os ojos de Marinín estaban puestos en los míos cuando los abrí. Sonreíle y besóme como buenos días. Mirábame como si preguntárase qué cambios habría en mi mente e no hubo palabras en una larga pieza, sino miradas que hablaban. Levantando su brazo, señaló a la mesilla e allí estaba mi jugo de naranja.
- ¿Lo habéis traído vos? – pregunté -.
- Despierto llevo mucho tiempo – contestóme – mas no he dejado de miraros, papá. Miguel entró dentro de media hora e lo trujo.
- Sabe este hombre entonces mis usos – razoné -, que es la hora y es lo que pido.
- Nada dije por no despertaros, papá; creo sabe siempre despertáis a la mesma hora e así sabrá la hora del desayuno.
- A fe, Marinín, que lo sabe tan bien como vos. Hora es de levantarse. Id pues a vuestro aseo, busquemos a Lorenzo y veamos qué viandas nos esperan en la mesa.
Volvió a besarme e saltó de la cama de contento yéndose a su estancia. E tras el aseo púseme mis ropas modernas e abrí la puerta. Allí estaban los dos esperándome. Di los buenos días e pasamos al comedor.
- ¡Buenos días, excelencia e compaña; el desayuno está presto! – díjonos Miguel -.
- Espero sea sorpresa – le dije - ¿Acaso un desayuno sevillano?
- Muy sevillano, excelencia – habló Lucía - ¿Preferís lo anuncie o se deja en sorpresa?
– ¡Sea sorpresa! – exclamó Marinín -; sorpresa es siempre en la otra casa, que Ramón nos sirve a veces cosas que no pensamos.
- Tomen asiento vuesas mercedes que presto esta todo.
E bien que era sorpresa, pues sirviéronse «calentitos», que así son llamados aquí los churros.
- ¡Churros! – exclamo Lorenzo -. He de saber agora cómo son estos de Sevilla, pues no he comido sino los de Grazalema.
- Churros del Postigo del Aceite – aclaró Lucía -, que siendo Sevilla grande ciudad, en muchos sitios los hay e son todos ellos bien diferentes.
- E… - meditó Lorenzo - ¿Por qué han de ser de ese postigo e han de ser del aceite? ¿Acaso los otros se hacen en la calle e se fríen en grasa?
- No es aquesto, hijo – reí -, que no es el Postigo del Aceite sino un lugar; una antigua puerta de la antigua Sevilla que no cayó en… ciertos momentos. Los mejores churros de Sevilla catareis.
E todo fue muy bien servido e bendijo Marinín la mesa recordando a los ausentes e abriéronse los ojos de Lorenzo al catarlos, que pareciéronle deliciosos.
- Echo a faltar aquí a tío Juan, hijos – razoné - ¿A qué negar uno se acostumbra a los buenos usos de las buenas almas?
- He de llamarlos luego, papá – espetó Marinín -; he de decirles a todos hemos desayunado como allí.
- Anoche llamasteis, pequeño – le dije -; en cualquiera momento que lo deseéis podéis hacerlo, mas acaso sea de estorbo para ellos llaméis a cada momento.
- ¡No ha de estorbarles, papá! – apuntó Lorenzo -; si allí estuviese, quisiera haber nuevas a todas horas.
- Pues pienso yo… - dudó Marinín – debería Lorenzo restar con nosotros unos días ¿Por qué no mostrarle esas cosas que a mí me mostrasteis? ¡Es Sevilla ciudad de mucho ver! E quiero conozca a mis amigos de aquí.
Quise echar de ver entonces si placería a Lorenzo quedarse e hubo gran contento, miróse las ropas e quedó como mudo.
- Ropas no traéis, es cierto, mas hay aquí mucha tienda donde comprarlas. Dad aviso deste cambio de trazado cuando llaméis.



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