07 agosto, 2010

Del obscuro vacío


uise palpar, pues no veía, cada palmo de la estancia. Buscaba acaso un hueco, una arma, un algo allí olvidado… mas nada hallé. En pie e con pasos cortos recorrí el espacio hasta la puerta, pues era lo único que pude ver con la luz que del pasillo entraba. Mis brazos por delante esperaban ya tocar la puerta cuando me detuve a meditar. Seguir allí no era de razón. Poco me hubiese importado en otras épocas vivir a obscuras y encerrado muchos años mas, no podía pensar entonces en mí y mis circunstancias, sino en Marcos, don Juan e mis hijos. Si nada hacía por huir de aquel claustro en años, privaría a mis seres amados de mi compaña e, ¡vive Dios!, si algún día volvía a mi casa, ¿a quién iba a encontrar vivo? ¡Sólo a Marcos! ¿Y dónde?

No quise ordenar mis pensamientos entonces mas cambié mi indiferencia por restar allí por mis deseos de una huida pronta. Tocaron entonces mis dedos con los maderos. Era una puerta antigua e muy fuerte. Movíla un poco. Pareciéronme sus maderos de hasta siete centímetros en grosor; e no estaban encolados por unirlos sino acaso por cubrir rendijas, en modo tal, que unos e otros eran cuan una sola cosa, como uno solo, fijados con grandes lañas toscas. Palpé la añeja e fuerte cerradura (sin picaporte) e, al otro lado, una a modo de bisagra fundida e forjada a mano recorría toda la puerta desde lo alto hasta el suelo; siendo desta forma, e sin arma alguna, imposible abrirla.

La pared recorrí hasta el primer rincón sin hallar en ella nada. Limpio estaba el rincón de polvo o telas de arañas; y otra pared, la frontera, recorrí en palpando sin encontrar agujero ni alcayata olvidada, sino pared lisa e desnuda. Igual hallé el otro rincón e igual parecíame la siguiente pared mas… con algo tropecé e no quise moverme.

Acercáronse mis dedos hasta una a modo de puerta de madera; menos fuerte que la de entrada pero no menos inamovible. Un grande cajón había entre mis brazos; un mueble. E con el tacto hice su forma en armario ropero. Quise moverlo al punto, mas era muy pesado e parecía formar parte de la pared. Desesperado e sabiéndome allí un buen tiempo, dos pasos di hasta llegar al camastro. Sentéme en él e comencé a meditar.

Nada pregunté a Bruno cuando vino a traer el almuerzo.

- ¡Lo siento, Marino! Agua os traigo e no vino como es costumbre.

- Peores cosas he comido y he bebido, amigo. Mencionarlas no quiero mas… no son las viandas las que me irritan, sino comerlas sin verlas.

- Con la lámpara he de alumbraros, Marino; lo que manifestáis entiendo, que no es lo mesmo comer todo lo que se ve que ver todo lo que se come.

- ¡Sois agudo! – reí -; también algo me pasa al estar en estancia que no veo. No temo a enemigos, pues cómo iban a querer estar aquí; tampoco temo a alimañas…

- Nada hay en la estancia, Marino – recorrió con la luz sus paredes -, acaso en viéndolas sepáis cuán pequeña es. Un ropero habéis, mas vacío e cerrado está.

- ¿Qué uso iba a darle? Nada tengo.


Mas fue al partir, ida la luz, cuando pensé que no era tal ropero cosa útil para mí mas  acaso sí lo fuere para ellos. Ni abrirlo ni moverlo pude. Habría de esperar un momento por saber algo más. Bruno, aún sintiéndome como amigo, debería tener severas órdenes, pues ni hablando desto ni hablando de aquello pude saber dónde me hallaba o por qué razón había armario si no habría uso. Supe que allí estaba por un motivo que desconocía, pues no era de razón poner allí mueble inútil.


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