ien sabía no había ni tiempo ni otro lugar para la fuga e fue así como pensé Dios alargaría Su Divina Mano en mi socorro e miré al techo tapado por el mueble.
Recordé entonces cómo díjome Bruno palabras tales que no entendí: «Quitado el ropero, mirad siempre arriba». Supe así sus razones, que nada quiso decirme de donde me hallaba e bien sabía del mal que yo sufría ¿Arriba? ¿Por qué mirar siempre arriba?
Puse mis manos de espacio sobre la tosca baranda de madera e miré abajo como si mirase a ventana luminosa [o pantalla] e no a abismo alguno. En la mucha obscuridad de la noche pude ver no había más plantas ni más balcones hacia abajo, sino rocas e arbustos que no permitirían mi bajada hasta el río. Con esto, alcé mi vista a lo alto e pude ver como fachada de torre de hasta los seis pisos en altura. E mirando allí e pensando razoné aquellas palabras, pues si arriba miraba siempre ningún vértigo sentía, sino el de saberme trepando cual lagartija por aquella pared, de balcón en balcón hasta llegar al tejado e, aún allí, arriba debería seguir mirando. Así comprendí el secreto de la escapada e cómo era Bruno hombre no merecedor de que le abandonase sin siquiera un adiós.
Soseguéme entonces como no pensé lo haría e me abandonaron los vértigos e vino a mí la esperanza de verme libre e de volver a mi tierra e con mi gente.
Un año había pasado desde que cayese en la trampa e a pocos minutos (e mucho esfuerzo) hallábame de lo tanto tiempo esperado. No quise restar allí más un segundo por comenzar la escalada e, alzando mis brazos, en el balcón de arriba puse mis dedos e asíme luego con fuerzas. Así, balcón tras balcón e planta sobre planta, hasta el tejado llegué e no supe entonces si en lo más alto o lo más bajo de la casa estaba. Más dificultoso fue subir a los tejados, que el alar sobresalía casi el largo de mi brazo e me supe unos momentos colgando en el vacío a mucha altura. A pulso hube de encaramarme e casi agotado arrastréme por las tejas a lo más alto. Sí era entonces el momento de mirar al frente, hacia abajo, para llegar por la otra agua hasta la calle. E mirando a mi enderredor e viendo la bella e antigua ciudad de Cuenca iluminada en la noche, sobre las tejas que a la calle iban yací e algún tiempo caí en sueños, de forma tal, que no supe al despertar había dormido unas horas como quien yace en colchón de plumas.
El piar de las golondrinas despertóme e tras el cerro donde se halla la imagen del Corazón de Nuestro Señor Jesucristo parecióme ver despuntar el alba. Incorporéme turbado e perdido e hube de pensar unos momentos dónde me hallaba. Con esto, sin ponerme en pie, comencé el descenso a la calle y al poco vime asomado al alero.
¡Santo Dios! Cómo hasta aquel lugar hube llegado ni lo supe ni lo sé, sino que la fuerza que dióme lo dicho por Bruno fue mi salvación.
E no era momento de pensar había escapado pues, hasta no verme sentado junto a Su Ilustrísima, Marcos e mis niños, no habría de dar mi empresa por cumplida.



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