antaba yo e hablaba él. Nada dije, sino que seguí atento su soliloquio e, cuanto más manifestaba, más pensaba yo se crecía el entuerto. Habló con su tío del ropero e de muchas otras cosas más, pues aún terminada la cena, no había terminado su historia. Con su tío Rufino habló del ropero, de cómo hacerlo pared e del modo de apartarlo de su sitio, hasta tales detalles, que supo su tío era él, e no otro, el soldado que me vigilaba. Con esto, pensé su tío podría decir al otro carpintero su sobrino quería saber cómo quitarlo y, en sabiendo San José lo trazado… ¿se lo diría a su amigo capitán? ¿Qué cosa había hecho Bruno?
- ¡Erráis, Marino! – casi lloró -, en verdad os digo que mi tío nada desto ha de decir a nadie. Sabed hijos no tiene sino que como su hijo soy. Os ruego no desconfiéis de mí ni de mi tío como de vos no he de desconfiar en toda mi vida. De nada se me culpa agora como soldado e mi castigo ha sido levantado. Si de aquí no salís… ¡no volveré a veros!
¡Santo Dios! ¿Cómo podré olvidar aquella mirada? Creí era necio que, en queriéndome libre, más iba a encerrarme. Su vida arriesgó descuidando un fuerte cuchillo de la cocina… e su propio tío entrególe uno por dejarlo en su sitio. Mas no era cierto seguiría vigilándome.
- ¡Olvidad lo que os he dicho! – agaché la vista por no vello -; perdón no tengo en no creyendo en quien cree en mí con fe ciega. Os prometo he de trabajar tanto que de aquí saldré e iré a buscaros. Desoíd lo que os diga; vuestra honradez me hace avergonzar.
- ¡Un truco he de deciros, Marino! – bajó su voz -; cortad primero las dos espigas más bajas de cada lado. Es dura madera de haya e será largo e dificultoso mas, cortadas éstas, tirad con grande fuerza del pie del armario; todo él se separará de la pared dejándoos paso franco ¡Oídme bien agora! ¡Quitado el ropero, mirad siempre arriba!
- ¿Arriba?
E una voz nos interrumpió dejando palabras sin salir a la luz.
- ¿Pensáis dormir aquí hoy, Bruno? – dijo un soldado llamándolo por su nombre e sonriente - ¡Mañana estaréis en casa! Os cambiaría ese puesto de carpintero por un arsenal de fusiles como este… ¡Vamos, compañero! ¡Volvamos pronto! Es merced que esperamos de vos ¡Oídnos!
¡El soldado pedía a Bruno acabase pronto! Mi amigo íbase con su tío a trabajar de carpintero ¡No! Don Rufino no era un traidor; a su sobrino ayudaba e a mí por añadidura ¡E luego dicen que ore a San José!
E fue así como no vi más a Bruno e vino otro soldado que amable como él era e, al pasar a la celda por tomar el desayuno, acercóse a mí cauteloso e dijo como entre dientes:
«Sé quién sois, Marino. Bruno tanto de vos me ha hablado que he de cuidaros como él lo hiciera ¡Confiad en mí!».



No hay comentarios.:
Publicar un comentario