03 noviembre, 2010

Del viaje del expatriado


uedáronse en aquella casa de huésped gentil don Justo, el servicio e todos aquellos hombres expertos que hasta allí nos llevaron e, abriéndose la gran puerta de las cocheras, puso su coche en marcha doña Julia e nadie miró atrás.

Atravesando las ya tranquilas calles de Sevilla, a unas más nuevas nos llegamos e díjonos doña Julia descansásemos. Atrás iba yo sentado con Marinín e Lorenzo como recorrimos el pasadizo e junto a doña Julia veíase al periodista Alberto muy quedo. Quise echar de ver cómo era cierto que el joven podría luchar escribiendo e hícele preguntas baladí primero e otras de importancia luego. Oyéndole – miraba hacia atrás al hablar -, supe había acento castellano del que en Madrid se habla; y era hombre culto de no hacer discursos con veinte palabras, sino que, diciendo pocas, todo manifestaba. Así supe bien me conocía por haber leído este mi diario e por alguna cosa más que manifestárale doña Julia. Con esto, parecióme no era de razón hablar más, que mi pequeño me miraba en lo obscuro con los sus ojos soñolientos e Lorenzo recostó su cabeza en mi hombro.

- Una cena habremos al llegar – manifesté a doña Julia – e iremos al descanso. Priesa no habrá por madrugar; descansadas, podrán vuesas mercedes volver a Sevilla. Han de ser los días venideros de oración e retiro e, ya entrado el invierno, en otros menesteres ocuparemos nuestro tiempo.

- Pensaréis os estorbo, Excelencia – miróme con tristeza Alberto -; pensé podría restar con vuestra familia unos días… ¡pocos!, e volver luego. Lo que sé de vuestros hijos quisiera conocer estando con ellos, mas no es esto ruego alguno, sino deseo, que habrá de cumplirse, si Su Excelencia lo permite, cuando sea posible.

- ¡Posible es! – era sin duda un ruego -; podéis restar en casa cuantos días necesitéis pues lugar hay de acomodo e… si os pensáis culto, como a mí me lo parece, preparaos a hablar con niños… e con mayores, que pueden enseñaros mucho. A nadie niego compartir mi casa y a mis hijos, huéspedes e servicio tendréis como amigos.

Sonrióme en silencio e miró al frente, dejóse caer en el asiento e reclinó su cabeza. Todos en poco quedaron dormidos e continué en pláticas con doña Julia. Así, llegándonos ya a la subida de la Ribera hasta mi casa, cerró ésta las ventanas por entrar aire bien frío e, al poco, divisamos la casa, que estaba toda encendida.

- ¡Despertad! – susurré a Marinín -; a casa nos llegamos. Fría está la noche e todos están dentro, mas aseguraros puedo nos esperan.

Y en mirándome feliz incorporóse por mirar cuando ya entrábamos por la cerca e, viendo Cayetano nos llegábamos, señas nos fizo de contento y entróse a la casa a priesa. Con esto, todos salieron a recebirnos e hubo gran fiesta y algarabía y gritos e, mirando Alberto a su enderredor como dormido, exclamó:

- Así lo soñaba y mejor es, que como sueño paréceme entrar en lugar leído en un libro ¡E todo es real!

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