abía Marinín tan bien como yo lo ocurrido. De razón no era haber escapado del cautiverio de un año con grande esfuerzo para seguir luego otro cautiverio de por vida. Ni Marcos ni don Juan creían debería salir de aquellas tierras por parecerles desatinado e podría ser de riesgo para todos mas, no esperaba vivir una prisión de hasta la edad del último que muriese e bien sabía Marcos dificultosa sería su muerte.
Otras muchas cosas dijimos e todas ellas razonaba Marinín mas no quise oyese lo que hablare con el chusco. Llegándonos a casa con tiempo, fuese a jugar con todos y quedé en el salón con Su Ilustrísima e con Marcos.
- No es esta cuestión de elección – les dije – sino que una sola misión he en mi vida por el bien de todos, la he cumplido e voy a cumplirla.
- Sabed, sobrino – dijo don Juan convencido -, que nunca os diré lo que habéis de hacer. Nunca lo he hecho y nunca lo habéis hecho vos. Pienso he de quedarme - e no niego huí de Sevilla por miedo a la muerte - pues como de la familia me creo. Cumplid vuestra empresa e yo he de cuidar destos vuestros hijos todos e sobrinos míos; ¡mis angelitos! Tiempo habréis de venir a vernos de cuando en cuando. Solos no estamos e tenéis vos otras obligaciones.
- Tal cosa no puedo razonar yo – apuntó Marcos -; libre estáis, a salvo está la caja, a salvo la Santa Reliquia e a salvo todos ¿A qué ir a tentar al diablo?
- No es lo que decís, Marcos – mirélo con cariño -. Es el propio diablo el que me rodea. Sólo aquí me hallo a salvo. Pensad agora una cosa. Por Cuenca e por Madrid e Toledo habré sido buscado para volverme a prisión. Saben, además, tengo la reliquia que buscaban. Si volviese Bruno, por traición sería condenado. Si volviese Nicolás… por complicidad. Es dificultoso, mas pensad he de conseguir que cualquiera de nosotros podamos viajar por todo el Mundo sin ser perseguidos. Dadme un plazo para hacer lo que os digo si así lo queréis, mas no penséis antepongo unas cosas a otras por mi antojo.
- Podría ayudaros, Marino – observó entonces -; pero bien sabéis ni con los jueces sé luchar.
- Sepáis o no luchar… - pensé – no es lo que me decíais ayer. No voy a poner una espada en vuestras manos, pero papeles. Por necio me tomasteis ayer e por quimera a mi empresa. Por esto no os pido sino que aquí sigáis e comprendáis no voy a cambiar mi vida. Pensadlo bien. No he de partir para siempre sino que iré e volveré… hasta el día en que España sea salva e todos nosotros libres e vuelva, entonces, por mi voluntad, para restar aquí; hasta que los españoles todos tropecemos otra vez con la merma piedra. Excusadme, os lo ruego.
Levantéme ante el silencio de entrambos e fuime al bufete cuando tocaban a la puerta. A Cayetano oí hablar e dijeron al chusco pasase a verme.



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