uiso ayudarme su Eminencia a vestir tal sotana, que pensé yo había de abotonarla entera de arriba a abajo e no era así. Viendo entonces que mejor sería quitar la ropa puesta, al sacristán llamó y, en entrando en la pieza e viéndome, en desmayo calló al suelo e hubo de acudir Bruno a despertarlo.
- ¡Capitán, excelencia!, - farfulló - ¡Vos aquí! Muerto os creía e vivo estáis ¡Llevadme con vos, os lo suplico!
- Conmigo os llevaría mas pienso ha de trocarse mi casa en convento o habré de ampliarla porque todos quepamos. El motivo de vuestro deseo no sé… ¡Ni siquiera vuestro nombre!
- El motivo no importa - insistió -¡Llevadme! ¡Por caridad!
E nada más quise pensar, sino que dije a Bruno le ayudase a levantarse e don Claudio no entendía qué cosa sucedía. Aseguréle vendría con nosotros e fue grande su contento, púsose en pie e ayudóme a vestir aquellas ropas. E su mirada se perdía en mi rostro como en espacios divinos.
- Pensé sólo a mí pasábanme estas cosas - farfulló como enojado Bruno -¡Otro pasajero recogemos en el camino! ¿Habrá que recoger algunos más?
- ¡Nada más se hable desto! - dije grave -. Quien a mi casa quiera venir vendrá; por nadie he preferencia. Terminad de convertirme en obispo e tomemos el camino a Madrid. No deseo contestar más cuestiones. Lo que haya de hablarse en mi casa se hablará.
- ¿A Madrid, Marino? – pensó Bruno decía locura -. En verdad os digo que no es de razón ir a la capital, que allí se os buscará de seguro.
- Vos lo habéis dicho, Bruno; en Madrid han de buscar al Capitán mas no a Monseñor Moreno. Poco clero viaja hoy con sotana… a no ser… a un acto importante ¡Vos, sacristán cual sea vuestro nombre! ¡Hasta dos sotanas de sacerdote necesitamos! ¿Dónde hallarlas?
-¿Dos sotanas? - miró a don Claudio - ¡A la tienda de uniformes militares habría que ir a comprarlas! ¡No pensaréis vistamos entrambos de sacerdote! Nadie lleva ya solana en viajes…
- Sé lo que el Capitán piensa, Nicolás – supimos su nombre - , e tales prendas talares ya no han uso. No es menester comprar cosa alguna, hijo, corred a la residencia e pedid se os entregue maleta roja antigua que en el altillo guardo. He de decir en esto al Capitán lo que ha de hacer.
E como si recibiese órdenes militares, sin nada decir, púsose ropas de deporte e salió del templo corriendo.
Díjome entonces Su Eminencia lo que habríamos de hacer e no era cosa dificultosa, sino que viajaríamos hasta Madrid en coche e, dejándolo en cierto convento, tomaríamos el llamado AVE a Sevilla. Allí, a media tarde, Su Ilustrísima nos esperaría como en ceremonia.
Y esto decía e preguntaba Bruno cómo debería hablar, cuando llegóse Nicolás con la maleta, en el suelo púsola e de allí sacó muchas ropas negras.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario