or estrechas carreteras e caminos mil vueltas dimos e parecíame siempre al mesmo lugar volvíamos e vinieron los mareos e sobrábame toda ropa, que era grande ya el calor e no había el coche el aire fresco de los nuestros. Y en subiendo al cabo por camino de ganado, a la nueva carretera salimos e más veloz iba el coche.
- A fe, Bruno, que si hasta Sevilla me lleváis por esas trochas, vivo no llegaría como es mi deseo.
E riendo por lo dicho, en platicas e chanzas nos llegamos a Tarancón sin ser vistos, pues fuéme recordando cosas contadas en mi diario ad pedem litterae.
Entrando en el pueblo, díjele preguntase por la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción e allí nos llegamos. Dejado el coche en lugar poco visible, caminamos hasta la puerta y, estando abierta, nos entramos.
Vino en esto el sacristán (a quien conocí e no conocióme) e viendo se llegaba mujer enlutada en llantos con el joven habló e pidióle éste ver a don Claudio. E aunque parecióme me miraba con extraño, hasta él nos llevó en la sacristía.
- ¡Eminencia! – dijo Bruno - ¿Nos dais vuestra licencia?
- Pasad, hijo, pasad, que bien veo os trae aquí el desconsuelo y en esta Su Casa Dios Nuestro Señor nos alienta. Tome su señora… ¿o esposa?... asiento. Agua he de pedir porque no quede sin lágrimas.
- ¡Don Claudio, Eminencia! – musité -, al Capitán Alacaída habéis ante vos.
-¿Al Capitán? – miró a Bruno con extraño -. A fe que, habiéndolo visto poco e hace tiempo, ni en ropas modernas me lo parece…
E quitando el velo que cubría mi cabeza, alcé mi rostro e mudóse el suyo.
- ¡Capitán! ¡Difunto os creíamos!
- Aunque no sé cómo - reí -, vivo sigo.
- ¡Mi bendición tenéis e a Dios hemos de dar gracias agora!
- ¡Tiempo no habemos, Eminencia! – aclaréle -, sino que he de mudar estas ropas, pediros deis aviso a Su Ilustrísima e deciros está la Santa Reliquia a buen recaudo.
- ¡Santo Dios! – alzó los brazos - ¡Por perdida la dábamos como a vos! ¡Oremus!
- ¡Oremus luego, Eminencia! – rogóle Bruno -, que el tiempo de ir al Andalucía es poco si no queremos ver a su Excelencia otra vez preso.
- ¡No ha de ser así! - exclamó don Claudio –, sino que habréis de ir a vuestra tierra e yo mesmo os haré visita pasado este espanto ¡Decidme! ¿Qué cosa necesitáis agora por poneros a salvo?
Resumíle lo ocurrido e prometíle custodiar la Reliquia el tiempo preciso e, tras cortas pláticas e viéndonos en apuros, desde allí mesmo, ante nos, llamó a Su Ilustrísima, saludólo e hablóle en latines lo que le dije. Con esto, avisado quedaba don Juan de mi pronta llegada.
- Estas ropas quisiera cambiar, Eminencia, pues bajo ellas traigo ropas modernas.
Hízome pasar entonces a otra pequeña pieza, quité mis lutos e salí de contento a besar su pectoral.
- ¡No, hijo, no! - parecióme asustarse -. Un necio sabría quién sois. Venid conmigo e vestid como yo os diga usando el nombre que os diga.
E yendo tras él, de un grande cajón de caoba sacó sotana de obispo e púsola en mis manos.
- Viajar con sotana hoy es arriesgarse a la mofa, mas es seguro nadie os pedirá razones. Colgaos este humilde pectoral e llevad este anillo. Por nombre debéis tener Monseñor Moreno hasta llegar a vuestra casa e, pasado un tiempo, he de hacer visita a Su Ilustrísima por ver la Reliquia, haber unas pláticas e recoger estos enseres.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario