27 diciembre, 2010

De las dudas de Su Ilustrísima


n el salón nos hallábamos en lecturas como tantos días y era el silencio; e a sotana tostada olía por haber don Juan sus pies casi puestos sobre el hogar. Encendida estaba la luz por lo obscuro de los nublados e algo decía entre dientes Marcos como dudando de lo que leía. En esto, dejó caer Su Ilustrísima el libro abierto sobre su sotana, retiró sus lentes e miróme como con extraño.

- Aun siendo la novela relato de ficción – me dijo – hay quien escribe cosas que no pueden ser razonadas. Este libro de Marinín, que no había leído, a ciertas aguas sólidas que pueden beberse se refiere ¡E vive Dios que imaginar no puedo ni lo primero ni lo segundo!

Levantando entonces su vista de las páginas, sonrió Marcos e rascó sus cabellos.

- ¡No sabe vuesa merced lo que leo yo en este! – repuso - ¡De un viaje hacia atrás habla yendo siempre adelante! Algún día escribiré cosas que de cuando en cuando, tan disparatadas vienen a mi mente, que bien pudieran ser una novela como estas…

- Más disparatado, como decís – apunté -, podría ser lo que en mi diario escribo. E bien sabéis nada invento, sino que lo que acaece narro.

- Alguna cosa… - dudó Su Ilustrísima - …he leído últimamente en vuestro diario, sobrino, y esta vez os traiciona, pues el secreto que a Marcos revelasteis, en vuestro diario pusisteis. Nada he de citar, que un secreto es un secreto; mas no entiendo se diga a voces.

- Acaso, Ilustrísima – terció Marcos -, sea lo escrito narración que, siendo antes secreta, ya no lo es.

- ¿Habláis de lo mesmo que yo hablo, Marcos? Pues si el Capitán – nunca así me llamaba don Juan - escribe al público lo que a vos os confiesa oculto, ¿sigue siendo secreto?

- Colijo se habla aquí de lo platicado sólo ha unos días – aclaré -; e bien decís era secreto entonces, pues sólo quería supiese aquello Marcos mas, no es ya tal secreto, pues a todos, también a vos, Ilustrísima, veo ha comunicado Marcos lo que le dije.

- Sin duda, sobrino – rió sonoramente tío Juan -; y como paradoja se me presentan tales razones pues, siendo secreto, dello hablamos y, manifestándolo agora, no se menciona el argumento.

- Es lo acordado – aclaré -; digamos no sigue siendo secreto ya lo hablado, que nadie ha vuelto a decirme cosa que fuera desas puertas suceda.

- A fe que un día – alzó su libro don Juan -, oyendo alguien estas pláticas, por locos ha de tomarnos.

19 diciembre, 2010

De cómo cerré mis puertas (2/2)


aminamos de espacio hacia la carretera e oíanse los caños del Aguanfría con tal fuerza, que hube de hacer un gesto a Marcos porque parase su discurso, que no lo oía. Fízome gesto de acuerdo, caminamos hacia abajo obra de veinte metros e comenzó a hablar sonriendo.

- He de confesaros, Marino, que creí huíais de la casa. Así pues, sabiendo nunca mentís, he de revelar erraba.

- ¡Tal no dudo! – sonreíle también -. Acaso para nos no sirva el dicho de que los que en el mesmo colchón duermen lo mesmo piensan. Sin duda vuestra mente ya no razona como abogado, sino como el capitán que agora lleváis dentro de vos. El remedio puesto para parar vuestros días, y sé estáis fuerte en lo que os digo, avivó vuestros pensamientos, mas a eso os gano en fuerzas acaso por lo vivido. Me desconcierta saberme aquí menos libre que en aquella obscura casona de Cuenca; quizá sea porque allí había la certeza de que un día escaparía e, aquí, sé que si el pueblo no se levanta como hiciéralo en motín contra el marqués de Esquilache - o Squillace, que era su nombre verdadero - en 1766, nada volverá a ser como ha sido estos últimos años. Debería deciros agora… ¡Nadie va a cortar mi capa! Puedo aseguraros, empero, que una parte ya lo está e la otra me será arrebatada.

- Como de despotismo ilustrado me habláis – razonó -; e no es ese mal cotejo, sino que podréis seguir vistiendo vuestro uniforme y vuestra capa.

- Dad tiempo al tiempo, amigo – repuse -. En verdad os digo que, llegados ya a este punto, no es lejano el momento en que se me despoje della.

Paró tomándome del brazo e mirándome turbado.

- ¿Es eso intuición o augurio?

- Bajad la voz, compañero, pues sólo para vos hablo, que no es ni intuición ni augurio, sino… ¿corazonada?

- A fe, Marino – casi hablar no podía -, que con tal seguridad lo decís que lo daría por hecho ¡Me asustáis! ¡Vos despojado de vuestra capa!

- Mejor así, Marcos; mejor así. Pronto está el día e avisado quedáis. De tales noticias nada han de saber en la casa ni agora ni el día en que lo que os digo ocurra.

E caminando seguimos sin más pláticas. Tal era su estupor.

18 diciembre, 2010

De cómo cerré mis puertas (1/2)


o habían llegado aún las Fiestas cuando aproveché un día soleado e quise hacer un paseo a caballo mas, al cruzar la casapuerta, en el lindero frontero encontré a Marcos como esperando e cabizbajo, alzó su cabeza e por su gesto grave supe me esperaba.

- Sabéis paseo cuando no llueve – musité -; no entiendo por qué aquí esperáis como si quisierais descubrirme en un intento de fuga.

- De vos huís, Marino – contestó -; ya sabéis conozco vuestros pensamientos como conozco los míos.

- ¡Vamos! – tomélo por el brazo -, no he de ir a pasear solo, sino con vos. Huir no pretendo de nadie, sino meditar… y en eso podéis serme de un gran ayuda.

- El Capitán pidiendo consejo a su abogado – hizo reverencia - ¿Qué puedo deciros que no sepáis sino lo que aquí espero? Acaso vuestras meditaciones en alta voz pudieran serviros como confesión mas, antes de que nada manifestéis, yo mesmo he de deciros a do vais y qué queréis. No es cosa que podáis ocultar a nadie en esta casa, pues es manifiesto. No sabéis vivir tanto tiempo si no lo ocupáis en algo y, tras tan larga vida sufrida, como en una isla os pensáis ¿Yerro?

- No hay yerro alguno en vuestras palabras… por un lado, mas sí hay algo en mi seso que ignoráis pues pensando estoy en todos estos artilugios modernos que a nuestra casa traen lo que no quiero en ella. He de comunicar a todos que no se me revele cosa alguna que desde aquella linde de las tierras de Grazalema al otro lado ocurra. Ignorar prefiero todo lo que acontezca. Nadie, frente a mí, hable de lo que allende aquellas arboledas sucede; e no digo con esto quiera prohibir cosa alguna a nadie. Sígase en esta casa la vida como hasta agora ha venido.

- Es eso cosa que no entiendo – dijo prudente – e no quiero razonar, mas no olvidéis estoy a vuestro lado; vuestro tío nos acompaña; nuestros niños nos necesitan. No escondednos vuestra alegría.

- Como ruego tomo tales palabras e con esto asiento; dejad que yo lleve mis problemas al hombro e no dudéis seguiré siendo el que siempre en esta casa se ha visto.

- Vuestra palabra tomo – comenzó a caminar conmigo – e yo mesmo he de decir a todos nunca se diga cosa alguna de lo acaescido en España, que es lo que deseáis si mal no lo entiendo.


- Vos lo habéis dicho. Quid pro quo, Marcos. Abiertas dejo las puertas desta casa e cerrada esa verja para mí e… a cambio, vos comunicáis lo por mí manifestado porque nadie cambie su vida. Sed cauto.

05 diciembre, 2010

Del corto diálogo con Marinín


enite – alcé la voz al oír tocaban a la puerta de mi bufete -. Inclinó mi pequeño la su cabeza dejándola asomar por el resquicio, sonrió e pasó caminando de espacio hasta mi mesa.

- ¿Conmigo queríais hablar, papá? – preguntó prudente -.

- Con vos, mi pequeño – hícele gesto porque a mí viniese -; con vos primero e con todos vuestros hermanos después. Saber quiero de vuestras vidas.

- Acaso dudáis somos felices aquí; con vos – besóme -; y erráis, papá. Mucho aprendemos, jugamos e con vos compartimos nuestras vidas.

- Y esas vidas, hijo – mirélo grave -, quiero sean de provecho para cada uno y para todos. E dudas no tengo de que así será.

E mirándome como con extraño, mesó mis cabellos y puso su brazo en mi cuello con disimulo; mas bien sabía yo lo que buscaba.

- ¿Pensáis puedo estar enfermo? – tomélo hacia mí -; decidme qué veis en mi interior.

Pensó una corta pieza sin apartar sus ojos de los míos y sin nada decir e, poniendo su cabeza sobre mi hombro, habló a media voz.

- ¡Tristeza! – dijo -; nada veo sino tristeza en vos aunque no la asomáis a vuestro rostro.

- No es este desconsuelo sino por no poder llevar a cabo mi empresa, hijo; gran contento hay en mi alma por teneros a mi lado día y noche. Decidme si hay algo que echéis a faltar que no es sino eso lo que me interesa.

- ¡Nada nos falta! – extrañóse -; bien lo sabéis e no entiendo tales dudas.

- Acaso yerre – concluí -; sé cuán verdadero sois. Me hacéis gozar e sé también os entregáis a vuestros hermanos. Tranquilo podría ausentarme desta casa estando vos aquí.

- Vuestros ojos me ven más grande de lo que soy, papá. Sin vos aquí esta casa estaría vacía. Tomad este tiempo de holganza en vuestra empresa para reponer las fuerzas, que bien sé cuánto habéis luchado por nos.

E no pudiendo sino darle toda razón, sentélo sobre mí y mostréle los nuevos trazados que había para el jardín de la casa e atento oyó lo que manifesté e del bufete salió de contento. Antes de salir y cerrar la puerta, miróme pícaramente, cerró los ojos como si soñase despierto y tiró de la puerta.