegado a la pared mirándonos con espanto e sintiéndose cazado.

- ¡Venid aquí, hijo! – habléle con dulzura -; cogeréis frío. No temáis.

Acercóse muy de espacio e desconfiando y, llegándose a mí, abrí los brazos por cubrirlo y saltó como si creyera iba a azotarle.

- ¡Tranquilizaos! – cubrílo conmigo -. Nada temed e nada decid, pues todo lo sé. Volvamos arriba, que es bien temprano.

E caminamos juntos envueltos en la colcha e allí quedóse Cayetano como estatua e, saliendo luego al salón comenzamos a subir las escaleras e seguía mirando al suelo.

- Por nada voy a reprimiros, hijo, mas he de deciros algo que sé ya sabéis. Si vos mesmo os comprometéis a una empresa e no cumplís, os desobedecéis. Es vuestra disciplina por tanto e obligación si así lo asumís. Sólo he bajado temiendo una desgracia.

Nada dijo. Miróme como asustado un punto e bajó la vista hasta que a su puerta nos llegamos.

- Entrad e cubríos. Descansad cuanto necesitéis; sé que ayer fue día de mucho movimiento.

Dio unos pasos hasta la puerta y, ya agarrado al pomo y antes de abrirla, dijo algo con un hilo de voz.

- La falta he de lavar con acto de contrición, propósito de enmienda e cumpliendo la penitencia que se me imponga.

13 junio, 2011

Del día de San Antonio (2/2)


ímos misa cantada con grade recogimiento e siguió fiesta luego en el salón. Todos a Antonio se llegaban, lo besaban y le hablaban y, esperando a la entrada del comedor, repetía Marcos su queja.

- Si me hubieseis dicho lo que ibais a aprestar para hoy, podría yo haberos ayudado; la misma sorpresa que el niño tengo.

- Eso esperaba – contestéle sin mirarle -.

- ¡E le regaláis algo, que no sé qué cosa es, como de todos! ¿Queréis decirme cómo sabíais quería esa… esa cosa e cómo la habéis comprado?

- Sabe uno de todo en esta casa, Marcos; e a Guille pedí recogiese ese artilugio que por Internet compré y en Ronda esperaba.

- ¡Guille lo sabía! – volvió a pellizcarme -; ridículo me siento.

- Pues cambiad el gesto, sonreíd e sentíos como partícipe ¡Hola, Marinito! – se acercó a mí el más pequeño e tomélo en mis brazos -. Paréceme querríais vos también llamaros Antonio, mas vuestro santo no es hasta septiembre; pasado el verano. Quizá hagamos fiesta como esta, o más grande, que San Marino es el nombre también de mi hijo y el mío.

- Pueden pasar al comedor vuesas mercedes – canturreó Ramón muy colorido -; el xoclatl del Capitán espera caliente e también con su sorpresa.

E hubo grande alegría en el desayuno, el almuerzo preparóse bajo la gran higuera que junto al río es la más cercana, se paseó a caballo e, ya tarde, estando solo en la puerta, parecióme oír como un llanto fuera de la casa e volví la esquina que a las cocheras lleva. Allí, apoyado en la pared y con grande desconsuelo, escondíase Antonio de todos.

- ¡Hijo! – acerquéme turbado - ¡Decidme que os sucede!

En mis brazos cayó e fui acariciando sus cabellos y esperando se calmase e, retirando luego su rostro del mío, miróme con los sus ojos enrojecidos e balbuceó unas palabras.

- ¡Excusadme, papá! ¡Excusadme!, pues creo no merecer tales fiestas por haber este nombre. E no lloro porque no me plazca todo lo hecho para mí, sino por recordar otros tiempos cuando no habíamos para comer, cuando mi padre me golpeaba, cuando mi madre nos abandonó para siempre…

- Eso es pasado, Antonio – estrechélo entre mis brazos -; es pasado que no ha de volver. Recordándolo, acaso apreciéis mejor lo que agora tenéis.

Y esto dije, cuando apareció Marinín corriendo en busca de su hermano e, al verme allí con él, retirado quedó observando. Aparté mis brazos de Antonio y, sin nada más decir, volví a doblar la esquina e allí los dejé solos al anochecer.

- Es muy extraño, Marino; ya os lo he dicho. Pareciera esta vez, por lo que me decís, que no quería Marinín tocaseis a Antonio ¿Yerro?

Nada contesté.

Del día de San Antonio (1/2)


evantéme esta mañana más temprano, según acostumbro, e oí murmurar a Marcos que, acaso confuso por la hora, creyó quedarse dormido. Pedíle durmiese aún otro poco pues no era la hora e, murmurando otra vez, dióse la vuelta.

Arropéme con algo por salir de la estancia mas volví en pocos minutos encontrando a Marcos sentado ya en la cama.

- Os adelantáis ¿No es temprano?

- Temprano es – abrí el ropero – no por ser lunes, sino porque hemos de aprestarnos. Un trazado tengo.

- ¿Uno nuevo? – saltó - ¡Vive Dios que vuestra mente no para e a la mía lleva a orzas!

- Esto que veis voy a vestir – mostréselo – e, conforme a esto, os pediría vistieseis.

- ¿Eso? – miró mi rico traje con extraño - ¿Qué ilustre visita esperamos un lunes para vestir tanta gala?

- Haced lo que os digo – insistí – e veréis es lo atinado.

- Mmmmm… - levantóse malhumorado -. Entro primero en el baño.

E así se aseaba, preparé una bolsa con una caja que allí escondía poniéndola cerca de la puerta, sentéme y esperé a mi aseo. Al salir del baño, mientras vestíase, preguntóme Marcos con extraño qué era aquello que allí había puesto.

- Cosa de importancia hoy – dije – que también sabréis más tarde.

- Tanto misterio me espanta – anudóse la corbata -; espero todas estas sorpresas veladas sean para bien.

- ¡Lo son! Sólo esto puedo deciros.

E ya vestidos entrambos, a la hora señalada de diario, abrí la puerta e salimos e, como ya era costumbre, al instante abrióse la de los pequeños e comenzaron a salir todos vestidos con sus trajes. Mirándome Marcos con desconcierto, esperó se acercaran.

- Buenos días nos dé Dios, hijos.

- Buenos días – respondieron todos -.

E acercándose Antonio a mí como si viese se preparara una boda, preguntóme en baja voz.

- Es esto cosa que no entiendo, papá. Marinín nos pide vistamos de domingo (así llama a las galas) e vos e papá Marcos de domingo vestís.

- Quizá olvidáis algo – le dije -. Marinín podría decíroslo.

E sacando éste último de su chaqueta un sobre mediano, algo abultado por abajo, entregóselo al punto ante la mirada expectante de todos. Y en el sobre podían leerse, de puño y letra de mi hijo, sólo dos palabras: «Felicidades Antonio».

E arremetiendo a su hermano, gritaba Antonio y repetía sin dejar de abrazarlo…

- ¡Gracias, gracias, gracias!...

Mirándonos luego muy de contento, también vino a mí e asióme con fuerzas.

- No sabía por qué mi hermano nos pedía a todos vestir así. E sigo agradeciendo esta sorpresa, mas no creo necesaria esta pompa.

- ¿No vais a abrir ese sobre que se os entrega?

Volviéndose hacia Marinín, rompió el sobre por arriba, miró dentro e, no viendo nada, tiró de un a modo de pergamino donde algo leyó. E no pude leer yo sino unos primeros versos:

Sois la piedra que me sustenta porque no me lleve el viento
Sois la flor que mi almohada e mi cuerpo perfuma
Sois el árbol que elegí para mi nido…

E leyendo tales versos, supo estaba tras él e guardó presto el papel e, luego, metiendo su mano hasta el fondo y temiendo viésemos algo, sacó una pequeña caja azul e abrióla de espacio, mirando dentro e de forma y manera que no viésemos su contenido.

- ¡Gracias, gracias, gracias! – besaba a su hermano una vez y otra en esto repitiendo -.

- ¡Venid agora conmigo, hijo! – le tendí mi mano abierta -.

A mi manga agarróse tirando (como es su uso) e caminamos de espacio hasta la baranda que asoma al salón, sin que apartase sus brillantes ojos de los míos. Llegados al final del corto recorrido, miró abajo e dio salto atrás.

- ¿Qué es esto?

Veíase todo el salón lleno de flores y Su Ilustrísima presidiendo el servicio, todos vestidos de galas. E oyéronse al unísono, como una sola, muchas voces, como un coro, que gritó: «Feliz día de San Antonio». E sonaron unas músicas e bajaron todos tras nosotros con grande asombro e contento. Al pie de las escaleras esperaba tío Juan a su angelito, abrió sus brazos y acogió su cabeza en su pecho.

- Seáis feliz, Antonio, y recaigan sobre vos las bendiciones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; e que yo pueda verlo.

- ¡Gracias, tío Juan! – lloraba -. Me hacéis lo que no merezco…

E todo el servicio pasó ante él tomando su mano e besándolo. Al fondo, junto a la entrada de la capilla, habíase colocado una rica peana sobre la que veíase un San Antonio que pedimos tío Juan e yo fuese tallado e policromado en el pueblo. Mostróselo Su Ilustrísima en diciéndole se fizo en su honor e junto al crucifijo grande e la talla de María Santísima se pondría en la capilla.

Dije entonces a Marcos subiese con disimulo e trujese la bolsa que dejé junto a la puerta e, al minuto, allí estaba con ella.

- Esto, Antonio – entreguéselo -, es regalo de todos que yo os entrego ¡Miradlo!

E con grande ilusión cogió la pesada e grande bolsa e, sólo mirando dentro, a todos lados miró sorpreso, pues encontró allí no sé qué aparato que siempre deseó tener para poner a su guitarra e tocarla con su hermano Pablo.

- ¡Una G-10 de todos! – exclamó - ¡Sueño!

E poniendo Marcos sus labios en mi oído y hablando muy quedo, pellizcóme fuerte en la espalda.

- ¡Esto se avisa!

- Tendré mañana un obispo al frente y un cardenal en mis espaldas.

12 junio, 2011

De la paradoja sin salida


escansando ya Marcos en la cama, daba yo paseos por la estancia, de lado a lado, sabiendo me observaba turbado e con alguna duda en su mente. Una larga pieza estuve meditando mientras él me observaba quedo hasta que habló con dulzura.

- ¿No descansáis? ¿Os quita el sueño lo resuelto con el banco o penáis por veros venir esa temida orden? Jamás os he visto así…

- Medito, Marcos – nada podía decir -; e no es menester deciros he de escribir agora mi diario.

- Quizá os pudiera ser de un ayuda. Si bien no os conociese e supiese nunca mentís e nada me ocultáis…

- ¡Nada os oculto! – acerquéme a él -. No dudéis eso, sino que háseme manifestado algo que me turba e, siendo como en confesión, nada puedo deciros. Así como os soy fiel a vos lo soy para todos. Quisiera una voz que me alcanzase a donde yo no alcanzo… mas mi silencio debo.

- No preocupaos. Nada temo, sino veros así. No me debéis respuesta alguna, que ya la habéis dado.

A su lado me senté e quise no estuviese inquieto. Decidí no escribir y yací a su lado.

- Hablabais hoy de los estudios de los pequeños – dije -. Creo que alguna cosa no podrá llevarse a cabo.

- Sea como digáis, Marino; nada he trazado yo de lo hablado. Vos mesmo pensasteis en llevar a nuestros… a vuestros hijos a la escuela.

- ¿Por qué teméis considerarlos vuestros?

- Míos los considero – aseguró -, mas según la ley son vuestros. Creí atinado fuesen a la escuela por haber certificado de estudios y calificación del Estado. Pensasteis que mañana han de ir a la Universidad. Ese es el método.

E tras meditar una corta pieza, por no decir nada de lo que confesóme Marinín, quise echar de ver qué pensaba.

- ¿Recordáis cómo Marinín quiso venir conmigo a Sevilla a sabiendas de que en riesgo ponía su vida?

- ¡Cómo no he de recordarlo! – exclamó - ¡Qué disgusto!

- ¿E por qué razón pensáis lo hizo?

- Marinín, amigo, de vuestro lado no puede apartarse. Si le faltaseis… moriría.

Hube de disimular mi asombro, pues casi las mesmas palabras usó que mi hijo.

- Así lo creo, Marcos. Llevad a ese niño todos los días a la escuela y comprobaréis su tristeza aflora.

- Es esta cosa que no entiendo – meditó en voz alta -, pues todos los días de vos se separa cuando arriba sube a dar sus liciones…

- Tal vez sea sabe está en la casa donde estoy. Llevadlo a la escuela y…

- Algo no entiendo – incorporóse - ¿Acaso no sabéis duerme con Antonio e dél no puede separarse? ¿Vais a negar lo que veis e consentís? ¡Hasta el tío Juan sabe desto!

- Mas han de ser dos cosas distintas – apunté -. Cuando conmigo partió a Sevilla, aquí dejó a todos; también a Antonio. E bien visteis su enfado aquel día que falté desta casa o cuando volví de Cuenca, como si allí hubiese estado un año en placeres abandonándolo.

- Os ama, Marino – concluyó -; os ama tanto…

De la deuda saldada y el futuro


legaron Marcos y Lorenzo por la mañana trayendo ya los documentos reglados y en sus rostros veíase la alegría y el orgullo de la misión cumplida. Pidió Su Ilustrísima al punto una copa y un bocado para todos y en el salón oímos las nuevas.

- En gran estima os tiene don Justo, Marino – manifestó Marcos -, pues llegando allí, sin esperas, a ver al banquero fuimos e todo sabía, los documentos redactados se hallaban, conforme estuve en su lectura, firmóse el acuerdo… e aquí nos tenéis. Nada he tenido que hacer, que todo él lo preparó en un solo día.

E hubo gran contento e a todos di licencia por beber algo de vino. A mi pequeño Carlitos senté en mis piernas e puse la copa en sus labios dejándole saborear aquello que bebíamos, pues de razón no parecióme darle una copa. Hubo gran fiesta y muchos trazados se hicieron; unos atinados e otros no tanto. Con esto, antes del almuerzo, pasamos al bufete porque yo supiese los detalles.

- Lo pactado es cosa de no creer – aclaró -; la cantidad guardada será recogida el lunes por una guardia para llevarla al banco de Sevilla. Hasta cuatro quintas partes dél quedarán, según se dice, a plazo fijo; la otra estará disponible. El montante que ha de quedar en el banco es grande e, así, grande interés devengará, que hasta 400.000 euros os entregará el banco mensualmente. Tenéis el dinero aunque no podáis retirarlo en diez años, mas os aseguráis la dicha cantidad.

- ¡Cuatro cientos mil! – exclamé -; eso es fortuna que nunca gastaremos. Se cubrirán los gastos según vos lo establecisteis e restará…

- El dinero aquí guardado – dijo con misterio -, estaba como dormido. Este hombre, aunque una parte dé al Fisco e de la otra no se disponga, lo ha despertado. Todo es legal.

- Abra vuesa merced cuenta en ese mesmo banco para mis hijos – razoné -; una para cada uno dellos. El resto de cada mes repártase. Los mayores, Lorenzo e Guillermo, podrán disponer dél cuando les sea menester. A los pequeños, daremos nosotros licencia si quisieren alguna parte hasta cumplidos los diez y ocho años. Pablo tiene ya los trece e Marinín cumplirá los doce el veinte y cuatro deste mes de junio. Algunos años han de esperar para ser mayores e, cumplidos esos diez y ocho, una gran fortuna habrán. El ahorro es un seguro para su mañana.

- Muchos otros gastos nuevos habrá, Marino, que los dos mayores han examinado e bien calificados han sido e comenzarán sus estudios pasado el verano en la escuela superior de los Estados Unidos; como es vuestro deseo. Los más pequeños irán a la escuela y, así lo creo, será maravilla de ver cómo dan liciones al maestro.

- Me hacéis feliz, amigo – bajé mi voz - ¿Cómo he de pagaros esto?

- Como trazado está por vos mesmo – tomó mi mano -. Una luenga vida habremos e veremos cómo crecen los más jóvenes y qué harán siendo adultos ¿Qué mejor regalo que poder entregarme a ellos y a vos?

De los misterios del cariño


sta mesma tarde estaba en la cama yaciendo una corta pieza, cuando tocaron a la puerta.

- Venite.

Muy de espacio, con misterio, vi abrirse la puerta e asomó la mirada de mi pequeño Marinín.

- ¿Dais vuestra licencia?

- Pasad, hijo; a vuestra estancia pasáis.

- Acaso meditáis y os soy de estorbo.

- ¡No tal!, mi pequeño. Acercaos e decidme que os trae.

- ¿Podría subir a la cama con vos? Os prometo no he de robar mucho de vuestro tiempo.

- Os hago sitio, mas descalzaos, que no es de razón entrar en cama alguna con zapatillas.

E riendo se sentó a mi lado e puso sus calzados con cuidado bajo la cama. Dando luego la vuelta e saltando, sobre mí se sentó muy de contento e comenzó a mesar mis cabellos.

- Algo me dice… a pedir venís.

- Nada vengo a pediros – puso su cabeza junto a la mía -, sino a daros.

- ¿Y es sorpresa?

- Acaso lo sea, papá, pues una duda tengo en eso.

- Hablad, hijo. Sabéis os oigo con atención.

- Así lo pienso – dijo entonces – e así también de papá Marcos e de tío Juan mas, no estando vos solo casi nunca, y queriendo deciros algo sólo a vos…

- ¿Qué secreto es ese que tan celosamente guardáis?

Incorporóse, miróme, pensó mirando a lo alto e habló como temeroso.

- Una duda tengo – musitó – e un pensamiento que manifestaros. Y en orden inverso os lo diré, mas espero oigáis lo que os digo antes de darme respuesta alguna.

- Es vuestro deseo. Callo.

- Estando a solas medito, en poco tiempo, pues siempre acompaño a mis hermanos y ellos a mí me hacen compaña. E medito en lo que siento por vos e la duda me asalta pues, os adoro; e como dice tío Juan, creo peco, que sólo a Dios debe adorarse.

E recorrió mi espalda un frío hasta la cabeza, que nunca Marinín me dijo tales palabras.

- Así como lo dice tío Juan, ministro de Nuestro Señor, sólo a Dios debe adorarse – tomé su rostro en mis manos - ; mas sé lo que sentís e que no encontráis otras palabras por decírmelo. A los malos padres se les respeta, a los buenos se les venera e sólo a Dios se adora, que no es sino la total entrega de vuestra alma. Yo también os diría que os adoro, hijo, e tampoco quisiera que vuestros hermanos oyesen mis palabras, pues a todos os amo e a todos me entrego por igual mas… mentiría si no os dijese que sin vos no viviría.

- ¿No peco entonces adorándoos?

- Tomemos tal sentimiento, adorarnos, como un grande amor que traspasa las lindes de la razón. Mas bien es cierto que sólo a Dios debemos adorar. Sea pues nuestro secreto, hijo, que para Dios no lo es, pues todo lo sabe; y a buen seguro entiende el sentido de muestra palabra. Os adoro. Y no peco.

Cayó sobre mí en silencio e así, abrazados, pasamos una larga pieza.

Y dudo yo agora si no estaré pecando, pues a otro ser no conozco como a mi hijo Marinín por el que perdería el seso y daría toda mi luenga vida.

De la cita de los dineros


ronta fue la respuesta del abogado e, de tanta importancia era la cita, que esta mesma mañana partió Marcos a Sevilla con Lorenzo. E no iba a encontrarse con ladrón ni con político – e a éstos comparar no quiero con aquellos -, sino con banquero de grande importancia e honrado, que su vida no hace del hurto, pero de sus negocios.

E no era la intención de don Justo y deste citado banquero, cuyo nombre reservo por prudencia e no por creer delinque, sino la de poner la cantidad guardada en cierto lugar oculto de mi casa en su banco, haciendo destos dineros algún negocio e trocándolos en lo que llaman «legal». Evitar los impuestos nunca quise e siempre se ha pagado al Fisco lo exigido, mas deste dinero que de los mesmos que hanme perseguido gané, algo ya se había gastado; una parte entregada a la Caridad, que a los menesterosos socorre, e otra, más pequeña, en compras, que sus impuestos ya llevan.

Quedé así relajado con la certeza de que todo se haría conforme a la ley, mas seguía pensando en la pronta llegada de la orden que del ejército me apartaría.

- Quizá, sobrino – me decía don Juan por calmarme - , nunca os llegue la tal orden e, si os llegase, algún día sería retirada que, según entiendo, no es la primera vez que se os hace.

- Cierto, Ilustrísima – hízome recordar -. En muchos años de vida, y en asaz ocasiones, mi puesto quitaron, mas, también es cierto que en esta España cambiante que a sí mesma hase traicionado una vez e luego otra, siempre ha vuelto a reinar el seso. E no dudo se repetirá la historia.

- Condenados estamos a ello – como en sermón habló – por no grabar en los recuerdos, no ya los errores por nosotros mesmos cometidos, sino aquellos de los que ya pasaron a la mejor vida. Con una primera piedra tropezamos e pensamos no habrá otras ¡Cuántas piedras habrá encontrado esta España en su camino! E miradla; caminando sigue.

- ¿Cómo no ha de seguir, Ilustrísima? Mas hora sería, cambiado el milenio, de adecentar este camino, pues aseguraros podría que todas las piedras en él se hallan.

- Camino alguno encontraréis sin piedras como obstáculos, hijo – asertó -, que si dellos las apartásemos todas, un abismo habríamos a nuestros pies ¿Qué vida sería esa, regalada, sin barreras que superar? Dello aprendemos: a fuer de saltar obstáculos. Recordad nadie escarmienta en cabeza ajena.

- Tal vida para mis hijos no querría; y no es otra la que van a encontrar, sino una llena de piedras, de esfuerzos, de superarse, pues otra cómoda e regalada, como bien decís, a otro lugar no los llevaría sino a donde habita la miseria.

- Así pues, sobrino – concluyó -, bien hacéis mostrándoles la senda e dejando luego ellos elijan. Mas puedo aseguraros no hay uno de mis angelitos en esta casa que no llegare un día a su cita con la recompensa e, acabada esta vida, la otra tendrán merecida. El dinero y Dios no están reñidos, sobrino, sino que el Todopoderoso alguna migaja nos da en este valle de lágrimas.

10 junio, 2011

Del engaño contra el engaño (2/2)


 Guille dejé tomando otra copa e corrí al salón en busca de Marcos e, al allí entrarme a priesa, miróme Su Ilustrísima con estupor.

- ¡Dios bendito! - exclamo al verme -; en la terraza os hacía con los pequeños ¿Buscáis a alguien?

E sin responder siquiera a sus palabras, por el pasillo volví sabiendo estaba en mi bufete. Con sigilo, abrí la puerta, vilo allí hablando por teléfono e acerquéme de espacio mientras oíale.

- ...como mejor lo penséis ha de hacerse, don Justo. Bien sabéis la historia de ese capital… Agradecido os quedo.

E viendo dejaba el móvil sobre la mesa, entrelazaba sus dedos e hacíame gesto de contento, frente a él sentéme y esperé alguna palabra.

- No penséis – dijo entonces – he llamado a don Justo Severo por ser éste ladrón, que por muy honrado lo tengo, sino que, viviendo en Sevilla, creí conocería a algún político.

- E supongo ha de conocer a más de uno, pues es abogado público e notorio. Entre los ladrones habrá también amigos que, como es dicho, amigos debemos tener hasta en los infiernos.

- No llamaría yo ladrón a un político, Marino, pues haylos honrados.

- ¡Como en botica! – reí -; de toda condición haylos. No puede decirse todos los políticos son ladrones o todo ladrón es político. De seguro hablará con el atinado.

- No tengáis duda en ello. A un honrado conoce que algo podría facer. Sabe don Justo a qué dineros me refiero y es éste ganado poniendo en riesgo vuestra vida. Ni nosotros ni político cabal alguno puede tomar esa cantidad como robada. Falta sólo saber qué hacer porque quede conforme a derecho.

- Atinada idea la de Guille e más atinada la vuestra, Marcos, que dinero alguno he robado.

Levantóse decidido, tomó el teléfono e pidióme volviésemos al cubierto del jardín.

- Un vino tomaremos por celebrallo mientras llama don Justo por confirmarme una cita. Sea o no lo que pensáis de vuestro destino como capitán, no es baladí el asunto de hacer ese dinero legal.

Entrándonos en el cubierto, vi a Guille tomar otra copa de vino e, mirando en disimulo la botella, supe había bebido unas cuantas, pues la botella que quedó medio llena veíase agora medio vacía.

- Os aseguro, hijo – apunté -, que no es cosa que vaya a prohibiros. Podéis beber, claro, mas… dejad algo para nosotros. A vuestros hermanos no digáis os he permitido tomar vino… aunque… por el olor, el color de vuestras mejillas y la chispa en vuestros ojos…

- Tomemos una copa con él, Marino, pues ha abierto la puerta que teníamos enfrente e no veíamos.

- Bebamos pues. Pídase otra botella del mesmo, que mezclar es malo.

Del engaño contra el engaño (1/2)


o pasaba momento ni día en que no pensase solución al entuerto que sabía vendría e, así como lo pensaba, a Marcos preguntaba; mas mi él ni yo encontrábamos camino que tomar.

En el cubierto del jardín estábamos sentados esta mañana, de medio día, tomando un buen vino, viendo a los niños en su baño – más temprano que otros días – y sin dejar un momento tales pensamientos.

- En verdad os digo, Marino, que más vueltas no deberíamos dar a esta noria, pues del vino y de las vueltas empiezo a tener náuseas.

- Mejor es prevenir – repetí como en otros momentos -, pues seguro estoy de que no es lejano el día. Acaso fuese mejor dejar descansar muestras mentes e retomar el asunto pasadas unas semanas mas, sabiendo ha llegado ya la primera orden, aseguraros puedo que la segunda llegará antes de lo que os digo.

E iba a responder Marcos a lo por mí repetido tantas veces, cuando vi Guille salía con priesa de las aguas e a mí corría como aterido.

- Papá – tiritaba -, el cuerpo tengo disgustado e no puedo seguir el baño. Quizá me digáis un remedio, que no es por nadar otra pieza, sino que me creo enfermo.

- Acercaos, Guille, acercaos, que en vuestra faz no veo sino frío y el temor a la enfermedad que nunca tenéis.

Llegóse a mí de espacio e bajó su rostro para besarme. Estaban sus labios muy fríos, que la piscina se llena con las aguas de la fuente y el sol no las tiempla hasta pasado un mes.

Tomé de la silla la toalla grande e cubrílo con cuidado. El frescor de sus cabellos calmó lo acalorado de mis temores mientras ponía mi mano en su cuello por descubrir esa enfermedad que siempre pensaba tenía e nunca encontraba.

- Sentaos aquí a mi lado, hijo. Entiendo que temáis siempre algún mal que os venga pero, a lo que veo hasta agora, más malo sois que estáis. Nada os ocurre, sino que erráis al tomar un baño cuando el cuerpo no os lo pide.

- ¿E cómo sabéis no quería hoy baño?

- Vos mesmo lo decís, pues bien entiendo habéis entrado en las aguas sin desearlo. No hagáis nada que no os plazca e nunca estaréis a disgusto ¡Vamos! Tomad un trago deste buen vino que, además de ser gustoso es como medicina.

E tomando mi copa con picardía, aprovechó seguí hablando a Marcos para apurarla. Viéndosele feliz, apretó la toalla a su cuerpo e se reclinó calmo en el asiento.

- En cuestiones de dineros – dijo Marcos entonces - más entienden los ladrones que los honrados… e por ladrón no os tengo. Si la Hacienda os pidiere aclaraseis de dónde tomáis el dinero, algo se pensaría. Solución no encontraréis.

- Una hay – espetó con descuido Guille -. Excusad haga lo que no se nos permite, que en pláticas de mayores sé no debo entrar…

E mirándolo con grande incierto, quise saber qué pensaba e no ver lo que hacía.

- Mirad, hijo – balbuceé - , que si algo sabéis que pueda sernos de un ayuda, no he de reprimiros entréis en estos asuntos. Tampoco os consideréis ya un niño, pues no lo sois. Decidme qué solución creéis hay.

- Papá Marcos la ha dado - incorporóse e tomó también la otra copa bebiéndola de un largo trago -. Si los ladrones saben más de dineros que los honrados, ¿a qué no preguntar a un ladrón qué hacer?

Atónitos, Marcos e yo nos miramos e acercamos nuestras cabezas a la suya.

- ¿Preguntar a un ladrón, decís? – no salían fluidas las palabras de los labios de mi compañero - ¿Es que… conoce vuesa merced a alguno?

- ¿Y cómo no he de conocerlo si todos los días háblase dellos?

- A fe, Guille – musité - , que acaso tengáis unas fiebres que desconozco, pues de ladrones algunos habemos conoscimiento.

E mirándonos como pícaro que acercarse ve a su pardillo, con pocas palabras e como gallego, nos dio su respuesta.

- ¿Acaso papá Marcos no conoce a ningún político?

Y en oyendo tan atinado razonamiento, levantóse Marcos e fuese como llevado por los diablos.

05 junio, 2011

De cómo pensó Marcos el futuro


ue el almuerzo de grande algarabía e alboroto e todos nos congratulamos de la vida que se nos venía e, tal fue la alegría de Marinín, Antonio e Carlitos, que no dejó de besarme el primero, arrancó mis mangas el segundo e por encima tuve toda la tarde al tercero.

Y en paseos íbamos por los campos cuando recordé a Marcos había de cumplirse lo que un día, no muy lejano, observé sobre cómo habría de ser despojado de uniforme y armas mas, queriendo mi amigo convencerme lo que había predicho no era posible, advertíle no hablase de tales asuntos ante los niños e, muy a disgusto, señalóme los montes.

- Como la primavera se va e viene el verano, la esclavitud es ida y es llegado el momento de traspasar esos muros, allende las lindes de la Ribera del Gaidóvar e las tierras de Grazalema ¿Pensáis agora salir con vuestro atuendo?

- Tal no es menester – tomé una pequeña flor y se la entregué -. Nada me obliga a vestir mi uniforme. Como otras muchas veces saldremos hasta Sevilla e, comprobando no hay «moros en la costa», más allá iremos… hasta tomar el viaje a Castilla donde paró.

- Con vos iré, Marino, mas dejemos aquí a los más nuevos hasta sabernos salvos.

- Así como lo pedís se hará…

E a la casa volvimos de espacio, en la fuente nos refrescamos e pasamos a cenar sin haber tregua en la alegría hasta llegada la hora del descanso. Tal era el cansancio que todos llevaban, que se hizo el silencio muy pronto e caímos en sueños antes de yacer en la cama.

Temprano, cuando la luz del nuevo día ya entraba por la ventana, desperté e miré a mi mesilla. Allí estaba mi copa de jugo de naranja e, junto a ella, una nota en pequeño papel y grande e perfecta letra donde podían leerse unos «Buenos días» de Marinín. Sonreí mirando al techo al pensarme feliz como nunca antes e oí la voz de Marcos en mi oído como susurro.

- Buenos días nos dé Dios ¿Habéis descansado con gusto?

- Así ha sido, que ni recuerdo haber tenido sueño alguno; ni bueno ni malo ¿Y vos?

- No tan descansado como vos – parecióme dudar en sus palabras -. Un sueño he tenido e creí era verdadero como vivido.

- Así es a veces – miré sus ojos -; si es feliz nuestra mente, saca lo malo como si quisiese lo olvidáramos.

- Pues no lo olvido, Marino ¿Sabéis por qué? A mi mente ha venido, e no por yo buscarla, una idea que me vence.

- ¿Y vais a dejaros ahora vencer por un sueño, por una idea?

- No es baladí lo que me quita el sueño agora, pues una cosa es sentirse libre e otra distinta es poder serlo.

Incorporéme al punto por mirarlo e supe no hablaba sólo de un mal sueño, sino de una posible mala realidad.

- ¡Vamos! Decidme qué idea es esa.

Pensó una corta pieza, acaso dudando manifestarme su temor, e hablo en forma y manera que yo pensase no era cosa de gravedad lo que manifestaba.

- Me decís, Marino, seguro estáis de perder vuestra condición de militar, vuestro uniforme, vuestras armas… E no es eso sino cosa de dejarlas a buen recaudo en el armario mas… - supe iba a decir algo que yo no sabía - …perdido vuestro cargo e vuestro rango en esta empresa… ¿perderéis vuestra soldada?

- ¿Qué decís? - salté con espanto -.

- Os digo, amigo, como el ecónomo que soy, que en perdiendo vuestra soldada no habrá otros ingresos en esta casa, pero gastos. El Erario aparecerá por la puerta preguntándoos de dónde sacáis el dinero para pagar esta casa, para el servicio, para los niños…

- Vos sois el ecónomo, Marcos ¡He de suponer sabréis ocultar de dónde sale nuestro dinero, que en banco alguno se halla!

- Permitidme que os asegure no hay inspector del Erario que, sabiendo no se os paga, deje de exigiros los impuestos.

E comprendiendo el por qué de su mal sueño, rogué le buscásemos la fórmula a tal entuerto.

- Quiere Dios, e no yo, que dos y dos sean cuatro.

04 junio, 2011

Del espanto de oír lo velado (2/2)


eguía Su Ilustrísima con sus lecturas y apenas echó de ver cómo me entrabar en el salón - imagino que la faz como alabastro – e me volvía al punto a tomar aire fresco en el jardín.

Hallé allí a Marcos, junto a la puerta, observando al maestro Víctor limpiar las aguas de la piscina (labor que nunca quise acometiera) esperando a mis hijos, que pronto habrían de bajar de sus clases a tomar un baño antes del almuerzo.

- Sin duda, Marino – habló sin apartar su vista -, que este joven ama a los pequeños como vos e yo mesmo los amamos. Desde temprano comparte con ellos sus conocimientos e, antes de que acaben sus liciones, él mesmo cuida las aguas donde se han de refrescar sus cuerpos.

- No lo dudo - dije con un hilo de voz que apenas salía de mi cuerpo -.

Y en oyéndome, volvió su rostro con asombro e nada dijo al verme e no aparto sus ojos de los míos. Esperaba, según colegí, fuese yo el que le manifestase el por qué de mi desconcierto e, pareciéndome aquellos segundos se hacían luengos como espera de paciente en consulta de médico, puse mi mano en su hombro, apretélo, e sentí iba a romper en llantos.

- ¡Algo os sucede! Nada ocultadme.

- ¿Cuándo, querido Marcos, os he ocultado cosa alguna? Quizá, observando mi rostro, vos mesmo descubráis lo que siento.

- No erráis. Espanto, confusión y alegría, juntos, no sé cómo, llegan a mi alma desde vuestra mirada. Mucho hace que así no os veo. Decidme vuestros pensamientos.

E tras un leve suspiro, casi sin fuerzas, quise darle las nuevas sin que fuesen mis palabras ni de espanto, ni confusas ni de gozo desbordado.

- Sabed que he hablado con el chusco; yo mesmo lo he llamado al no haber nuevas. Mi custodia y mi exilio han terminado.

Ni dejó de mirarme ni afloró en su rostro alegría, sino que me dejó ver una leve sonrisa como si me pensase ingenuo. Volvió su rostro hacia Víctor e lo llamó sin alzar mucho su voz.

- ¡Víctor! ¡Víctor! Acercaos un momento.

No supe entonces, ¡torpe de mí!, que como testigo de sus palabras lo llamaba. Acercóse sonriente soltando aquellos aperos e saludónos con la su mirada dulce.

- Ha llegado el momento, maestro – díjole Marcos -. Sabe ya el Capitán lo que hemos callado.

- ¡Perdonadme, Excelencia! – creyó iba a reprimirle -. Órdenes habíamos de nada decir. Sólo Marcos y yo supimos todo había acabado. Dentro de tres días, estando solos entrambos en la casa, se recibió llamado e se nos dio aviso mas, viendo acaso el inspector nuestra alegría era tanta, rogónos nada hablásemos hasta ser segura e bien cierta la orden.

- Nada he de perdonar, pues delito alguno hase cometido. Hubiese preferido saberlo antes porque cada minuto de mi claustro era como siglo, mas bien entiendo que la fidelidad a la palabra dada os honra. Decid a los niños e a toda la casa a mí ha llegado ya la noticia.

- No ha de ser así, Marino – acercóseme Marcos -, sino que vos mesmo deberíais comunicarlo a todos en el almuerzo pues, si bien os hemos ocultado lo que se nos dijo, a todos lo hemos hecho. Sed vos el que deis las nuevas.

- De mi asombro no salgo – musité -, que a una primera alegría se suma agora la de saber tengo a mi lado hombres de palabra inquebrantable. Apréstese lo necesario, refresquen todos sus cuerpos, e compartamos en este almuerzo de hoy el gozo de haber vuelto a la vida.

- Todos, Excelencia; todos volveremos a la vida.

03 junio, 2011

Del espanto de oír lo velado (1/2)


e tanto despropósito oído en lo manifestado por Marcos en aquellos días, en gran detalle, buen orden y por luengo espacio, no he de tratar agora, que bien sé vuesas mercedes desto han de saber tanto como ya sé yo. E mucho tiempo he tardado en creer lo oído e luego visto. Así, encontrándome como en exilio y de manos e pies atado, resolví hacer los cambios en el jardín de mis pequeños, cambiar también la terraza que llaman «solárium» a una otra parte, poner paredes sordas a la estancia donde se hacen las músicas – a esto llaman insonorizar -, tomar más terreno para plantaciones (también de pepinos) e dejar tiempo del día para mis lecturas.

- A fe, sobrino - apuntó esta mañana don Juan -, que si os parece de razón no escribir vuestro diario agora, es que habéis perdido el hábito. E no me digáis hay poca cosa que narrar. Si este humilde servidor fuera vos, que a Dios gracias no lo es, haría por hablar con el chusco, que a buen seguro ha nuevas que narraros e bien sabéis nada dice si no es preguntado.

- ¿En verdad creéis nada me diría si alguna cosa nueva llegara a sus oídos? Tal no creo.

- Pues creedlo – espetó -. Si una mala nueva hubiese para vos, ya hubiese venido o llamado por dárosla, mas si buenas fueren esas nuevas, de buen seguro esperaría por ver si os interesan. Mirad que conozco a ese hombre e por no estorbar no tose. No es menester os diga soy verdadero.

- Desto último no dudo, Ilustrísima, mas algo sí de lo primero ¿Acaso pensáis que si hubiera buenas nuevas nada me diría?

- Es grazalemeño bien apañao, que así lo dicen. Oíd lo que os digo, que no hablaría este hombre si no fuese cosa de preveniros. Llamadlo, oíd por Dios lo que os digo e, si nada os manifiesta, tomad lo que os narre como seña de que todo sigue igual.

Y en lecturas seguimos e nada más desto se habló; sino que, excusándome por ordenar ciertos documentos de mi bufete, a él me entre y al chusco llamé. Hubo gran sorpresa e alegría al oír le llamaba e, pasada una corta pieza donde nada de importancia se habló, quise echar de ver cómo era cierto lo que me decía Su Ilustrísima. E hube de tomar asiento – que en pie me hallaba – cuando en pocas palabras tanto nuevo me decía.

- Pensé, Capitán, sabríais ya, a estas alturas, y de la Serranía no os hablo, que, sin haber cambiado el Gobierno que os persigue, los que a ellos se oponen en asuntos de política, les han hecho dar paso atrás.

- ¿Me decís ya no soy perseguido? ¿Acaso ya no soy reo en estos parajes?

- Iteráis lo que os he dicho, pues si no hay órdenes de custodiaros, ¿cómo pensáis sois reo?

- ¿E nada me comunicáis si no os llamo? - grité -.

- Calmaos, Capitán, calmaos. Pensad que estoy a vuestro servicio, mas no creí conveniente…

Con estas palabras en su boca, en mi móvil y en mi seso, colgué e hube de restar pasmado una luenga pieza antes de volver al salón. Como así habló Su Ilustrísima, así era bien cierto acabóse mi angustioso exilio.

10 febrero, 2011

Del angelito poeta


ntrada la tarde en fuerte tormenta de agua e de truenos, pegado a mí como lapa marina tenía a Marinín e burlonamente sonreían Marcos e Su Ilustrísima pues, al entrar los destellos de un rayo por las ventanas, apretaba mi pequeño su rostro a mi pecho.

Mas no fue todo aquello lo que llamó la atención, sino que, apareciendo por una esquina mi pequeño Carlitos con un navío en sus manos como si lo hiciese volar, al pasar junto a nosotros, como en escenario de teatro púsose a declamar:

«Con diez cañones por banda,
Viento en popa, a toda vela,
No corta el mar, sino vuela
Un velero bergantín».

- ¡Santo Dios! – exclamó don Juan - ¡Mi pequeño ángel poeta! Venid aquí, mi ángel, e traed esa nao, que si la lluvia no cesa esta tarde, acaso nos sea menester…

Fuése el pequeño a sentar en el regazo de su tío e mostróle su juguete sonriente en tanto ordenaba sus velas acariciándolas.

- Tales versos que decís – dijo su tío ufano – son tan famosos, que no hay alumno de escuela que no sepa recitarlos… mas ninguno de ahí pasa.

- Eso es porque no han leído a don José de Espronceda, tío – apuntó el pequeño -; e yo bien lo conozco.

- ¿Ah, sí? – asombróse Marcos - ¡Esos mesmos versos os diría mas no sabría los siguientes!

E sin otra cosa decir el pequeño e alzando el barco en los aires, siguió declamando:

«La luna en el mar riela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul»

(Oyóse un trueno, escondióse Marinín e sonó un «¡ole!»)

«Y ve el capitán pirata,
Cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul».

- A fe, pequeño – asombróse aún más Marcos -, que lo habéis leído todo e bien lo decís.

E sin contestar a tales palabras, siguió declamando:

«Navega, velero mío,
Sin temor,
Que ni enemigo navío
Ni tormenta, ni bonanza
Tu rumbo a torcer alcanza,
Ni a sujetar tu valor».

- ¡No molestad, Carlitos! – reprimíle -; mirad que vuestro tío también sabe esos versos.

- Papá Marcos no los sabe – dijo -; por eso los ando diciendo.

- Algo los sé yo, hijo – aclaróle don Juan -, mas no todos ni tan bien entonados. Así creo que siguen…

«Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar».

- ¡Santo Dios! – exclamó Marcos llevádose la mano a la cabeza -; un niño sabe e recita tales cosas e otros dicen que «la tierra no es de nadie, salvo del viento» o que «mi patria es la libertad».

No pude evitar mirarlo con espanto por lo dicho e todos callaron al oír también aquellas palabras.

- ¿Y quién dice tales despropósitos, Marcos? – pregunté ignorante -; ni como poesía es de recibo pensar que la tierra es del viento o que la Patria sea la Libertad.

E después de una corta pieza muy quedos, e sin nada más manifestar, rieron todos tanto, que pensé que era yo el que erraba en algo.

- ¡Ay, sobrino! No habla Marcos usando palabras suyas, sino a través de la voz del tiempo y el espacio ¡Ya sabéis! ¡La televisión!

(Trueno fortísimo)

- ¡Papá! – prorrumpió mi pequeño -; por no querer saber acontecimiento alguno de España, no gozáis como nosotros de ciertos discursos… Acaso, mejor así.

E nada entendí hasta que dióme razones Marcos aquella noche; e no podía creer lo que diciéndome estaba.