erminado el doble desayuno y repuestas mis fuerzas, sentí los brazos de Bruno por sobre mis hombros e vi me cubría con su chaqueta de verano e luego, levantando el cuello e las llamadas solapas, tapó parte de mi rostro como con embozo. Tomóme por la cintura e fuimos a priesa e con cautela calle abajo hasta su casa e, llamando con su puño a la puerta, abriónos señora amable e sonriónos.
- ¿Sois vos el Capitán? – preguntó con entusiasmo -.
Vio la mujer Bruno asentía e nos hizo señas de pasar.
- ¡Es él, madre, os lo dije! Es tiempo agora de ponerle ropas, de afeites e de ver la forma de que huya a su tierra.
- Dijisteis, hijo, que en saliendo de su prisión con él partiríais; luego, que aquí restaríais… e veo es la hora de restar yo sola. Mi hermano Rufino ha de echaros a faltar también…
Miró Bruno al suelo sin nada decir e supe dijo a su madre conmigo partiría; e no así fizo en el bar, que manifestóme en Cuenca seguiría su vida.
- Han de excusarme vuesas mercedes – dije - , e digo verdad, que no sé qué cosa hacer agora. Restar en Cuenca no puedo pues sería otra vez mi prisión, sino que he de huir e no sé la forma. E a vos, amigo, os digo decidáis si aquí os quedaréis con vuestra madre e vuestras gentes o venís con las mías, como paréceme habéis dicho a vuestra madre. Mas todo esto he de saber agora e, si fuere posible, llamaría por teléfono porque supieran soy libre e salvo e dónde me hallo.
- Toda madre ama e conoce a su hijo, excelencia - dijo la señora -, e así conozco al mío, que aunque insiste en estos últimos meses en que ha de quedarse, muy bien sé se quedaría con el corazón partido. Ahí habéis un teléfono por dar aviso a vuestra familia y, ya serenos, os aprestaré a entrambos ropas y enseres para la partida. No es decisión que haya de tomar yo.
- No será decisión vuestra, señora – aclaré –, mas debería vuestro hijo haber en cuenta sola quedaréis e no estaré yo solo en mi casa sino asaz acompañado. Y es esta cosa que Bruno bien conoce.
- ¡Sin duda, excelencia! - exclamó de contento la madre –, que vuestra vida conozco como la conoce él, pues mucho hemos leído entrambos vuestro diario. Sabed pues, sé yo con quién va e adónde… y aseguraros puedo es cosa que me place, que no es mi hijo hombre de estudios e familia humilde somos, mas su mente es privilegiada como la de pocos e no paréceme de razón viva en ciudad pequeña como Cuenca, sea soldado o trabaje como aprendiz de carpintero con mi hermano. Pocos caudales guardo, excelencia, mas todos ellos os daría por dar a mi hijo cuantos conocimientos han los vuestros.
- Dinero alguno habría de entregárseme - aclaré -. Mi libertad le debo e no seria pago de tal. El dinero que me entregarais sería devuelto e yo daríale todo como a mis hijos lo doy mas…
- Lo sé, Marino - balbuceó Bruno -, mas necesitaréis dineros para volver ¡Un humilde coche tengo! Sólo algo de dinero os seria menester. Y si allí llegándonos viereis no debo quedarme, aquí volveré.
Madre e hijo, aún dudando, pensaban que conmigo sería su vida otra; e yo, sin duda alguna, sabía Bruno no podría ya seguir su vida allí. Más aún, pues en peligros lo veía. Con esto e una sonrisa, a los dos les decía me avenía a tomar al joven como a otro de la familia.
La sonrisa en ambos rostros asomó e más decía que tantas razones.
- Permitidme, señora – dije en reverencia -, tome a vuestro hijo como de mi familia e le entregue cuanto darle puedo: hogar, conoscimientos e trabajo digno. Bien sabéis no perdéis a Bruno, que vuestro sigue siendo e allí, en Grazalema, habréis vos también vuestra casa.
- ¡Capitán! - alzó Bruno su voz –; ¡de razón no me parece llevar a mi madre agora, que acaso topemos con peligros! Habráse descubierto ya huisteis e seréis buscado por doquier.
- Así lo entiendo, amigo. Vayamos de primero nosotros e, sabiendo si allí os sentís como en casa, pensaríamos en llevarla porque sola no quedase.
Poco más hubo que platicar e todo se vio claro. Y levantando mi amigo la su mano abierta, ofrecióme un teléfono.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario