espidióse Mateos tras la cena e nada dije de mis intenciones, no por temor a ser descubierto, sino porque nadie hubiese conocimiento de mi libertad hasta hallarme afuera.
Pocos segundos esperé antes de acercarme al armario a oscuras, poner mis manos sobre él e meditar lo que habría de hacer. Fui bajando poco a poco mis manos por sus costados hasta llegar a lo más bajo. Así con fuerza los maderos e tiré dellos un poco hasta percibir se movía todo. Tomando aliento, tiré al tiempo con entrambas manos e vinieron hacia mi las puertas con la caja mientras oía el crujir de las espigas más altas que cedieron con esfuerzo como bien me dijo Bruno lo harían, que era madera de gran dureza e mucho peso.
Viendo cedía luego todo él cuando halaba, más tiré e más cedió hasta que hube de sujetarlo porque no cayese al suelo empujándome con él.
Alguna tenue luz vi entraba por sus lados e como aire serrano noté refrescando el sudor de mi rostro. Hueco suficiente parecióme había para salir e quise aprestarme a hacerlo pues, habiendo tiempo para tres escapadas, no era de razón andar entonces con calma por no saber si habría más obstáculos.
Con esto, en pie me puse, tomé el cuchillo e asoméme a mirar por la puerta. Era ésta de cristales como las que úsanse en balcones e poca luz por allí veíase, que parecióme al campo daba.
Acercándome entonces a los sucios cristales, supe no había estado en un sótano, sino en planta bien alta de un edificio e, tirando con cautela de las puertas, agarrado a una baranda de madera vime e vive Dios que mis manos a ella quedaron como clavadas al mirar afuera e tembláronme las piernas. En un balcón bajo de casa colgada me hallaba como hasta a cincuenta metros en altura. Atrás miré acaso por no desvanecer e pensando cómo allí se llegaba por escaleras que bajaban. No era sótano aquella estancia, sino la planta más baja de una casa colgada de Cuenca.
Pensé no había sido tan duro el aposento en aquella celda como trabajoso sería colgase yo de aquellos balcones, sin caer, hasta bajar al río. Di paso atrás hasta pegar mis espaldas a la dura madera cerrando los ojos e sin poder abrir mis manos. Mi suerte estaba en las susodichas.
¿Qué cosa podía hacer entonces? Habiendo vértigos que me vencían como arma desconocida, ¿cómo iba a bajar de allí? Quise tranquilizarme e poner en orden mis pensamientos respirando al tiempo por sosegarme e a mí vinieron entonces los rostros de don Juan, Marinín, Marcos, Antonio, Carlitos, Pablo, Guille, Lorenzo… ¡Tantos amados que vértigo alguno iba a quitarme! ¡Tenía que bajar de allí aunque quedasen mis manos como piedra e mis pies como gelatina! E… ¿cómo haría aquello?
En pensamientos hube de restar una larga pieza pues, en pensándome colgado a aquellas alturas, poníaseme el vientre en la garganta e la boca en el suelo.
Preferí entonces haber sido frágil ave voladora e de corta vida que bizarro capitán andante e asaz añejo.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario