16 agosto, 2010

De la búsqueda del cuchillo


ada dije a Bruno de mis intenciones de escapar de aquella obscura trampa e mis amados esperarían una respuesta rápida; cosa ya imposible. Con esto, preparéme para escapar por el armario usando el cuchillo de cocina que diérame mi amigo e probé con él a raspar la superficie de la cola, que bien dura parecía e creía tal cuchillo quedaríase sin punta. E no equivóqueme, que siendo duro éste e bien gruesa su hoja, con cuidado hube de andar por no partirla. Había de tener en cuenta las horas de llegada de las guardias, que siendo bien distantes e localizadas, presto habría de andar antes porque no viesen restos. Así, a diez minutos de cada comida, debería esconder las lascas arrancadas debajo de la cama.

Estando dura la costra como no hube imaginado, casi nada hube de ocultar sino pocos restos como de uñas cortadas de dos dedos. E aún estando de rodillas escondiendo restos, encendióse la luz del pasillo, oí pasos e acercóse la guardia a la puerta. Levantéme en disimulos e sentéme en el camastro como en meditaciones e como si nada hubiese oído. Sonó la vetusta cerradura crujiendo en el silencio de la estancia e la silueta de Bruno apareció recortándose en la iluminada puerta e acercándose a mí lentamente.

- Levantaos, Capitán - dijo con gravedad -; he de examinaros antes de vuestro almuerzo. Hásenos informado de que tratáis de huir ¡Nada decid si no sois preguntado!

- Nada he de decir, soldado – respondí también grave -, pues nada hay nuevo.

- Levantad vuestros brazos como en cruz - alzó la su voz – e no moved un músculo ¡He de registraros!

Y en levantando mis brazos de espacio, a mí acercóse, puso sus manos en mis costados e más pareciome me acariciaba que otra cosa. Nada dije, sino que resté tan mudo como perplejo mientras le oía hablar.

- Aseguraros puedo, Capitán – gritó amenazante -, que si algo escondierais en vuestras ropas, vuestra ración sería la mitad desde esta noche.

E como no entendía aquello que mis ojos veían, mis oídos oían y mi cuerpo sentía, nada dije; aunque lo hubiese dicho de no estar presente la guardia, pues mi razón no alcanzaba a encajar amenazas verbales con caricias como las que mucho tiempo atrás no sentía; y llegó a tal mi desconcierto que mirábale espantado sin saber lo hacía por gozo o por temor. Acercando entonces su rostro al mío pareciome hablaba en voz muy baja e oí con atención.

- Nada decid, amigo mío, pues no hay razones para temer sino que alguien ha dicho desapareció un cuchillo de las cocinas e no soy sino yo el sospechoso. En viendo la guardia os registro e diciendo yo nada hallo, uno dellos querrá registraros ¡Decidme! ¿Esta el cuchillo donde os dije?

- Donde dijisteis se halla... e si no me palpáis de otra forma, en mi rostro han de hallar estos que más que infundirme temor alégrame veros.

- E… ¿acaso no os place tenerme aquí otra vez, amigo? Diría yo os molesta os palpe.

- ¡Erráis, Bruno! – contuve mi ira -; la guardia nos mira atenta e bien podríais acariciarme en otro momento ¡No paréceme aquesto registro, sino sobeo! Acabad vuestra labor e habremos unas pláticas, mas no mezclemos torturas.

Y en dejando pasar a otro guardia e diciéndole nada hallaba, comenzó el otro a palparme e, ¡vive Dios!, que no era tan gustoso el toque.

– Ningún cuchillo hallo – dijo el otro indiferente -, e pocas ropas hay donde esconder armas.

- Así os lo dije, compañero, e nadie quiso creerme ¿Queréis decirme agora si no es esta prueba suficiente de mi inocencia? ¿Acaso es de razón descuidar un cuchillo de cocina para ayudar a hombre como este a escapar de lugar como este? ¡Por necio me tomáis si pensáis hago tales cosas! Bien sé la historia deste hombre como para venir a cuidarle sabiéndole poseedor de arma blanca.

- Lo visto hemos de comunicar al jefe – aseguró el otro –; pienso alguien quisiera dejaros como imbécil… e tal cosa no parecéis.

- Aseguraros puedo nada he de imbécil.

E con esto quedó Bruno por sensato, verdadero e honrado; e quede yo como hombre peligroso e desarmado que daño alguno podría hacer en tal celda.

Terminado el almuerzo, volvióse Bruno en disimulos, sonrióme e cerró la puerta con grande enojo.

- ¡Dirán agora soy cómplice de asesinos!

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