29 agosto, 2010

Epílogo a la Parte XIII – y 4


esta decimotercera parte no quisiese terminar sin manifestar lo que díjome Marcos que, viendo era su número el de la mala suerte (según cree) díjome haber la certeza de no ser completada e, acaso, que fuera la última parte que yo escribiera. E oyendo tales palabras mostréle cómo después de pasado más de un año sin poder escribir, a su final he llegado e habrá de seguirse con otra pues, habiendo cambiado tantas cosas, han de ver vuesas mercedes no ha cambiado esta casa, no han cambiado sus gentes e no ha cambiado el pueblo (más de lo que ya lo hizo).

Es el caso que, estando una mañana – como así fue siempre costumbre – platicando con don Juan, dijo algo se le olvidaba e pidióme el teléfono.

- A vuestro lado se halla – dijo – e por eso os lo pido, pues he de llamar a Ronda por saber de la casa, sobrino.

- A dároslo no me niego, Ilustrísima – espeté -, sino que teléfono alguno hay aquí a mi lado.

- Sobre la mesilla lo habéis e no lo veis – mostróme la tal mesa -. Algún día habréis de perder la vista e… quizá el oído.

- Excúseme Su Ilustrísima, mas teléfono alguno veo en esta mesa sino pequeño estuche como juego de mis pequeños.

- Paréceme cambian las cosas cada vez más rápido – razonó – pues es bien cierto que lo que creéis juguete no es sino teléfono móvil, que en menos de un año todo ha cambiado en eso. No sabría yo deciros agora ni cómo ni por qué han cambiado. Dadme ese pequeño estuche e pedid Marinín os diga en qué han cambiado ciertas cosas, pues hasta yo no alcanzaba a razonarlas e no razono agora cómo habíamos móviles tan poco útiles.

Dile el estuche, golpeólo con el dedo tres veces e púsose a hablar. Viendo no pulsaba tecla alguna de números, pues no las había, pedí a Cayetano llamase a Marinín a mi presencia.

– Excusad, hijo, os pida abandonéis vuestros juegos unos momentos, pues díceme tío Juan es este estuche teléfono e no veo en él número alguno.

Sonrió mi pequeño e besóme e, tomando luego aquel nuevo teléfono, golpeólo con un dedo e todo él iluminóse. Pasó la mano por sobre el cristal como lustrándolo e a mi lado se puso a darme liciones. E bien es cierto unas cosas permanecen e otras las mesmas no parecen, pues pude conocer entonces teléfono sin números, sino que se veían retratos e dibujos. Así supe habíamos entrado en una nueva era en sólo un año, que a todo lo que tenían llamaban «táctil» e todo manejábase tocándolo. Y en viendo esto - que placióme – con temor preguntéle si también las armas habían vuéltose táctiles. Rió e negó con su cabeza.

- Unas liciones habréis de darme en esto, hijo, que sólo de otros tactos entiendo. E fue así cómo supe su funcionamiento e cómo hube de cambiar mi equipo por otro… e no paréceme de razón llenar la pantalla de dedos mas pienso estos artilugios serán llamados por su nombre un día, como Carlitos, e a uno vendrán en obediencia.

Ya antes de comenzar la parte decimocuarta deste diario narrando al día lo que acontezca, he de repetir los mesmos versos que antes de narrar estas aventuras conquenses puse a vuesas mercedes y en ellos habrán de ver cómo es ciento lo que se dice.

De la Epístola moral a Fabio


"Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere,
y donde al más astuto nacen canas;
el que no las limare o las rompiere,
ni el nombre de varón ha merecido,
ni subir al honor que pretendiere.

El ánimo plebeyo y abatido
procura, en sus intentos temeroso,
antes estar suspenso que caído;
que el corazón entero y generoso,
al caso adverso inclinará la frente,
antes que la rodilla al poderoso.

Más coronas, más triunfos dio al prudente
que supo retirarse, la fortuna,
que al que esperó obstinado y locamente.

Esta invasión terrible e importuna
de contrarios sucesos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna;
dejémosla pasar como a la fiera
corriente del gran Betis, cuando airado
dilata hasta los montes la ribera..."

De Fernández Andrada

E así como en estos versos se dice, no hay retirada a tiempo que a fracaso alguno lleve, sino a vuelta triunfante. E como por costumbre ya en mi vida tengo, tras retirada forzosa vuelvo.

Aquí está agora presente, tras largo retiro, el Capitán Alacaída.


Epílogo a la Parte XIII - 3



o más de un día estuvimos en estos asuntos e quise tomar baños con todos e miraban Bruno e Nicolás pasmados en viendo cómo todos, en orden, quitaban sus ropas e a la piscina se acercaban desnudos e, viendo Marcos con ellos ya iba e iba yo a despojarme, acercóse Nicolás con sigilo e hablóme en baja voz.

- ¿Es uso en esta casa tomar baños desnudos e todos juntos? Sabed soy pudoroso e preferiría en aquellos asientos del cobertizo, tras el biombo, tomar el fresco, pues calores no siento.

Y en oyéndole Brumo parecióme contenía la risa, a nosotros vino e manifestó sus pensamientos.

- ¿Acaso pensáis, Marino, un sacristán ha de tomar estos baños desa guisa? En verdad habéis fe, mas no es la mesma fe del cristiano, que siendo casi parte del clero no me parece se avenga a celebrar tales ritos.

Mas en oyendo aquesto Su Ilustrísima vilo también de llegarse e sonriendo a entrambos e mirando luego a las aguas habló con gravedad.

- En verdad os digo, nuevos amigos, que si en esta casa no se despoja uno de los pudores, nada se vive. Como en casa de orden e religiosa que es, sus normas tiene, pues no puede entrarse en la casa descubierto el cuerpo. Mirad a vuestro enderredor e veréis no hay modo alguno de ver estos jardines desde fuera de la casa. El pecado está en el pensamiento, hijos, e no creo pecar por hacer felices a mis angelitos en sus juegos. Razonad aquesto con mi sobrino mientras prepárome yo para esos baños.

Fue entonces su mirada de confusión e poco (o nada) dijeron, sino que viendo que Su Ilustrísima como joven salía vistiendo sus oscuras calzonas e con piel morena de tomar el sol, miráronme entrambos azorados, sonreíles e fuíme a desnudar.

Viéndome luego ir desunido hacia las aguas, acercóse Nicolás presto como a pedirme licencia.

 – Una cosa os digo, amigos – respondíles -, pues no hay otra norma en esta casa que ser feliz e, respetando en ella hay algo más que pan e vino, cubierto debe entrarse. A nada se obliga aquí a nadie mas parecerán vuesas mercedes los raros… no nosotros. A tomar unos baños como todos estáis invitados.

Así, en una corta pieza, desnudos fueron a las aguas e hubo gran contento de todos y en poco olvidaron sus pudores.

 – Papi - abrazóme Carlitos -; estos nuevos amigos nuestros plácenme, que riendo tómanme por la cintura e fácenme volar por sobre las aguas.

- ¿E os gustaría tenerlos como amigos en esta casa?

- ¡Pensé se irían!

- ¡Qué van a irse! ¿Qué se van a ir? ¡Esta es su nueva casa!

- ¡Pláceme, papi!


Epílogo a la Parte XIII - 2


lmuerzo no hubo aquel día sino una a modo de cena temprana, pues sabiendo Su Ilustrísima por don Claudio la Santa Reliquia en algún lugar de la casa debía hallarse a recaudo e descubriendo dónde hubo estado tal presea más de un año, en la capilla entróse, fizo unas oraciones e pidió toda la Casa – con el servicio – fuese a rendir honores. Sabiendo ya como sabía expuesta estuvo al expolio o cosa peor, sobre el altar la puso, trujo de sus flores las mejores e todos hubimos de estar adorándola en hinojos.


- No veo, sobrino – díjome -, en qué forma ha podido estar cosa de tal valor en la calle sin ser descuidada, que hasta viejas ropas sé toman los amigos de lo ajeno de coches muy seguros e muy bien cerrados. Otra cosa no pienso sino que ha sido esto milagro de Nuestro Señor Jesucristo.

- No sé si diría ha sido milagro – manifestéle – mas es cosa que no entiendo. Entregóseme por asegurar yo la pondría a salvo… e a salvo está.

- Las priesas e los nervios – dijo – no van con las palabra serias. No hagáis agora Marcos se sienta culpable desto, que culpa no hay en él pues no hay desaguisado. Nada debe saber tampoco Su Eminencia don Claudio, que así reza el refrán que ojos que no ven…

- Por ventura está, Ilustrísima – suspiré -, pues de haber sido descuidada Dios sabe dónde, Dios sabe cómo e Dios sabe cuándo, ¿qué hubieseis dicho agora vos a don Claudio? El más espantoso de los ridículos hubiese hecho el Capitán Alacaída e ya me vería yo escondido en la China si hubiese aún la Iglesia su Santo Tribunal. Con el sambenito me vería, que Reliquia como esa no hay y en mí se ha confiado por salvalla.

- En cosas no ocurridas no pensemos – alzó sus brazos e unió sus manos – que fui yo mesmo el que le dijo iba hacia Cuenca hombre invencible de confiar como no otro. No pensemos en tales desgracias, que no han sido. A buen recaudo hállase e así estará hasta que se retire por llevarla a lugar adecuado, que si bien lo pensáis, aunque nadie sabía allí se escondía, no paréceme ese sitio seguro. Al Vaticano la devolvía yo, que nunca debió de allí salir.

- El sagrario que en la capilla se puso – bajé la voz – es seguro como pocos ¿Podría ahí guardarse hasta su retirada?

- De tal forma he de ponerlo – pensó – que ni en abriéndolo se vea. Tan escondido ha de quedar como vuestra caja roja, que nadie sabe dónde se halla.

- Así es, Ilustrísima, y es esa cosa que quisiera yo también cuidar, pues no sabiendo nadie dónde la guardo, no podría encontrarse de no estar yo presente e a nadie he de decir su paradero, que tienen estos parciales muchas formas de engaño e tortura porque alguien les dijese dónde está.

- A oír tal secreto en confesión me ofrezco, sobrino – díjome con misterio –; si fuere menester saberlo, yo lo sabría; e si fuere mejor callarlo también, que en secreto de confesión conmigo iría a la muerte.

Y en esto diciendo, pensé era esa la solución.

27 agosto, 2010

Epílogo a la Parte XIII - 1


uchos años han pasado en mí vida e pocos días como este; pocas noches habría de decir. No quiso Su Ilustrísima hacer muchas oraciones, sino unos breves latines antes de la cena. E parecióme pocos atendían a ellos, que no dejaban de mirarme como aparecido.

E hubo mucho yantar, mucho hablar e mucho reír mas borrábase la sonrisa del rostro de Marinín cuando algo narraba de lo ocurrido. Así, pensé era mejor guardar pormenores para mayores e quise a todos los pequeños (e no tanto) hacerles saber todo lo pasado no habría de recordar sino pensar en lo que habría que hacer.

Hubo pues risas e no tantas lágrimas e, llegándose ya el verano, prometíles algún viaje. Parecióme Marcos prefería restar en casa e quise hablar desto con él a solas. Mas llegóse la mañana e tomamos desayuno e, ya vencidos por el sueño en el salón, quedaron los más pequeños dormidos sobre mí e llevámoslos a sus camas con María, que como madre de todos parecía.

E ya el sol en lo alto, todos caíamos por el sueño vencidos e subimos de espacio a las estancias e fue entonces cuando no me pude dormir.

- Paréceme, Marino – susurró Marcos -, habéis ya más uso de dormir en tablas que en colchón. Decidme si acaso no podéis descansar y en vigilia he de quedar con vos.

- Dormid, Marcos, agora – miraba al techo -, pues asaz he dormido en tanto tiempo a escuras. En dos días desto no se hablará e pensaremos ha sido todo un mal sueño. Abrazadme e dormid.

Cerca ya de la hora del almuerzo, dormido había quedado e unas voces me despertaron pues Su Ilustrísima llamábanos a gritos, como en cánticos, a levantarnos e a la oración.

- ¿Desde cuándo don Juan llama a voces a la oración?

Rió Marcos e, mirándome como sorpreso, hablóme quedo.

– Deberá saber agora Su Excelencia han cambiado algunas cosas en un año. Descubridlas e no os turbéis que para bien han sido estos cambios e no para mal.

– A fe, Marcos, que de razón paréceme mucho hayan cambiado todos, mas no olvidéis es don Juan hombre de poco cambio. Acaso a mí se parezca en eso, que a mudar mis hábitos me resisto.

- Pues si de hábitos habláis, Marino – río -, diría yo Su Ilustrísima no los ha cambiado, que viste la mesma sotana, mas ¡cosas veredes!

E ya se aprestaba Marcos para bajar cuando vino a mi cabeza el más importante asunto.

- ¡Esperad, Marcos! - levantéme al punto -  ¿Dónde pusisteis la bolsa que os di el día de autos?

- ¿E dónde habría de poner bolsa vieja e sucia de deporte?

- ¡Mirad que lo que os digo no es cosa baladí! ¿Es que no recordáis os dije cuidaseis la tal bolsa como si en ella nos fuera a todos la vida?

- Sin duda lo recuerdo así, Marino, mas ¿a qué agora esas angustias?

- Por lo más sagrado para vos deste mundo no moveros de donde estáis sin decirme está esa bolsa a buen recaudo.

- Como bolsa inútil de deportes – dijo indiferente -, en lugar apropiado está ¡No sé a qué este sinvivir!

- Rogad al Señor Nuestro Dios – acerquéme a él amenazante – esté la bolsa en caja fuerte e bajo cincuenta llaves.

- Lo que decís no entiendo pues, abríla, miréla e, viendo en ella nada había sino vuestra ropa sucia…

- ¿Qué? – agarrélo por el cuello – ¡Decidme! ¿Qué hicisteis?

- ¡Nada, Marino, nada! – contestó despavorido -. Según recuerdo… a salvo está.

- ¿A salvo? – apretéle más - ¿Adónde?

- Si mal no recuerdo… - poníase bermejo - … en el coche ha de seguir.

Creyendo había dejado presea tal que no podía tasarse en manos de un cretino, dél halé e pedíle me llevase a donde estaba. Bajando sonrientes en disimulo dimos a todos saludo e salimos de la casa.

- ¡Ahí esta, Marino! - señalóme el coche -; en la cochera no está por estar ocupada con los otros dos coches e haber tomado yo este para ir a Sevilla a por vos.

- ¿Me decís habéis dejado la bolsa en el coche todo un año?

- Así lo creo – creía iba a llorar - ¡Miradlo vos mesmo!

- ¡Eso he de hacer antes de caer enfermo por primera vez en toda mi vida! – grité - ¡Abrid el coche!

- Abrirlo no es menester – dijo quedo -, que siempre lo dejo abierto.

Corrí al coche e abrí el maletero a priesa e, bajo unas mantas grasientas, se escondía la bolsa. Abríla al punto, aparté mis ropas e pude ver el paño blanco que envolvía el tesoro con el pergamino. Abriéndolo sólo un poco en temblores pude ver brillar el Santo Relicario.

- ¡Un año aquí! - exclamé entre sudores -; a Dios gracias está siempre el coche a buen recaudo…

- ¿Quién va a llevarse cosa alguna de tan poco valor? – no entendía - . Conmigo ha ido el coche a Ronda e a Sevilla, nunca helo cerrado y… ¡ya veis! Ahí está.

Tomando entonces el paño en mis manos e acercándome a él muy de espacio fui abriéndolo e mostréle el contenido.

– Sabed, Marcos, que habéis estado llevando esto a paseos e sin cautela por doquier. Miedo me da el deciros qué es e más miedo el saber cómo lo habéis llevado.

- Y… ¿qué cosa es esa que decís es tan valiosa?

Y en diciéndole lo que había ante sus ojos y en mis manos, al suelo cayó en redondo golpeando el coche e púsose éste a hacer estruendos. Saliendo de la casa todos como en espanto, hallóme Su Ilustrísima con la Reliquia en la mano y yaciendo Marcos en el suelo e pudo imaginar lo acaescido.

- ¿Vais a decirme, sobrino, que… «eso»… ha dado vueltas por la Andalucía como mula en noria?

Asentí, trocóse su rostro en alabastro, vino a mí para tomarlo como cosa que partiérase con un soplo e volvió a la casa sin decir amén.

26 agosto, 2010

Del final de mi ausencia


o he de manifestar todo lo vivido aquella noche no por poco importante o por ser tanto, sino que de larga historia sería narrar lo que cada uno dijo e fizo e lo que yo dije e fice. Cosa alguna he olvidado, que toda fue noche que un capitulo habría para cada uno, e de todas ellas no puedo decir sino que llenas de lagrimas estuvieron e, siendo momento para todos de mucho contento e como de fiesta, fiesta no fue sino recordar o narrar lo que olvidar hubiese querido.

Mas si en toda la noche a mí vinieron unos e otros, a cuál ir de primero no sabía, que todos son para mí ya carne de mis carnes e alma de mi alma.

No hube bajado del coche cuando todos a mí arremetieron con grande algarabía e lágrimas e vi quedaba Marinín a la zaga e como muy triste. Con esto, en saludando a todos a él llégueme aparte e miróme triste e como enojado. Así, sin más acercarme; quise saber sus pensamientos.




- ¿Papá está aquí e no venís?

Nada dijo e no dejaba de mirarme como ausente.

- ¡Hijo! Aquí me tenéis como siempre e aseguraros puedo nunca más he de faltaros, que más os he necesitado a vos que a mi propia libertad.

– Me habéis abandonado – dijo entre dientes - . Sin vos no sé ni quiero vivir.

En esto oyendo a él acerquéme e abracélo pareciéndome no se movía e tomé su rostro e lo puse en mi pecho.

- Tomáis por abandono lo que ha sido para mí un sufrimiento. Ambos hemos sufrido ¿Vais a dejarme sin el gozo de compartiros?

- ¡No, papa – lloró amargamente -, mas no me dejéis tanto tiempo sin vos, que en faltando, todo me falta!

Con esto, púseme a su altura, tomé su rostro e besélo e abrácelo porque se tranquilizase e sus brazos me rodearon e hice señas a Marcos de que todos se entrasen en la casa. Allí a solas con él estuve disfrutando de su presencia un luengo tiempo e nada hablábamos, sino que en silencio nos mirábamos e volvíamos a unirnos en un abrazo. Esperé hablase primero e, apretándome fuertemente, vilo sonreír e habló.

- Sé nunca mentís, papá ¿Cómo vais a mentirme a mí? Egoísta me siento por quereros sin nadie más e por no razonar habréis sufrido mucho ¡Como de mi vida he perdido un año!

- Agora sois más hombre – le dije -, e no digo aquesto porque mejor razonéis, sino porque mucho habréis crecido e como otro me parecéis.

- Los demás también os aman. No les hagamos esperar.

Con esto, incorporéme, asílo de la mano e mirándonos sonrientes a la casa nos entramos. Preguntóme Su Ilustrísima si algún problema había e agradecíle su pregunta en negándolo mas, antes de ir con los demás, confesóme Marinín no había sido quien siempre fuese ni uno solo de los días que falté e, viéndolo entonces sonreír, puso sus manos sobre las mías.

 – A fe, sobrino, que no ha de haber persona en este mundo que os ame como Dios lo hace. Dejad este mundo y os seguirá vuestro hijo. Demos gracias al Señor e tomemos esa cena, que pienso no será esta noche de dormir.

E ya entrándonos al comedor entre gritos oí decía muy quedo:

- ¡Que haya de faltarnos un año para que sepamos cuánto le amamos!

24 agosto, 2010

De la vuelta – Parte IV e final



segurónos don Claudio nos visitaría pronto e salió el pío tercio solemnemente caminando hasta el coche e hacia Madrid partimos. No he de narrar aquí otros asuntos sino que, sentado en el asiento trasero, placióme ver cómo Bruno e Nicolás platicaban, contábanse historias e reían con ellas.

Sabiendo Bruno dónde debería dejar su coche, como verdadero clero fuimos recebidos e despedidos y en coche taxi nos llegamos a la Estación de Atocha. Poco hubimos de esperar e, ya pasando por la entrada, fízome hombre tal reverencia e tanto pidióme e de tal modo le perdonara, que hube de darle mi bendición e parecióme mis compañeros reían de ver a tal personaje hacer la señal de la Santa Cruz como Su Ilustrísima la hacia.

- Diría yo, Marino - rió Bruno –, un toro bravo cuida a una oveja.

E bajábamos por las escaleras que a los coches nos llevaran cuando vi entrarse en la estación hasta cuatro hombres de mirada grave en buscando a alguien; e todos los cuatro llevaban cordoncillo en la oreja e a todos lados miraban. Sabiendo eran policías secretas, tomé a mis amigos por los brazos e corrí al primer coche.

- ¡A fe, Marino, que no sé qué cosa habéis visto, mas no tirad de nosotros desta guisa si no quisiéredes vernos rodar por los suelos por pisarnos las sotanas!

- Buscad ese coche que llaman «Clase Club» e atrás no se mire… Marino no llamadme, sino Monseñor; y el debido respeto se me dará como a obispo verdadero hasta llegarnos a mi casa.

- Así se hará – aseguró Nicolás -, a vos gracias a vuestro lado nos vemos… Monseñor.

Corto fue el viaje e hube de ponerme en rezos; tal fue la conversaron que llevaron mis amigos. E ya en Sevilla e sin portar apenas equipaje, subiendo la luenga rampa que sola sube, vi esperando a Marcos e a don Juan que con ilusión nos miraban… e confusos e acaso sin creer lo que veían, parecióme alguna risa contenían.

- A fe, Marino – díjome Marcos como en lágrimas - , que no me importaría las gentes me viesen aquí besaros e abrazaros ¿Como puedo saludaros tan distante después de haberos perdido más de un año?

- Entiendo lo que decís, hijo mío, e agradezco vuestro cumplido. Oraremos luego, vos e nos en el coche, pues del viaje venimos muy cansados.

E mirando luego a Su Ilustrísima e viéndonos éste de tal guisa, fízonos reverencia e hacia el coche partimos.

- Bien es verdad, Monseñor – díjome don Juan - , que tras viaje tan largo lo primero será dar gracias a Dios Nuestro Señor en solemne misa con toda la casa; mas una cena hemos preparado para vos e los padres Bruno e Nicolás como señal de hospitalidad en la llegada. Hame informado Su Eminencia don Claudio de todo lo preciso. No temáis.

- En el coche – contéstele -, ya camino de Grazalema, veremos «otros detalles» que no son de razón ver aquí e agora. Atended a mi compaña e dadles vuestra bendición, pues sin ellos aquí no estaría agora.

Con esto y entrándonos en nuestro coche, fue tal la alegría, que atinado no paréceme narrarlo con detalle.

Hizo el viaje Bruno junto a Marcos (que atrás miraba de cuando en cuando) e con su Ilustrísima hube unas luengas pláticas e, llegándonos a la casa, todos nos esperaban a la entrada, ya en la noche, y es éste encuentro que he de narrar a una parte a vuesas mercedes.

22 agosto, 2010

De la vuelta – Parte III


uiso ayudarme su Eminencia a vestir tal sotana, que pensé yo había de abotonarla entera de arriba a abajo e no era así. Viendo entonces que mejor sería quitar la ropa puesta, al sacristán llamó y, en entrando en la pieza e viéndome, en desmayo calló al suelo e hubo de acudir Bruno a despertarlo.

- ¡Capitán, excelencia!, - farfulló - ¡Vos aquí! Muerto os creía e vivo estáis ¡Llevadme con vos, os lo suplico!

- Conmigo os llevaría mas pienso ha de trocarse mi casa en convento o habré de ampliarla porque todos quepamos. El motivo de vuestro deseo no sé… ¡Ni siquiera  vuestro nombre!

- El motivo no importa - insistió -¡Llevadme! ¡Por caridad!

E nada más quise pensar, sino que dije a Bruno le ayudase a levantarse e don Claudio no entendía qué cosa sucedía. Aseguréle vendría con nosotros e fue grande su contento, púsose en pie e ayudóme a vestir aquellas ropas. E su mirada se perdía en mi rostro como en espacios divinos.

- Pensé sólo a mí pasábanme estas cosas - farfulló como enojado Bruno -¡Otro pasajero recogemos en el camino! ¿Habrá que recoger algunos más?

- ¡Nada más se hable desto! - dije grave -. Quien a mi casa quiera venir vendrá; por nadie he preferencia. Terminad de convertirme en obispo e tomemos el camino a Madrid. No deseo contestar más cuestiones. Lo que haya de hablarse en mi casa se hablará.

- ¿A Madrid, Marino? – pensó Bruno decía locura -. En verdad os digo que no es de  razón ir a la capital, que allí se os buscará de seguro.

- Vos lo habéis dicho, Bruno; en Madrid han de buscar al Capitán mas no a Monseñor Moreno. Poco clero viaja hoy con sotana… a no ser… a un acto importante ¡Vos, sacristán cual sea vuestro nombre! ¡Hasta dos sotanas de sacerdote necesitamos! ¿Dónde hallarlas?

-¿Dos sotanas? - miró a don Claudio - ¡A la tienda de uniformes militares habría que ir a comprarlas! ¡No pensaréis vistamos entrambos de sacerdote! Nadie lleva ya solana en viajes…

- Sé lo que el Capitán piensa, Nicolás – supimos su nombre - , e tales prendas talares ya no han uso. No es menester comprar cosa alguna, hijo, corred a la residencia e pedid se os entregue maleta roja antigua que en el altillo guardo. He de decir en esto al Capitán lo que ha de hacer.

E como si recibiese órdenes militares, sin nada decir, púsose ropas de deporte e salió del templo corriendo.

Díjome entonces Su Eminencia lo que habríamos de hacer e no era cosa dificultosa, sino que viajaríamos hasta Madrid en coche e, dejándolo en cierto convento, tomaríamos el llamado AVE a Sevilla. Allí, a media tarde, Su Ilustrísima nos esperaría como en ceremonia.

Y esto decía e preguntaba Bruno cómo debería hablar, cuando llegóse Nicolás con la maleta, en el suelo púsola e de allí sacó muchas ropas negras.

- Os entregaré salvoconducto que os abrirá paso allá donde vayáis. Mi firma e sello ha de llevar. Nada habéis de decir como si portarais secreto de la Iglesia. E nuestros dos… «ad latere» irán siempre custodiándoos. No es menester ir en silencio ni en oraciones.

De la vuelta – Parte II


or estrechas carreteras e caminos mil vueltas dimos e parecíame siempre al mesmo lugar volvíamos e vinieron los mareos e sobrábame toda ropa, que era grande ya el calor e no había el coche el aire fresco de los nuestros. Y en subiendo al cabo por camino de ganado, a la nueva carretera salimos e más veloz iba el coche.

- A fe, Bruno, que si hasta Sevilla me lleváis por esas trochas, vivo no llegaría como es mi deseo.

E riendo por lo dicho, en platicas e chanzas nos llegamos a Tarancón sin ser vistos, pues fuéme recordando cosas contadas en mi diario ad pedem litterae.

Entrando en el pueblo, díjele preguntase por la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción e allí nos llegamos. Dejado el coche en lugar poco visible, caminamos hasta la puerta y, estando abierta, nos entramos.

Vino en esto el sacristán (a quien conocí e no conocióme) e viendo se llegaba mujer enlutada en llantos con el joven habló e pidióle éste ver a don Claudio. E aunque parecióme me miraba con extraño, hasta él nos llevó en la sacristía.

- ¡Eminencia! – dijo Bruno - ¿Nos dais vuestra licencia?

- Pasad, hijo, pasad, que bien veo os trae aquí el desconsuelo y en esta Su Casa Dios Nuestro Señor nos alienta. Tome su señora… ¿o esposa?... asiento. Agua he de pedir porque no quede sin lágrimas.

- ¡Don Claudio, Eminencia! – musité -, al Capitán Alacaída habéis ante vos.

-¿Al Capitán? – miró a Bruno con extraño -. A fe que, habiéndolo visto poco e hace tiempo, ni en ropas modernas me lo parece…

E quitando el velo que cubría mi cabeza, alcé mi rostro e mudóse el suyo.

- ¡Capitán! ¡Difunto os creíamos!

- Aunque no sé cómo - reí -, vivo sigo.

- ¡Mi bendición tenéis e a Dios hemos de dar gracias agora!

- ¡Tiempo no habemos, Eminencia! – aclaréle -, sino que he de mudar estas ropas, pediros deis aviso a Su Ilustrísima e deciros está la Santa Reliquia a buen recaudo.

- ¡Santo Dios! – alzó los brazos - ¡Por perdida la dábamos como a vos! ¡Oremus!

- ¡Oremus luego, Eminencia! – rogóle Bruno -, que el tiempo de ir al Andalucía es poco si no queremos ver a su Excelencia otra vez preso.

- ¡No ha de ser así! - exclamó don Claudio –, sino que habréis de ir a vuestra tierra e yo mesmo os haré visita pasado este espanto ¡Decidme! ¿Qué cosa necesitáis agora por poneros a salvo?

Resumíle lo ocurrido e prometíle custodiar la Reliquia el tiempo preciso e, tras cortas pláticas e viéndonos en apuros, desde allí mesmo, ante nos, llamó a Su Ilustrísima, saludólo e hablóle en latines lo que le dije. Con esto, avisado quedaba don Juan de mi pronta llegada.

- Estas ropas quisiera cambiar, Eminencia, pues bajo ellas traigo ropas modernas.

Hízome pasar entonces a otra pequeña pieza, quité mis lutos e salí de contento a besar su pectoral.

- ¡No, hijo, no! - parecióme asustarse -. Un necio sabría quién sois. Venid conmigo e vestid como yo os diga usando el nombre que os diga.

E yendo tras él, de un grande cajón de caoba sacó sotana de obispo e púsola en mis manos.

- Viajar con sotana hoy es arriesgarse a la mofa, mas es seguro nadie os pedirá razones. Colgaos este humilde pectoral e llevad este anillo. Por nombre debéis tener Monseñor Moreno hasta llegar a vuestra casa e, pasado un tiempo, he de hacer visita a Su Ilustrísima por ver la Reliquia, haber unas pláticas e recoger estos enseres.


De la vuelta – Parte I


 una estancia pasé con Bruno para el aseo e por buscar las ropas, pues era a la sazón su madre costurera e mucha ropa había colgada de lado a lado en una barra.

- Dejadme os sirva, amigo – me dijo –, mucho tiempo lleváis cautivo e quisiera veros feliz.

- Feliz soy, Bruno. Haced lo que creáis de razón. Solo puedo asearme agora que vigilancia alguna necesito.

- ¡Si me lo permitieseis…!

- No he de negarme – acerquéme a las ropas –, mas dejadme luego elija yo mesmo las ropas para el viaje. Aunque algún tiempo haya que esperar, volver presto quisiera.

Nada dijo mientras pasaba yo la ropa allí colgada. De todo talle, de todo color e de toda forma, de la vencida barra colgaba. A una tela negra asíme, de ella tiré e quedé pensativo.

- No paréceme esa ropa para vos – río Bruno como nunca le oí -; es eso luto de señora, amigo, no ropas de hombre serio.

- Vos mesmo lo decís - pensé –, que a un hombre serio buscarán. Tomad estas ropas e las probaremos tras el baño.

Mirábame sonriente cuando oímos alguien llamaba de seguido a la puerta e, mudándosele el rostro, fízome señas e tras las ropas nos escondimos abrazados.

Algo oíamos hablar a voces e parecía su madre gemía. Con esto, abrióse al punto la puerta e dos guardias armados se entraron. Tras dellos venía la señora como en llantos e una sola frase repetía:

- Lo que buscáis no sé ¡Id a la carpintería e allí lo hallareis!

Nada dijeron e nada tocaron, sino que salieron a toda priesa acaso por buscar a Bruno con su tío.

- No es momento de perder el tiempo, Capitán; poneos esos lutos e yo mesmo os llevaré como viuda hasta el coche. Llevad debajo esta ropa, que habréis de parecer hombre cuando de Cuenca salgamos e dejéis el luto.

E vistiéndome con premura dos veces a la sala nos entramos e sonrió su madre al verme mas, dando la vuelta e buscando en unos cajones, entregóme pañuelo de encajes e rosario negro.

- ¡Es aquí el uso!

Tras despedida corta e sincera, de allí salimos mirando a un lado e al otro, tomóme Bruno del brazo e pocas calles recorrimos hasta el coche sin que nadie nos mirase con extraño. A él subimos e púsose en marcha calle abajo mientas tapaba yo mi rostro como en llantos.

- Hacia otro lado de la ciudad he de ir por no acercarnos a la carpintería – apuntó -; e un camino tomaremos en dirección contraria, que de seguro se os buscará en el que va a Madrid. Podéis llamar mientras por teléfono, que la familia habrá grande alegría de saberos vivo e libre.

- ¡No, no tal! – razoné -. Esta guardia vigila los llamados e a buen seguro oirán nuestro teléfono ¿Hemos de pasar por Tarancón?

- Tras un rodeo, Marino, que hacia otro lugar voy agora.

- Esperemos pues – suspiré -. Poco ya falta. Donde os digo, pediremos a hombre conocido compre el teléfono por nos a su nombre. No será de extraño que un obispo a otro llame e bien sé las palabras que ha de decirle. Ya priesa no hay.

21 agosto, 2010

De la decisión a tomar


erminado el doble desayuno y repuestas mis fuerzas, sentí los brazos de Bruno por sobre mis hombros e vi me cubría con su chaqueta de verano e luego, levantando el cuello e las llamadas solapas, tapó parte de mi rostro como con embozo. Tomóme por la cintura e fuimos a priesa e con cautela calle abajo hasta su casa e, llamando con su puño a la puerta, abriónos señora amable e sonriónos.

- ¿Sois vos el Capitán? – preguntó con entusiasmo -.

Vio la mujer Bruno asentía e nos hizo señas de pasar.

- ¡Es él, madre, os lo dije! Es tiempo agora de ponerle ropas, de afeites e de ver la forma de que huya a su tierra.

- Dijisteis, hijo, que en saliendo de su prisión con él partiríais; luego, que aquí restaríais… e veo es la hora de restar yo sola. Mi hermano Rufino ha de echaros a faltar también…

Miró Bruno al suelo sin nada decir e supe dijo a su madre conmigo partiría; e no así fizo en el bar, que manifestóme en Cuenca seguiría su vida.

- Han de excusarme vuesas mercedes – dije - , e digo verdad, que no sé qué cosa hacer agora. Restar en Cuenca no puedo pues sería otra vez mi prisión, sino que he de huir e no sé la forma. E a vos, amigo, os digo decidáis si aquí os quedaréis con vuestra madre e vuestras gentes o venís con las mías, como paréceme habéis dicho a vuestra madre. Mas todo esto he de saber agora e, si fuere posible, llamaría por teléfono porque supieran soy libre e salvo e dónde me hallo.

- Toda madre ama e conoce a su hijo, excelencia - dijo la señora -, e así conozco al mío, que aunque insiste en estos últimos meses en que ha de quedarse, muy bien sé se quedaría con el corazón partido. Ahí habéis un teléfono por dar aviso a vuestra familia y, ya serenos, os aprestaré a entrambos ropas y enseres para la partida. No es decisión que haya de tomar yo.

- No será decisión vuestra, señora – aclaré –, mas debería vuestro hijo haber en cuenta sola quedaréis e no estaré yo solo en mi casa sino asaz acompañado. Y es esta cosa que Bruno bien conoce.

- ¡Sin duda, excelencia! - exclamó de contento la madre –, que vuestra vida conozco como la conoce él, pues mucho hemos leído entrambos vuestro diario. Sabed pues, sé yo con quién va e adónde… y aseguraros puedo es cosa que me place, que no es mi hijo hombre de estudios e familia humilde somos, mas su mente es privilegiada como la de pocos e no paréceme de razón viva en ciudad pequeña como Cuenca, sea soldado o trabaje como aprendiz de carpintero con mi hermano. Pocos caudales guardo, excelencia, mas todos ellos os daría por dar a mi hijo cuantos conocimientos han los vuestros.

- Dinero alguno habría de entregárseme - aclaré -. Mi libertad le debo e no seria pago de tal. El dinero que me entregarais sería devuelto e yo daríale todo como a mis hijos lo doy mas…

- Lo sé, Marino - balbuceó Bruno -, mas necesitaréis dineros para volver ¡Un humilde coche tengo! Sólo algo de dinero os seria menester. Y si allí llegándonos viereis no debo quedarme, aquí volveré.

Madre e hijo, aún dudando, pensaban que conmigo sería su vida otra; e yo, sin duda alguna, sabía Bruno no podría ya seguir su vida allí. Más aún, pues en peligros lo veía. Con esto e una sonrisa, a los dos les decía me avenía a tomar al joven como a otro de la familia.

La sonrisa en ambos rostros asomó e más decía que tantas razones.

- Permitidme, señora – dije en reverencia -, tome a vuestro hijo como de mi familia e le entregue cuanto darle puedo: hogar, conoscimientos e trabajo digno. Bien sabéis no perdéis a Bruno, que vuestro sigue siendo e allí, en Grazalema, habréis vos también vuestra casa.

- ¡Capitán! - alzó Bruno su voz –; ¡de razón no me parece llevar a mi madre agora, que acaso topemos con peligros! Habráse descubierto ya huisteis e seréis buscado por doquier.

- Así lo entiendo, amigo. Vayamos de primero nosotros e, sabiendo si allí os sentís como en casa, pensaríamos en llevarla porque sola no quedase.

Poco más hubo que platicar e todo se vio claro. Y levantando mi amigo la su mano abierta, ofrecióme un teléfono.

Del trazado del carpintero


al como quedé cuando fuese San José una buena pieza resté, pues no sabía entonces si agradecido o indignado dejóme aquel santo carpintero. E sabiendo podría ser observado, las caras que me rodeaban fui mirando con presteza e no parecióme alguno dellos apercibiérase de mi desconcierto sino un joven enjuto e sonriente que allende la barra bebía su café caliente mirándome de cuando en cuando.

Y aprovechando nadie miraba y en pláticas todos se hallaban, mi mano extendí con disimulo por coger los dineros que dejase allí el santo. Como pícaro ladronzuelo vime descuidando hasta tres euros e pocos céntimos cuando el bodeguero a otro lado miraba e, cambiando de sitio entre las gentes, con sigilo me puse entre dos desconocidos.

- ¿Qué desea tomar el señor? - preguntóme el sirviente - ¿Café e tostada?

E sin pensar en otra cosa sino en el gusanillo que me picaba, asentí e añadí: «E una copa de resolí»”.

Fuese el bodeguero a otro sitio e mi mirada lo siguió hasta encontrar la del joven que sonreía y, sonriéndole yo también, vi tomaba su café en la mano e comenzaba a caminar en acercándoseme. Al suelo miré como buscando e de reojos vi a mi lado se llegaba.

- ¡Marino! – exclamó muy quedo -.

Levantando mis ojos con temor hasta los suyos, no pude evitar mi boca se abriese en sorpresa e aspiré turbado. Ante mí, más delgado y en ropas de calle costosas, estaba Bruno mirándome como no creyendo lo que veía.

- ¡Bruno, amigo!

Y en esto diciendo a mis brazos vino e sus fuertes manos se posaron en mis espaldas e a todos lados miré por saber nadie nos observaba.

- ¡Creerlo no puedo, mi amado amigo! Al fin desa celda lograsteis escapar ¿Do vais agora? ¡Venid a mi casa, que es bien cercana!

- ¿A vuestra casa decís? – retiréme –. Desayunar quisiera antes, amigo, pues no sabéis el hambre que aquí me trae.

- Bien sé el hambre que sufrís. Desayunad otra vez e guardad ese poco dinero de San José por lo que fuere menester.

Más asombrado quedé al saberme observado e ladronzuelo mas en su mirada sincera supe me entregaba toda su ayuda. La Mano Divina que esperaba tenía al frente e a mis brazos cayó otra vez gimiendo.

- Sabía lo lograríais, Marino. Nada en este mundo va a parar vuestros días e yo mesmo he de ayudaros agora a escapar de Cuenca, pues a la celda volveréis si os hallan ¡Permitid mi humilde ayuda! ¡Os lo ruego!

E mirando sus ojos compasivos supe no había maldad en él, sino pasión e compasión por el capitán que un día halló preso en una obscura celda e creyó conocer.

- Excusadme, Capitán, si yerro; e no penséis creo equivocadamente conoceros; pues lo que escribís a diario en Internet leo e, sabiendo vuestra historia paró camino de Cuenca e viéndoos luego en aquella celda, creíme el más afortunado hombre desta tierra.

- ¿Qué cosa decís? – mirélo con espanto - ¿Conocéis mi vida por lo escrito?

- Como no otro la conoce, amado Marino, que al ver no escribíais e hallaros encerrado en esa casa, desde el principio al final todo he leído hasta tres veces. No temed, pues sé qué me pasa. Bien conozco vuestra vida, a don Marcos, a Su Ilustrísima…

- ¡Callad, Bruno, callad! – en sus brazos caí -, que nadie podría apartarme agora de vos. Dejadme yante algo más e llevadme adonde creáis debemos ir. Como veis, amigo, también el Capitán Alacaída yerra, mas sabed lo reconoce.

- Sélo, Excelencia. Acabad presto e huyamos a mi casa. Allí habréis de poneros ropa adecuada, disimular ese rostro e partir a Grazalema; Marcos os echará a faltar. Yo seguiré con mi tío el oficio de carpintero.