en el poco discurrir que nos restaba hasta la salida – obra de unos treinta metros -, dejé libres las cabezas de mis hijos e todos miramos al frente. Veíanse dos luces moverse en la plena obscuridad e hacia ellas caminamos, si acaso, más apriesa.
- No es menester apretar el paso – espetó Vicente -, que en esto haciendo, o caeremos o sacaréis los calzados de mis pies a pisotones ¡Seamos prudentes, que ya por poco se pleitea!
- ¡Bene curramus!
Rió Marinín al oír mis latines e pude ver la sonrisa en los ojos de Lorenzo.
- A fe, papá – díjome éste -, que no era todo camino de rosas como pensé, mas, a la vista está ya el final.
- Siendo así, hijos – dije a entrambos -, aliviad un poco esas manos, que he de tener cardenales en mi cintura, tantos como dedos habéis, en una semana…
- Igualados estaremos – dijo Marinín en chanza -, que entre Lorenzo e yo otros tantos habremos en los hombros y las mejillas.
E ya viéndonos cerca de aquellas luces e la salida, pasaron los temores e volvió el aliento; e una voz como de la ultratumba sonó dándonos la bienvenida.
- ¿Vicente? ¿Excelencia? ¡Aquí estamos!
Con esto, y en pocos pasos, fuimos viendo las figuras e los rostros de doña Julia, don Justo e un otro hombre joven e, soltando sus manos de mi cinto, corrió Marinín a los brazos de aquella dama que a salvarnos esperaba.
- ¡Heos aquí, mi pequeña excelencia! No es menester manifestéis agora lo vivido – exhortónos -, que bien lo sé y habrá tiempo sobrado dello ¡Subamos a la casa al punto! De la cochera saldremos con sigilo e, rodeando Sevilla por la calle Águilas, en poco estaremos camino a casa.
- Bien paréceme el trazado – díjele al oído -, mas decidme quién es esotro caballero que aquí nos sabe.
- ¡Nada temed, Excelencia! – rió por tranquilizarme -; es joven periodista de la familia que ha de narrar, salvadas las distancias y en su día, cómo todo este trazado a cabo se ha llevado con éxito ¡Acercaos! Es este mi sobrino Alberto.
- En vos confío, señora – mirélo cauto -, mas decidme antes que es eso de «periodista» y de narrar una huida como si fuese hazaña.
- ¡Alberto! – volvióse a él - ¡Acercaos! He aquí al Capitán Alacaída… Capitán, he aquí a mi sobrino Alberto – estrechó éste mi mano como si viese a un santo -, que no ha de narrar lo ocurrido como hazaña, sino que lo hará como denuncia cuando sea el tiempo. No decidme desconocéis periódicos o noticiarios. Por ellos todos saben del mal que se está haciendo e han de saber qué parciales los gobiernan. Confiad en mí y en él, pues como mi hijo lo tengo.
Acercóse el joven «periodista», tomó mi mano e, inclinándose un poco, fizo reverencia.
- ¡Al fin os conozco, Capitán! Sabed que a vuestro servicio me hallo; cuando no puede lucharse blandiendo una espada, ¿por qué no hacerlo tomando la pluma?
Así supe, en un instante, tenía ante mí esa arma que buscaba; un aliado valeroso que vencería con palabras lo invencible con la lucha.
- ¡Úsese el seso! – tendíle mi mano -; cuanto necesitéis saber os será revelado porque sepan todos lo que se les oculta.
- Con nos ha de viajar a vuestra casa, Excelencia – aclaró doña Julia -; si fuere menester más tiempo de lo que el viaje dura porque sepa lo que aún yo no le he dicho, con vos restará los días necesarios, pues sabe él secretos que acaso os den las claves para resolver este entuerto.
- ¡Bien me parece! – concluí -; usemos la pluma para levantar este velo.
- ¡Subamos! – dijo entonces a todos -; no ha de perderse tiempo alguno agora en pláticas si lo habremos sobrado en el camino.
E así subía las escaleras, iba diciendo a cada uno lo que debería hacer. Sólo Alberto viajaría con nos; e ya todos en la Fuentefría sabían de nuestra pronta llegada. Acercóse Marinín al joven periodista e, sonriéndole, tomóle de la mano e pusiéronse en pláticas.
- ¡En Internet veo lo que escribe, papá!





