eguro no estaba de ir a la calle con Marinín e Lorenzo y, mientras se preparaba la salida, mil cosas pensé e mil cosas no quise decir. Ni de razón era llevarlos a paseo ni quería manifestar mi temor por ellos.
Despedíamosnos ya de Miguel e Lucía cuando alguien tocó insistente a la puerta. Corrió Miguel con sospecha por ver quién se venía e vio e habló con alguien pocas palabras e, volviendo luego a mí, diome aviso.
- ¡A fe, excelencia – dijo -, que esto no entiendo, pues suben agora e con premura don Justo e doña Julia!
- ¿Don Justo e doña Julia? – dudé - ¿Qué cosa buscan aquí a estas horas?
E tomándome un poco a una parte, díjome le pareció ver espanto en sus rostros.
- Es asunto importante, hijos – habléle a éstos tranquilo -; id a vuestra salita mientras los atiendo. Acaso sea asunto de dos minutos.
Obedientes, e sin nada más decir, licencia pidieron al retirarse cuando volvía Miguel a recibir la visita. E tras él corrí yo.
- ¡Excelencia! – exclamó casi en llantos doña Julia -.
- Pasemos a lugar privado, excelencia – espetó grave don Justo - ¡Hemos de haber unas pláticas que no han demora alguna!
Acompañónos Miguel al gabinete con la su mirada perdida e parecía sus suelas al pavimento no llegaban. Retiróse cuando nos sentábamos.
- ¿De asunto tan grave nada decís? – alzó la voz don Justo -. Sé habéis recibido amenaza como yo mesmo e hame parecido salíais de la casa.
- ¡No haced esto, excelencia – clamó doña Julia -; ni por vos ni por vuestros hijos!
Escuchaba en silencio e no quería manifestar mis pensamientos sin saber antes los suyos.
- Pensáis aún lucháis con gente que contra vos arremete esgrimiendo un acero –continuó don Justo – e bien sabéis las armas que traen, que antes de decir amén a un ciento convierten en humo. Os creía sensato, Capitán, pero jugáis con vidas creyendo cumplís vuestra empresa.
- Creéis no nos importan sino nuestras ganancias - dijo entonces doña Julia – e aquí estamos para deciros abandonéis esta casa y esta causa.
- ¿Abandonar, decís? – golpeé la mesa – ¡Jamás me he rendido ante enemigo!
- Erráis, excelencia – espetó grave don Justo -. No en una ocasión habéis tenido que esconderos ¿Os recuerdo los tiempos del dictador, los de la República, los de Fernando VII…? ¡Calláis! – dijo seguro -. Cuando la lucha es inútil e se sabe será perdida la batalla… ¿por qué no retiraros a Grazalema donde sabéis sois salvo con vuestra familia? ¡Esperad, por Dios, a que pasen estos tiempos! ¡Volved! Os seremos de un ayuda.
Hube de meditar una corta pieza, mas supe erraba. Levantéme de espacio e asentí.
- «No la saques sin razón ni la envaines sin honor»… Decidme pues qué hacer.



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