una estancia pasé con Bruno para el aseo e por buscar las ropas, pues era a la sazón su madre costurera e mucha ropa había colgada de lado a lado en una barra.
- Dejadme os sirva, amigo – me dijo –, mucho tiempo lleváis cautivo e quisiera veros feliz.
- Feliz soy, Bruno. Haced lo que creáis de razón. Solo puedo asearme agora que vigilancia alguna necesito.
- ¡Si me lo permitieseis…!
- No he de negarme – acerquéme a las ropas –, mas dejadme luego elija yo mesmo las ropas para el viaje. Aunque algún tiempo haya que esperar, volver presto quisiera.
Nada dijo mientras pasaba yo la ropa allí colgada. De todo talle, de todo color e de toda forma, de la vencida barra colgaba. A una tela negra asíme, de ella tiré e quedé pensativo.
- No paréceme esa ropa para vos – río Bruno como nunca le oí -; es eso luto de señora, amigo, no ropas de hombre serio.
- Vos mesmo lo decís - pensé –, que a un hombre serio buscarán. Tomad estas ropas e las probaremos tras el baño.
Mirábame sonriente cuando oímos alguien llamaba de seguido a la puerta e, mudándosele el rostro, fízome señas e tras las ropas nos escondimos abrazados.
Algo oíamos hablar a voces e parecía su madre gemía. Con esto, abrióse al punto la puerta e dos guardias armados se entraron. Tras dellos venía la señora como en llantos e una sola frase repetía:
- Lo que buscáis no sé ¡Id a la carpintería e allí lo hallareis!
Nada dijeron e nada tocaron, sino que salieron a toda priesa acaso por buscar a Bruno con su tío.
- No es momento de perder el tiempo, Capitán; poneos esos lutos e yo mesmo os llevaré como viuda hasta el coche. Llevad debajo esta ropa, que habréis de parecer hombre cuando de Cuenca salgamos e dejéis el luto.
E vistiéndome con premura dos veces a la sala nos entramos e sonrió su madre al verme mas, dando la vuelta e buscando en unos cajones, entregóme pañuelo de encajes e rosario negro.
- ¡Es aquí el uso!
Tras despedida corta e sincera, de allí salimos mirando a un lado e al otro, tomóme Bruno del brazo e pocas calles recorrimos hasta el coche sin que nadie nos mirase con extraño. A él subimos e púsose en marcha calle abajo mientas tapaba yo mi rostro como en llantos.
- Hacia otro lado de la ciudad he de ir por no acercarnos a la carpintería – apuntó -; e un camino tomaremos en dirección contraria, que de seguro se os buscará en el que va a Madrid. Podéis llamar mientras por teléfono, que la familia habrá grande alegría de saberos vivo e libre.
- ¡No, no tal! – razoné -. Esta guardia vigila los llamados e a buen seguro oirán nuestro teléfono ¿Hemos de pasar por Tarancón?
- Tras un rodeo, Marino, que hacia otro lugar voy agora.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario