ue así como pasó el verano e se llegó el invierno. En la yerma oscuridad poníame en pie e luchaba contra follones inexistentes porque mi cuerpo no perdiese sus formas ni su fuerza mas no quise romper de un golpe las puertas del armario ropero, sino esperar el mejor momento para salir sin que pudiesen ver yo tocaba nada.
Bruno servíame en cada visita e nada ordenaba. E no quise yo hiciese sus servicios largos porque no protestase la guardia, que siempre quedaba afuera y en pláticas.
El segundo día de noviembre, al abrirse la puerta, vi con claridad de día que no entraba él, sino otro soldado. Llegóse a mí reticente e apenas dijo palabras, sino que ordenóme lo que había de hacer, vigiló mi aseo desde fuera del cuarto, dióme las ropas porque yo me vistiese e, ya en la celda, puso la bandeja sobre mis rodillas cuando sentéme en el camastro. Sentóse obra de cuatro pies a mi frente e alumbró el suelo con la lámpara todo el tiempo sin dejar de observarme.
Quise haber unas pláticas con él e a nada contestaba. Desta forma, decidí no seguir hablándole e comer a la poca luz que del pasillo venía.
Como obligado estuvo Bruno a servirme a diario, así vino estotro soldado cada día e sin descanso. Acaso, pensé, cumplía condena más dura que la de mi amigo.
Mas no todos los días pasaban del mesmo modo como no siempre se hablaba de lo mesmo o venían las mesmas viandas, pues un día de los postreros de noviembre, oyéndome hablarle, dio un fuerte golpe con la lámpara en su muslo e abrióse su chaquetón un tanto, de forma tal, que en un segundo pude leer un nombre escrito de por dentro en la tela: Moncada. E nada dije, sino que callé para siempre… hasta el día que pareciérame oportuno.
Una tarde de frío, tapado por una manta que se me ofreció al efecto, parecióme oír algo e incorporéme al punto. Como un murmullo oísase en las horas de la tarde e no podía distinguir ni de qué cosa era ni de do venía. Levanteme presto e puse atención. De detrás del ropero, por alguna grieta, me llegaba el sonido de una fuerte lluvia e, al poco, comencé a oír los truenos que tanto asustaran a Marinín. Por aquel lado debería haber salida al campo. No estaba en un sótano e no podía manifestar nada de lo oído pues sería cosa que podría ayudarme a la escapada, mas podría conocer de algún modo si lo que oía era cierto e no sueño.
Llegada que fue la guardia para la cena, puso el soldado la bandeja en mis piernas e supe tenía sus mangas mojadas de la lluvia. Con esto, quise hacer una prueba e púseme en soliloquio.
- En verdad, soldado, vuestros jefes han buen yantar, que rara vez veo se repitan las viandas. E no son cualesquiera las que se me sirven, pues hasta un buen morteruelo untado en rebanadas he catado. Es el pan fresco y el agua fresca. El cuerpo necesita cuidarse… soldado Moncada.
E al oír tales palabras, en un salto púsose en pie retirándose de mí e dejando caer la silla sin dejar de alumbrar mi rostro.
- ¿Quién os ha dicho mi nombre? – gritó - ¡Contestad o he de dar parte desto, que sólo un diablo es capaz de tales artes!
- Erráis, soldado – dije calmo -, pues hay quien hace tales cosas con malas artes e nos las hacemos con una virtud: la de ver lo oculto.
- ¡Demonio! – tiró mi bandeja al suelo - ¡Aquí os pudriréis! ¡Guardia!
Vino la guardia e con gesto de sus armas hiciéronme arrodillarme e recogerlo todo y, ya en la bandeja, tomóla uno dellos e fuése hacia la puerta, donde esperaba Moncada.
- ¡Cerrad bien la puerta! – ordenó - ¡Una denuncia haré de tales brujerías!
Cerróse el portón, subieron las escaleras e, sentado en el camastro con sonrisa invisible en mi rostro, apagóse la luz. Acababa el día veinte e tres de febrero del año de dos mil e nueve.



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