04 agosto, 2010

De la visita del mensajero de la vida


omo en sueños parecióme oír abrirse la puerta e abrí los ojos de espacio hasta ver la luz que del pasillo entraba. El tercio de la guardia apareció en silencio, dos dellos restaron armados en la puerta e otro hasta mí vino alumbrando con una lámpara. Buscaba mi rostro – acaso por ver si dormía – cuando me incorporé de espacio mirándolo en silencio.

- ¡Capitán! – exclamó sorpreso - ¡Sois vos!

- ¿A quién esperáis aquí? ¿No os han dicho quién soy o acaso no esperabais hallarme ya en esta celda?

Nada dijo, sino que miró curioso mi rostro e acercó un poco más la lámpara mientras sonreía levemente.

- ¡Os conozco! – aseguró muy quedo -.

- Preguntáis lo que vos mesmo habríais de responder – dije -. Nunca os he visto, que rostro alguno olvido.

- ¡Olvidad eso agora! – seguía confuso -; ropas e desayuno os traigo. Levantaos e acompañadme al baño. Hemos de lavar primero ese cuerpo, vestirlo e alimentarlo. Son las órdenes superiores.

En pie me puse e no dejaba de mirar a mis ojos.

- Lo que digáis he de hacer – sonreíle -; es el primer día de mi vida aquí, según entiendo. Habré de aprender estos nuevos hábitos.

Seguílo hasta el cuarto del baño, que estaba abierto, e me hizo gesto para que me  entrase. Los hombres armados quedaron fuera en pláticas.

- No hay puerta, Capitán – casi habló en mi oído -; aquí he de restar con vos. Sé lo que podréis pensar mas ni un segundo puedo perderos de vista.

- Acaso vos – dije – preferiríais no fuere así. A mis necesidades he de dar cumplimiento; estéis aquí o allí.

Parecióme nervioso, volvió a hablar en baja voz e vi como tristeza asomar a su rostro.

- En la puerta haré la guardia, Capitán – susurró -; sólo he de mirar de cuando en cuando. De razón no me parece romper intimidad alguna.

Sus palabras no sonaban a órdenes, sino a excusas, que parecióme aquel joven soldado no quería me sintiese humillado. En la puerta púsose mirando hacia fuera e con claridad pude verle mirarme en disimulos mientras iba quitando mis ropas. Respetó mi primera parte del aseo mas, viéndome ya ir al baño, volvió a acercarse, hizo gesto de pesar con la cabeza y recorrió mi cuerpo con sus ojos desde los cabellos hasta los pies.

- ¡Quinientos años! – musitó -; cambiaríalos por mis casi treinta.

- ¿Viviríais otros quinientos aquí encerrado?

- ¡Nada hablad deso! – rogó -; acabad vuestro aseo e llamadme si os fuere menester.

Muy atento estuvo a mi aseo e, al punto de terminallo, vino a mí con grande toalla a secarme. Nada quise hacer, que no sabía las órdenes mas, mientras secaba mis cabellos y mirándome en éxtasis, pensó hablando tales razones que comprendí llegaba a él de mí eso que jamás supe razonar.

- ¡Mi nombre es Bruno, Capitán! – concluyó el aseo -; sabed que es empresa mía el cuidar de vos e prometeros puedo lo haré como sirviente… que no veo mal en vuestra mirada.

- ¡Vamos, Bruno! – gritó un soldado - ¡Terminad presto e más tiempo habremos de asueto!

Ayudóme a poner las ropas, que no eran sino camisa corta abotonada, calzonas e zapatillas; rogóme me sentara en la cama e trujo bandeja con café, leche, jugo, tostada y churros. Comí de espacio y en silencio e no dejó de hablarme ni yo de oírle. Iba a ser el hombre obligado a cuidar de mí creyendo acaso sus jefes sería yo peligro para él.

- Aseguraros puedo, Capitán, que el día de descanso de la semana os echaré a faltar. Este es mi castigo por desoír orden e quisiese así todas mis penas ¡Tomad esta servilleta!

- A nadie servid sino a Dios Nuestro Señor – le dije -; vuestro esclavo ni vuestro dueño soy, Bruno, sino vuestro amigo. E si acaso temieseis no verme más, olvidadlo; no voy a escapar de aquí. Y llamadme… Marino.

- ¿Marino? – recogió nervioso - ¿En verdad puedo llamaros por vuestro nombre?

- ¡Eh, Bruno! – volvieron los gritos - ¡Si hacéis el servicio tan largo no habremos de volver al medio día, que ya estaremos aquí!

El joven soldado castigado a cuidar a un reo iría gustoso a hacerlo e, según entendí entre sus palabras, nadie debería saber lo que pensaba.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario