30 octubre, 2010

De la travesía del cruel (3/3)


 en el poco discurrir que nos restaba hasta la salida – obra de unos treinta metros -, dejé libres las cabezas de mis hijos e todos miramos al frente. Veíanse dos luces moverse en la plena obscuridad e hacia ellas caminamos, si acaso, más apriesa.

- No es menester apretar el paso – espetó Vicente -, que en esto haciendo, o caeremos o sacaréis los calzados de mis pies a pisotones ¡Seamos prudentes, que ya por poco se pleitea!

- ¡Bene curramus!

Rió Marinín al oír mis latines e pude ver la sonrisa en los ojos de Lorenzo.

- A fe, papá – díjome éste -, que no era todo camino de rosas como pensé, mas, a la vista está ya el final.

- Siendo así, hijos – dije a entrambos -, aliviad un poco esas manos, que he de tener cardenales en mi cintura, tantos como dedos habéis, en una semana…

- Igualados estaremos – dijo Marinín en chanza -, que entre Lorenzo e yo otros tantos habremos en los hombros y las mejillas.

E ya viéndonos cerca de aquellas luces e la salida, pasaron los temores e volvió el aliento; e una voz como de la ultratumba sonó dándonos la bienvenida.

- ¿Vicente? ¿Excelencia? ¡Aquí estamos!

Con esto, y en pocos pasos, fuimos viendo las figuras e los rostros de doña Julia, don Justo e un otro hombre joven e, soltando sus manos de mi cinto, corrió Marinín a los brazos de aquella dama que a salvarnos esperaba.

- ¡Heos aquí, mi pequeña excelencia! No es menester manifestéis agora lo vivido – exhortónos -, que bien lo sé y habrá tiempo sobrado dello ¡Subamos a la casa al punto! De la cochera saldremos con sigilo e, rodeando Sevilla por la calle Águilas, en poco estaremos camino a casa.

- Bien paréceme el trazado – díjele al oído -, mas decidme quién es esotro caballero que aquí nos sabe.

- ¡Nada temed, Excelencia! – rió por tranquilizarme -; es joven periodista de la familia que ha de narrar, salvadas las distancias y en su día, cómo todo este trazado a cabo se ha llevado con éxito ¡Acercaos! Es este mi sobrino Alberto.

- En vos confío, señora – mirélo cauto -, mas decidme antes que es eso de «periodista» y de narrar una huida como si fuese hazaña.

- ¡Alberto! – volvióse a él - ¡Acercaos! He aquí al Capitán Alacaída… Capitán, he aquí a mi sobrino Alberto – estrechó éste mi mano como si viese a un santo -, que no ha de narrar lo ocurrido como hazaña, sino que lo hará como denuncia cuando sea el tiempo. No decidme desconocéis periódicos o noticiarios. Por ellos todos saben del mal que se está haciendo e han de saber qué parciales los gobiernan. Confiad en mí y en él, pues como mi hijo lo tengo.

Acercóse el joven «periodista», tomó mi mano e, inclinándose un poco, fizo reverencia.

- ¡Al fin os conozco, Capitán! Sabed que a vuestro servicio me hallo; cuando no puede lucharse blandiendo una espada, ¿por qué no hacerlo tomando la pluma?

Así supe, en un instante, tenía ante mí esa arma que buscaba; un aliado valeroso que vencería con palabras lo invencible con la lucha.

- ¡Úsese el seso! – tendíle mi mano -; cuanto necesitéis saber os será revelado porque sepan todos lo que se les oculta.

- Con nos ha de viajar a vuestra casa, Excelencia – aclaró doña Julia -; si fuere menester más tiempo de lo que el viaje dura porque sepa lo que aún yo no le he dicho, con vos restará los días necesarios, pues sabe él secretos que acaso os den las claves para resolver este entuerto.

- ¡Bien me parece! – concluí -; usemos la pluma para levantar este velo.

- ¡Subamos! – dijo entonces a todos -; no ha de perderse tiempo alguno agora en pláticas si lo habremos sobrado en el camino.

E así subía las escaleras, iba diciendo a cada uno lo que debería hacer. Sólo Alberto viajaría con nos; e ya todos en la Fuentefría sabían de nuestra pronta llegada. Acercóse Marinín al joven periodista e, sonriéndole, tomóle de la mano e pusiéronse en pláticas.

- ¡En Internet veo lo que escribe, papá!

20 octubre, 2010

De la travesía del cruel (2/3)


 no mucho tiempo hubo de esperar, sino que dentro de diez minutos, bajadas ya las escaleras hasta los sótanos, cruzábamos el primer pasillo.

- Esto, papá – musitó Lorenzo -, es cosa que pensaba no existía, que bajo la tierra veo pasillo lujoso, alfombrado e iluminado e no sótano trastero de olor a mueble viejo.

- Esperad una corta pieza – contestéle – e volved a decirme qué pensáis.

Con esto, llegándonos al final del pasillo, donde la reja se encontraba, dimos con el que atravesaba a izquierda e a derecha. Allí hizo señas de parar Vicente, soltó su bolsa en el suelo e della sacó hasta cinco lámparas pequeñas en tamaño e de luz cegadora. Puestos en grupos, e yendo él a la cabeza, los otros expertos cerraban la comitiva; y era maravilla de ver cómo ya entrándonos en parte más obscura, más alumbraban aquellas lámparas.

- Los que lleváis una linterna (que así llamaba a aquellas lámparas no siendo faroles marinos) – gritó Vicente -, alzad algo la mano e no olvide nadie de más importancia es saber por dónde se pisa que por dónde se pasa.

E caminados unos metros por el pasadizo que hacia el Corral del Rey subía, más denso parecíanos lo obscuro e de menos luz aquellas linternas. Marinín a mi diestra e Lorenzo a mi siniestra, en silencio caminamos e algo bajamos la cabeza pues, aún no siendo la bóveda baja, difícil se hacía saber si se toparía con ella. E al poco fízose el camino más estrecho, más húmedo e más frío.

- Bien sé que estos hombres conocen esta ruta – susurróme Marinín -, que si así no fuese, os pediría volviésemos al punto.

- Nada temed, hijo – disimulé mi espanto -, que los otros hombres por este mesmo camino han llegado salvos. Bajad vuestra vista al suelo por no tropezar e abrigaos como se nos ha dicho. En poco estaremos en Cabeza del Rey don Pedro que es donde se halla la salida.

Asidos entrambos a mi cintura de modo tal que sentía sus dedos como zarpas, e caminando de espacio tras Vicente, a un lugar más ancho nos llegamos e por el centro caminamos.

- Comienza agora la bajada – advirtiónos entonces el guía – que so la calle del Corral del Rey hasta nuestro destino nos lleva. Cuidad aún más vuestros pasos e no perdáis del suelo la vista, que es bajada sin escalón alguno, húmeda está e algo resbaladiza.

Miróme entonces Lorenzo como con espanto en tanto apretaba aún más sus manos a mi cintura e hícele gesto de mirar sus pasos. Comenzó la bajada e parecióme de razón poner mis manos en las paredes por ir más seguros, mas no quise soltar los hombros de mis hijos. Y era tal el silencio que allí había, que nuestros pasos parecían golpes de mazas e los murmullos temerosos del servicio, que en pos venía, parecíanme gritos de auxilio. Tomé entonces las cabezas de Lorenzo e Marinín tapando sus oídos e a mis costados las apreté e quise hablar algo porque todos dejasen de temer.

- Cuéntase aún leyenda en Sevilla – declamé – que dice del malvado rey don Pedro usaba estos pasajes por ir a un lado e otro de la ciudad sin ser visto ni oído por las calles, pues tan desgastados había los huesos de sus rodillas, que en oyendo las gentes que descansaban cómo crujían en la noche, decían… «Es la hora y ahí va el rey». No ha de ser pues este laberinto tan farragoso si para un rey se fizo; e siendo que por una senda real caminamos, nada hemos de temer.

Mas esto decía cuando colegí que, si aquellas luminosas linternas no aclaraban tales tinieblas, ¿cómo se alumbraría don Pedro con un hachón?

Y en estos monólogos estaba por solazar a los presentes, cuando fue grande sorpresa el ver cómo el techo iba dejando llegar hasta nosotros una luz que movíase al frente. En poco, volvióse Vicente a mirarme:

- ¡Allí les tenéis, excelencia! – me dijo -; son sus luces; poco queda ¡Discurramos!

12 octubre, 2010

De la travesía del cruel (1/3)


icente había por nombre el experto en aquellas travesías e, mejor que Miguel y Lucía e yo mesmo, supo mostrarles a mis hijos la forma de atravesar aquellas catacumbas, pues no sólo quitóles los temores, sino que pronto querían éstos comenzar la escapada.

- En verdad os digo, pequeños, no hay hombre que tema sino el que quiere temer.

- ¡No decís verdad! – rió Marinín con picardía -; el hombre más valeroso teme aunque no quisiera ¡Mi papá lo dice!

- E no os miente, pequeño – respondióle Vicente -, mas imaginad alguien acecha en la oscuridad y temeréis aunque no haya nadie. Si alguien hay mas no es de soltaros los vientres, ¿a qué temer? Y si es hombre de mala sombra a la luz del día e hasta en noche escura… ¿a qué tomar por su camino? – reímos todos -. El camino por el que iremos ni es largo ni de temer, que ahí abajo a nadie se deja asomar, sino que seremos los unos que lo haremos. E si el pasillo es escuro, lámparas llevamos que con claridad de día nos mostrarán la senda por no tropezar, que otras cosas no hay.

E algunas historias como estas les manifestó cuando bajábamos en silencio hasta la entrada a los sótanos. Al llegar, sorprendióme ver tal puerta abierta e iluminada e a dos hombres más que allí esperaban.

- ¡Excelencia! – dijeron -, de la otra casa hemos venido, el paso hemos encontrado franco y hemos abierto. Nadie sabe estamos aquí e habremos corta travesía.

- Muy en su sitio cada cosa veo – exclamé -; a fe que don Justo e doña Julia mucho desto saben.

- Más de lo que pensáis, Excelencia – contestóme Vicente -; desde que descubriéronse estos secretos, en ellos ponen luz e mucho más se ha descubierto. Sé que si os narrase secretos revelados sabríais, acaso, de qué cosa os hablo. No hay tiempo de hacerlo agora mas lo sabréis.

- ¿Hemos de comenzar pronto esta huida?

- ¡No, Excelencia! – rióse -; ya deberíamos haber salido que, pensando esta guardia estáis en el descanso, siempre habría alguno que pensase es «otro» lo posible…

- ¿Otro? – grité - ¿Puede algo hacerles pensar en cosa tan secreta como esta?

E mirándome el tercio riendo, habló Vicente a mi oído.

- Estos piensan que… lo piensa uno, lo piensan todos…

- ¡De puta a puta San Pedro es calvo!

E desto hablábamos en voz baja, como si de aquellas solitarias profundidades pudieran salir nuestras voces, cuando abrióse la puerta de las otras escaleras que hasta allí bajan e, con espanto, vi se llegaba todo el servicio muy quedo.

- A fe – les dije -, que me preguntaba cómo habríais de salir de la casa mañana.

- No sería peligro el salir – dijo Miguel -, sino el no volver, que sería la prueba de que en la casa no estáis, Excelencia. No temed por nuestra suerte que a la otra casa volveremos cuando en la Serranía os sepan.

- Recorramos pues nuestro camino – dije – que, si en algo pláceme, no es sino por saber caminaremos por donde un día lo hiciera el rey don Pedro para no ser oído.

05 octubre, 2010

De la espera silenciosa


ue el trazado sencillo, pues saliendo de la casa tras aquel cónclave, más avisado estaría el enemigo, así, lléndose doña Julia y don Justo, restaríamos el día en la casa e, llegada la noche, encenderíanse e apagaríanse las luces como otro cualquiera día se hubiese hecho para ir al descanso; tal hora sería el momento de la partida.

Hube reunión con Marinín y Lorenzo e diles razones de lo ocurrido, lo hablado e lo trazado e, sabiendo Marinín con certeza el enemigo en la puerta acechaba, con atención oyó mis pláticas e alguna cosa aclaró a Lorenzo.

- Como yo mesmo pedí aquí restaseis – le dijo – os digo hemos de marchar. Tiempos vendrán para ver esta ciudad.

- Aquí no quisiera estar – contestóle como aterrado -; por mala ventura quise quedarme  y como cobarde me siento, aprisionado en esta casa e perdido en esta ciudad.

- No es ese sentimiento cosa que deba llamarse cobardía – le dije –, sino temor ¿Acaso pensáis yo no temo? ¿Cómo creéis entonces os pido nos vayamos?

- Paréceme lo hacéis por nos – contestóme -; no alcanzo a razonar queráis huir de enemigo alguno.

- A fe que encontráis la raíz que buscáis – aclaré -. Como cobarde huyendo me sentí al oír las razones de don Justo e como tal no me siento agora ¿Pensáis es de razón ir a buscar una muerte segura? No queda sino el seso despierto, pues si supiese habría en mi mano sólo una fuerza para vencer, por esa puerta saldría e no por la otra. Precaución no es cobardía, Lorenzo; temor… tampoco. Hemos de ser fuertes y esperar a la noche. Tan oscuro estará aquí arriba como ahí abajo. Es camino amargo el que habrá que recorrerse hasta llegar a la Serranía. En mi propia tierra he de sentirme desterrado, mas así lo decido por esperar al mañana que me permita llevar a cabo mi empresa e no morir en un empeño absurdo. Quien conmigo quiera vivir en Grazalema este destierro, piense no peca de cobarde, sino que ha la virtud de la paciencia.

- Esperemos pues a la noche, papá – habló Marinín con su mirada gacha -, pues de un día hablamos. Donde digáis estemos hemos de estar.

- Sean pues las puertas estrechas para entrar y anchas para salir. A nadie se retenga contra su voluntad...

Y en lecturas y entre silencios pasó el día, encendiéronse las luces, llegóse el hombre que nos acompañaría y se esperó hasta la hora del descanso. Era la hora del trabajo.