l día se venía e veíame aún buscando el modo de bajar. No era cosa de tanto peligro pues, como bien saben vuesas mercedes, son aquellas casas de una sola planta hacia la calle, que se entra uno en ellas por casi el tejado e así parecióme se levantaron: como no es de razón; por el tejado.Mirando a un lado e al otro, sólo vi un tubo de desagüe que al pavimento llegaba desde los canalones que por debajo del alero corrían de lado a lado mas, estaba éste tan pegado a la pared e tan bien afianzado, que no parecióme poder bajar por él e otra forma busqué. En esto estaba, cuando creí venía obrero cabizbajo que un largo madero portaba al hombro e, sin mucho pensarlo, hícele señas e silbéle.
- ¡Santo Dios! ¿Qué cosa hace vuesa merced ahí arriba? ¡Mirad que es peligroso caer desde esa altura!
E mirando atrás en disimulo, pensé no imaginaba aquel buen hombre de qué guisa hube llegado a ese tejado pues, de saberlo, acaso me tomase por loco (si no lo era ya).
- Verá vuesa merced lo que hame sucedido – inventé -, que muy bebido estaba anoche celebrando un cumpleaños entre amigos e, siendo unos dellos soldados e otro carpintero, en un desmayo, según creo, una escala trujeron e aquí he despertado…
- Esas bromas entre soldados no me placen – dijo sin alzar mucho la voz -, que estando yo en el ejército, a un soldado dormido dejaron junto a una acequia e, de no despertar a tiempo al caer a las aguas, la corriente lo hubiese arrastrado a la muerte, que aquellas aguas frías a un molino llegaban. Ni recordar tal asunto quiero ni que me deis razones de cómo subieron vuestro cuerpo hasta ahí con una escala. Por ventura es verano agora e no invierno, pues con la poca ropa que os veo, en invierno seríais agora cadáver helado – murmuró como en disgustos - ¡Permitidme os ayude a bajar e prometedme no habréis de beber tanto! Con el sentido perdido e subiendo esos tejados, a la muerte también habríais llegado, que creo bien sabréis lo que hay al otro lado.
- Sin duda lo sé, amigo - le dije -, pues al despertar desorientado e no sabiendo mi norte, desnortado caminé hacia donde decís e a tiempo vi el peligro.
- ¡Callad, callad agora, soldado, que a poco detalles me dais las piernas me tiemblan! Bajad agora por esta viga poniendo cuidado e venid conmigo al bar a tomar un resolí que os haga el cuerpo (¡No sé cómo estos jóvenes facen tales cosas!, musitó).
Y a poco de apoyar el madero en el tejado, estaba yo pisando roca firme e mis ojos se acostumbraban a la luz.
- Vayamos a un bar que está cerca – dijo – pues es el dueño mi amigo e cliente e ando yo falto de tiempo… ¿E cómo decís os llamáis?
- ¿Yo? – pregunté nervioso -. Aunque por nombre tengo Juan Antonio todos dícenme Juanito.
- Un placer el conoceros, Juanito – manifestó -. Es mi nombre Manolo e bien sé no sois carpintero porque no hay aquí muchos e a todos los conozco. Tomaremos un desayuno que paréceme, haciendo ya calor, tembláis.
- ¡Dineros no tengo, señor! – exclamé -; acaso estos que se dicen mis amigos descuidaron anoche mi cartera… ¡pues hasta tres cientos euros llevaba e nada tengo!
- Os he dicho invito yo – apuntó -.
E hube de disimular mi hambruna de tan larga e agitada noche. E, bebiendo ya el resolí que prometióme, dejó dineros en la barra, despidióse e sonriente fuese hasta la puerta.
- ¡Perdonad, Juanito! – volvióse antes de tomar su madero - ¡San José me llaman! ¡Preguntad por mí si necesitarais algún ropero! Os haré buen precio.
E así como estaba quedé, que el hombre que ayudóme a bajar de los tejados no era sino el que fizo el armario que allí me retuvo un año.


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