19 diciembre, 2010

De cómo cerré mis puertas (2/2)


aminamos de espacio hacia la carretera e oíanse los caños del Aguanfría con tal fuerza, que hube de hacer un gesto a Marcos porque parase su discurso, que no lo oía. Fízome gesto de acuerdo, caminamos hacia abajo obra de veinte metros e comenzó a hablar sonriendo.

- He de confesaros, Marino, que creí huíais de la casa. Así pues, sabiendo nunca mentís, he de revelar erraba.

- ¡Tal no dudo! – sonreíle también -. Acaso para nos no sirva el dicho de que los que en el mesmo colchón duermen lo mesmo piensan. Sin duda vuestra mente ya no razona como abogado, sino como el capitán que agora lleváis dentro de vos. El remedio puesto para parar vuestros días, y sé estáis fuerte en lo que os digo, avivó vuestros pensamientos, mas a eso os gano en fuerzas acaso por lo vivido. Me desconcierta saberme aquí menos libre que en aquella obscura casona de Cuenca; quizá sea porque allí había la certeza de que un día escaparía e, aquí, sé que si el pueblo no se levanta como hiciéralo en motín contra el marqués de Esquilache - o Squillace, que era su nombre verdadero - en 1766, nada volverá a ser como ha sido estos últimos años. Debería deciros agora… ¡Nadie va a cortar mi capa! Puedo aseguraros, empero, que una parte ya lo está e la otra me será arrebatada.

- Como de despotismo ilustrado me habláis – razonó -; e no es ese mal cotejo, sino que podréis seguir vistiendo vuestro uniforme y vuestra capa.

- Dad tiempo al tiempo, amigo – repuse -. En verdad os digo que, llegados ya a este punto, no es lejano el momento en que se me despoje della.

Paró tomándome del brazo e mirándome turbado.

- ¿Es eso intuición o augurio?

- Bajad la voz, compañero, pues sólo para vos hablo, que no es ni intuición ni augurio, sino… ¿corazonada?

- A fe, Marino – casi hablar no podía -, que con tal seguridad lo decís que lo daría por hecho ¡Me asustáis! ¡Vos despojado de vuestra capa!

- Mejor así, Marcos; mejor así. Pronto está el día e avisado quedáis. De tales noticias nada han de saber en la casa ni agora ni el día en que lo que os digo ocurra.

E caminando seguimos sin más pláticas. Tal era su estupor.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario