e un complejo trazado se habló e con atención escuché y en contra de lo que pensaba (e pienso) a nada neguéme, que no es héroe el que lucha en la paz, sino el que lo hace en la guerra, mas no lucho por ser héroe e mi vida aún podría ser luenga e dar frutos. Púsose don Justo en pie deambulando por la estancia e los ojos de doña Julia miraban agora los suyos e luego los míos.
- Es el caso, excelencia – dijo -, que si abrís esa puerta de la calle no haréis otra cosa más en vuestra vida. Esta casa conozco como la conoce el arquitecto e también sé cómo era. Abajo, donde hallábanse las escaleras principales del palacio, una losa había… y hay, que a unos pasadizos dan ¿Yerro?
Con atención le oía e nada dije e nada expresó mi rostro.
- Acaso no sabe vuesa merced – continuó – que además de esconderse ahí abajo tesoro de valor que no puede decirse en dineros, por ahí se accede también a los vericuetos que esconde Sevilla desde tiempos de don Pedro I el Cruel. Mas sé merced a doña Julia cosas que vos no sabéis. Bajadas las escaleras e allende el pasillo primero, encuéntrase otro que de lado a lado cruza; a la izquierda están esos tesoros romanos como vos mesmo los dejasteis; a la diestra, poco camino se anda hasta llegarse al pasadizo obscuro e velado que bajo la calle de Argote de Molina desciende hasta la Catedral e los Reales Alcázares. A ese lado no puede irse, que las aguas hacia allá han arrastrado toda suerte de objetos ¡Muchos, cadáveres!
- Hacia arriba – musité - se llega uno a otra subida a esta casa.
- No erráis del todo, excelencia, mas derribado el antiguo palacio quedó esa entrada cegada. Negándose el Ayuntamiento a que persona alguna baje a esos pasadizos, hízose expedición secreta por ver hasta dónde se llegaba. Recordad hay hoy artilugios que encontrarían a una rata en ese laberinto. Fueron hasta cinco expertos caminando por él, e otros por las calles les seguían, e tomaron los de abajo imágenes del recorrido… e yo he visto lo hallado como aquellos lo vieron. Puede andarse una larga pieza sin encontrar ni almas ni cuerpos, pero salidas cerradas a alguna casa, mas, bajando hacia el Corral del Rey, llegóse a una puerta por donde sí se pudo salir. Puede irse sin ser visto hasta esa casa. En Cabeza del Rey don Pedro se halla. Sigue la luenga travesía hasta Hombre de Piedra, donde hay otra salida, mas huelga deciros es asaz farragosa. Recordad han de acompañaros vuestros hijos… e alguien más.
- ¿Me decís lleve a mis hijos por tales lugares? – enfurecíme - ¡Por la cochera se saldrá e, siendo cautos, de Sevilla saldremos!
- Con cautela e sin cautela, excelencia – tenía que rendirme a sus palabras -, sacad el coche dos metros desta casa e habréis acabado con varias vidas.
- Yo mesma, excelencia - habló entonces doña Julia –, habré de esperaros en la otra casa con un coche distinto al vuestro. En él partiremos.
Y en oyendo todas aquellas palabras nada dije, sino que mi cabeza estaba como la del Rey don Pedro e yo todo como hombre de piedra. De razón no era ir a buscar la muerte, sino ir a buscar la libertad. Mi lucha debería seguir.
- Avisad a Miguel, don Justo; él ha de saber qué cosa aprestar.



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