11 agosto, 2010

De la vuelta de un amigo


uchas horas antes de llegar el aseo y el desayuno ya meditaba en el silencio de la obscuridad, pues seguro estaba de que puesto el ropero allí como si una pared fuese, no habría rejas en la ventana o puerta que tapase. Mas aún así, no quise hacer nada por apartarlo pues sería labor de muchas horas e, siendo descubierto, otros remedios peores podrían poner. Con esto, decidí seguir en espera paciente, que sabía lo ocurrido el día antes con el soldado Moncada – no negó fuese su nombre – traería cambios. E los trujo.

Al abrirse la puerta a las ocho en punto, no vi la sombra de Moncada en la puerta, sino la de Bruno. E negar no puedo me incorporé con júbilo e con temor al tiempo. Acercándose a mí de espacio, le fui oyendo hablar en murmullos.

- ¡Querido Marino! ¡Amigo! ¡Excusadme! Venid agora al aseo e luego hemos de hablar.

- Nada digáis, amigo – tranquilicéle -; haced como hicisteis siempre.

Con esto, salimos al cuarto del baño e no vi la guardia mirase con mucha atención. Bruno entróse conmigo, respetó mi aseo y acercóse luego a mí casi en llantos con una toalla para secarme.

- ¡No pensad os he abandonado, Marino! ¡Mirad soy verdadero!

- No excusaos de cosa que no habéis hecho. Acabemos el aseo e dadme desayuno; no pude terminar mi cena anoche.

- Lo sé, amigo – dijo desconfiando de la guardia -, mas desayuno os traigo que curará vuestros males.

E sin decir otra palabra, vistióme de espacio e nos entramos en la celda. Venía él tras de mí, como a tres pasos, cuando volvíme a mirarlo. Sólo podía ver su sombra recortada en la puerta y dando la espalda a la guardia que en otros asuntos se hallaba.

Parecióme entonces se acercaba a mí e abría sus pantalones cauto e, luego desto, tomó mi mano diestra por la muñeca e quiso tirar della hasta su cuerpo.

- ¡Tomadlo! – susurró - ¡Es vuestro!

- ¿Qué cosa decís? – turbéme - ¡La guardia os vigila!

- ¡Tomad esto! – insistió tirando de mi mano - ¡Sé lo necesitáis!

Dejé mi mano llegar hasta su cuerpo y toqué algo duro e retiré la mano.

- ¿A qué esperar? – dijo nervioso - ¡Tomadlo!

E volví a acercar mi mano e, al asir aquello, supe era arma de madera e, más tarde, supe había en mis manos un cuchillo.

- No puedo sacar esto de donde lo traéis – le dije - ¡No quiero dañaros!

- ¡No tal! – apuntó - ¡Viene bien enfundado! Tomadlo e ponedlo bajo el colchón al sentaros; os narraré las nuevas.

Tiré del chuchillo, lo toqué con cuidado e supe era cuchillo de cocina de hasta veinte centímetros de largo, mango fuerte de madera y hoja gruesa e muy afilada. Púselo a mis espaldas y esperé a que volviese con la bandeja para sentarme, poniendo la arma donde me dijo. Dejó la bandeja sobre mis piernas e salió a por la silla sentándose cerca e alumbrándome las viandas.

- Un hombre de la guardia – dijo – comentó al jefe yo había pláticas con vos, Marino. Creyeron no era de razón os asistiese un amigo y enviáronme a las cocinas mas dije con seriedad y enojo que a nadie le deseaba vuestra compaña. Con esto, envió el jefe a soldado que encontraron en amores con su esposa creyéndoos peligroso.

- ¡Sois valiente, soldado! – dije grave - ¡Sois fiel, amigo!

- El soldado llegó anoche al cuartel como llevado por los demonios, pues decía supisteis su nombre sin decir palabra e, no estando para razones, a su casa lo llevaron e a mí diéronme órdenes de volver; mas no para siempre. Y he aquí por lo que he descuidado un cuchillo para vos. Romped las gruesas espigas que adhieren el armario al muro y podréis escapar. Sé será mucha labor dificultosa e luenga…

- Tal no importa, Bruno – aclaré -; si se tiene la paciencia de vivir ciento años, ¿cómo ha uno de desesperarse por no vivir un mes? ¿Cómo puedo agradeceros lo que hacéis por mí?

- ¡Buscadme, Marino, buscadme! – gimió - ¡Si un día escaparais, buscadme en esta dirección!

Y entregándome papel doblado acariciando mi mano, retiró la bandeja, dirigiose a la puerta e gritó a la guardia como enojado.

- ¡Vamos, guardia! ¡Demasiado tiempo aquí nos volverá locos! Encerrad bien a ese demente.
  

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