06 septiembre, 2010

De la llamada al chusco (1/3)


omé a hora prudente el teléfono e quise llamar al inspector mas, por mucho que golpeaba el móvil no veía nada en él. Con esto, busqué a mi hijo Marinín, llevélo al bufete e pedíle hiciese él el llamado. Sabía mi hijo, sin nada preguntar e nada hablar, algo ocurría que no me placía. E antes de otra cosa hacer, mostróme cómo había de encenderlo de primero y, en cuatro liciones, supe yo mesmo llamar. No quise me dejase solo ni ocultar lo que hablaba.

- ¡Capitán! Os adelantáis, pues quería a las doce llamaros, felicitaros por vuestra hazaña e haber otras pláticas.

- Bien sé os alegráis de mi vuelta, inspector; mas quisiese no llamaseis a las doce sino que a mi casa vinieseis. Mucho he de saber de lo que acontece e nada se me dice. Espero vuestras razones.

- Como lo deseáis será, excelencia, que no por obligación he de visitaros sino por devoción… e paréceme algo no veis. Ni de una parte soy ni de la otra, que aquí estoy por serviros. A la hora que decís allí estaré.

Acabada la llamada, percibíme de la triste mirada de mi hijo, que nada decía, e hícele gesto porque a mí viniese tomándolo entre mis brazos.

- Sé sabéis lo que pienso, hijo, mas acaso erráis en una cosa. Pensasteis os abandoné cuando fui cautivo e pensáis agora os abandonaré. E no ha de ser así, Marinín, sino que allá donde vaya, esté quien esté, ocurra lo que ocurra, conmigo estaréis.

- ¿E quiere decir esto que por estar con vos he de privarme de estar con mis hermanos e todos? ¿Sólo con vos?

- Aquí podéis restar sin inquietud porque no vuelva, pues he de ir y venir, que ese es mi sino. Mas vuestra mirada cuando del coche bajé al llegar, me decía más que vuestras palabras. Vuestra es la decisión.

- Sé no he de perderos, papa, mas si no soy de estorbo para vuestras empresas, el tiempo que digáis he de estar con vos aunque no vea a mis hermanos.

- Como lo deseéis ha de ser, pequeño. Pongamos primero la libertad e después el gozo pues, ¿cómo puede gozarse en esclavitud?

Habiendo tiempo sobrado hasta la llegada del inspector, propuse a Marinín pasear por el campo, miróme de contento e del bufete salimos tomados de la mano. Saludamos al atravesar el salón, pues allí se hallaban don Juan e Marcos con el maestro e los nuevos amigos e parecióme todos nos miraron confusos e bajaron su mirada.

Contaba a mi hijo entonces cómo una vez fui sorprendido por hasta cinco hombres en la antigua Calle del Ataúd de Sevilla e, recordando era la calle donde don Miguel de Mañara e su paje fueron sorprendidos por follones que no pudieron ver, antes de arremeter contra ellos e descabellarlos en un movimiento raudo de mi blanca, quedé parado ante ellos, en risas rompí e caminando cabeza en alto entre ellos pasé.

- Creerían sin duda – exclamó mi pequeño – dellos os mofabais, papa; así, pensarían estabais seguro de vencerles e ni siquiera hubisteis de luchar.

- Aqueso no lo sé, pequeño; acaso pensáronse inútiles ante mi seguridad. Alzad la cabeza ante las dificultades y éstas la agacharán.

- Dejad entonces – dijo grave e como malhumorado – alce yo la cabeza con vos.

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