28 noviembre, 2010

De los tiempos de lluvias


ás de un mes estuvo con nosotros el periodista Alberto, mucho escribió, mucho aprendió e mucho disfrutó de mis hijos. Partió a Sevilla mas a Madrid volvería por trabajar como becario. Y esto face e su pluma señala a aquellos que nos hurtan hasta el aire que respiramos. E tanto llovió en aquellos días, que las aguas caían por los campos como insalvables ríos e muchas noches de tormenta hubimos a Marinín durmiendo entre nosotros; tanta agua cayó, que los caños del «Aguanfría» – que así es llamada la fuente por las gentes – de la pila pasaban.



- ¡Cuán tristes son estas tardes en este pueblo, sobrino! – espetó Su Ilustrísima -; meses pasan sin que podamos ver el sol, llueve día e noche como si no hubiese llovido nunca antes o nieva con el frío, haciendo tal capa, que desta casa a la carretera no puede andarse. No es así en Ronda, que bien cerca está. Son estas sierras de gran altura que parecen llamar a las nubes e Dios hace luego el milagro; la nieve e las aguas convierten los campos en jardines. Esperemos esa primavera.

- Paréceme habláis de otras lluvias, otros tiempos e otras primaveras – manifestéle -; también Dios ha de saber cuándo ha de llegar esa primavera.

- A su tiempo, hijo, a su tiempo – miróme por sobre sus gafas -, que esperar la primavera mañana es sinrazón si aún no han llegado las fiestas de la Natividad de Nuestro Señor.

- Ya las espero – miré al inquieto fuego del hogar – e priesa alguna tengo, Ilustrísima, pues tal primavera acaso nos lleve al verano e a otro invierno luego sin poder salir destos campos ¡Décadas he restado en mi casa de Sevilla como confinado! Iluso de mí; pensé que cuando salía a buscaros era ya la libertad para siempre.

- ¿E… no fue así?

- ¡No tal! – sonreíle - ¿Llamáis libertad a esto? Tan siquiera creo haber estado libre los años pasados, pues en todo viaje, en todo lugar, acompañado de Marcos o solo, heme sentido como recluso vigilado. Al menos – suspiré -, no me siento agora como cautivo custodiado.

- A vuestros hijos – señaló – tenéis con vos; a don Marcos, a Víctor, a mí mesmo; al servicio… y a Dios ¡No os halláis tan solo!

- Así razonado… no. Esperaremos a que pasen las fiestas deste año e, así se acercan, a todos iré hablando; uno a uno. Quiero saber lo que de mí piensan…

- Tal cosa puedo deciros yo mesmo, sobrino – rió - ¡Os adoran!; como colijo vos los adoráis a ellos, que no vivís si no los tenéis a vuestro lado. Y esto sé porque así mesmo yo lo siento.


- Cuando las aguas caen con tanta fuerza – miré hacia el escuro paisaje -, las entrañas de la tierra llenan; e cuando cesan las lluvias, con tal impulso salen, que limpian todo lo que hallan a su enderredor.

05 noviembre, 2010

Del comienzo del exilio


ubo cena en mesa de todos tras besos y llantos. E no faltaron las oraciones e los latines de Su Ilustrísima, que a doña Julia bendijo e de Marinín – su angelito primero – no se retiró.

- A fe, Excelencia – manifestó Alberto -, que habré de pellizcarme por saberme despierto, pues como dentro de un libro me hallo con estos que son ya como mis amigos, e con vos ¡Diría estoy en el país de «Nunca Jamás»!

- Digamos os halláis en el país de «Siempre Eternamente» - sonreíle -; no son todos estos mis hijos ni todas estas otras personas invento… ¡E bien he crecido antes de pararse el tiempo!; mas valga lo que decís como si lo dijese Alicia al atravesar el espejo, que lucho por hacer desto, para todos, como un «País de las Maravillas».

- ¡E sin duda lo es! – exclamó doña Julia - ¿Podéis acaso decirme cómo una casa que de por fuera aparece como casona de campo es por dentro palacio que dentro de esa casa no cabe? ¡Vive Dios, que no hago sino pensar que existe el hechizo!

- De lo que referís de la casa – respondíle – he de daros razones. Bien es cierto que aquí dentro piensa uno no cabe tanto espacio tras tan poca fachada… Acaso desconozcáis puede hacerse lo que pensáis hechizo, que no es más que imaginación e arquitectura que os desvelaré ¡Cayetano! – llamé -; acomodad a los invitados, que a buen seguro necesitan descanso, e preparad una copia de mis esbozos desta casa porque los tenga mañana doña Julia.

E todos nos levantamos y en orden subimos las escaleras. Paré mi mirada una corta pieza en ellos, como de hito en hito: Marcos, don Juan, Marinín, Antonio, Carlitos, Pablo, Guille, Lorenzo, Víctor, Bruno, Nicolás… ¡Tantos! Supe no era tiempo de lides e sí de dedicar a ellos e, ya entrando a la estancia, miróme grave Marcos.

- Podéis decir he errado – susurréle -; como a buen seguro todos razonasteis, no es ya, agora o de momento, tiempo de llevar a cabo esta empresa, sino de holgar…

- Nadie va a deciros errasteis – contestó -, pues ha aprovechado el viaje. Durmamos. Mañana he de daros las últimas nuevas e habréis de hablar con el Chusco ¡Carpe diem!

E fue así cómo empezaron al tiempo las fuertes lluvias e mi momento de retiro, pues a cada uno de los allí congregados en aquella cena debía mi atención. Seguros sabía a Marinín e Lorenzo e tal ya era asaz descanso. E otros muchos trazados fice antes de caer en sueños, pues desde la casa, sin atravesar las lindes de Grazalema, debería llevar a término otros asuntos.

Con esto dicho, han de saber vuesas mercedes fice juramento o voto, que don Juan no es amante de aquellos, por escribir cada noche lo que agora se lee, pues no era de razón desvelar al enemigo los pensamientos e, ya pasado, en estas páginas podrá leerse lo acaescido en los meses pasados y venideros. E así como escribí un día en el acápite habría de ser este mi diario para solaz de todos, corriendo tiempos de menoscabos, tómense mis palabras como bálsamo, que ricos y pobres, viejos e nuevos, hombres y mujeres, sufrimos un exilio en propia Patria.

03 noviembre, 2010

Del viaje del expatriado


uedáronse en aquella casa de huésped gentil don Justo, el servicio e todos aquellos hombres expertos que hasta allí nos llevaron e, abriéndose la gran puerta de las cocheras, puso su coche en marcha doña Julia e nadie miró atrás.

Atravesando las ya tranquilas calles de Sevilla, a unas más nuevas nos llegamos e díjonos doña Julia descansásemos. Atrás iba yo sentado con Marinín e Lorenzo como recorrimos el pasadizo e junto a doña Julia veíase al periodista Alberto muy quedo. Quise echar de ver cómo era cierto que el joven podría luchar escribiendo e hícele preguntas baladí primero e otras de importancia luego. Oyéndole – miraba hacia atrás al hablar -, supe había acento castellano del que en Madrid se habla; y era hombre culto de no hacer discursos con veinte palabras, sino que, diciendo pocas, todo manifestaba. Así supe bien me conocía por haber leído este mi diario e por alguna cosa más que manifestárale doña Julia. Con esto, parecióme no era de razón hablar más, que mi pequeño me miraba en lo obscuro con los sus ojos soñolientos e Lorenzo recostó su cabeza en mi hombro.

- Una cena habremos al llegar – manifesté a doña Julia – e iremos al descanso. Priesa no habrá por madrugar; descansadas, podrán vuesas mercedes volver a Sevilla. Han de ser los días venideros de oración e retiro e, ya entrado el invierno, en otros menesteres ocuparemos nuestro tiempo.

- Pensaréis os estorbo, Excelencia – miróme con tristeza Alberto -; pensé podría restar con vuestra familia unos días… ¡pocos!, e volver luego. Lo que sé de vuestros hijos quisiera conocer estando con ellos, mas no es esto ruego alguno, sino deseo, que habrá de cumplirse, si Su Excelencia lo permite, cuando sea posible.

- ¡Posible es! – era sin duda un ruego -; podéis restar en casa cuantos días necesitéis pues lugar hay de acomodo e… si os pensáis culto, como a mí me lo parece, preparaos a hablar con niños… e con mayores, que pueden enseñaros mucho. A nadie niego compartir mi casa y a mis hijos, huéspedes e servicio tendréis como amigos.

Sonrióme en silencio e miró al frente, dejóse caer en el asiento e reclinó su cabeza. Todos en poco quedaron dormidos e continué en pláticas con doña Julia. Así, llegándonos ya a la subida de la Ribera hasta mi casa, cerró ésta las ventanas por entrar aire bien frío e, al poco, divisamos la casa, que estaba toda encendida.

- ¡Despertad! – susurré a Marinín -; a casa nos llegamos. Fría está la noche e todos están dentro, mas aseguraros puedo nos esperan.

Y en mirándome feliz incorporóse por mirar cuando ya entrábamos por la cerca e, viendo Cayetano nos llegábamos, señas nos fizo de contento y entróse a la casa a priesa. Con esto, todos salieron a recebirnos e hubo gran fiesta y algarabía y gritos e, mirando Alberto a su enderredor como dormido, exclamó:

- Así lo soñaba y mejor es, que como sueño paréceme entrar en lugar leído en un libro ¡E todo es real!