22 julio, 2010

Del cónclave por un clavo


ruzamos a priesa la nave central tras dar nuestro saludo al Santísimo hasta llegarnos a una portezuela que parecióme haber acceso a la sacristía mas, sacando de su bolsillo abundantes llaves, buscó don Claudio una dellas e abrió la puerta dificultosamente. Un luengo, curvo e obscuro pasillo recorrimos que parecía bajar casi una planta hasta llegar a otra puerta. Estaba ésta entreabierta, veíase luz por el resquicio e oíanse voces como en discusión discreta. Abrió la puerta empujando e allí nos entramos.

- ¡Capitán! – vino hacia mí obispo con sotana - ¡Por suerte habéis sido encontrado e a nuestros ruegos os avenís!

- Aquí estoy porque he venido – dije -, e mi desconcierto me ha traído, ¡vive Dios!, que don Claudio me da razones mas, siendo tantas, ninguna entiendo.

- Sentaos aquí, sentaos – continuó -, que acaso la premura y el espanto nos impidan manifestaros tanto.

E tomé asiento en sillón dorado e que de rojo terciopelo había sus tapices e fueme aquel otro obispo hablando con más sosiego… e más orden.

- Todos aquí obispos reunidos en cónclave nos hallamos, pues certeza habemos de que este templo, como ocurriese en 1936, ha de ser profanado y expoliado. Poco tiempo habemos por llevar al Santísimo lejos aunque dentro de nuestros humildes cuerpos lo hagamos. Mas no así podremos salvar presea, de valor tal, que destruida nos llevaría al quebranto. Es así, en tales aprietos, como oímos a don Claudio hablar de vos, Excelencia. Excúsesenos el no narraros agora historias que bien os son conocidas, sino que queriendo pediros un ayuda llamando a Su Ilustrísima, don Juan de Lobo, supimos viajabais a Cuenca ¡E a medio camino estamos! E como queríamos vuestra presencia, queremos agora volváis al punto a vuestra tierra, pues aquellos que os buscan por otras causas, sabedores de que visitaréis la ciudad del Huécar y el Júcar, acaso piensan venís en nuestra defensa e a nuestros oídos ha llegado os espera celada en la que caeríais con la familia ¡Aquesto buscan e aquesto buscábamos nos!

- Sépase agora – dije solemne – que, dejando a mis seres amados a buen recaudo, he de hacer cuanto se me pida mas… (dudé)

- ¿No es posible tal? – preguntó angustiado don Claudio - ¡Nadie sino vos puede salvar lo que os decimos! ¡Mirad!

Apresuróse a abrir un a modo de sagrario e trujo hasta mí como relicario en oro sobre primoroso paño blanco.

- ¡Aquí tenéis, Excelencia! – me dijo casi en llantos -. En vuestras manos podría quedar a salvo lo que nadie ha visto. No es esto sino un auténtico clavo, el de la mano diestra, que sujetó el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en su cruz. Acaso pensaréis son todas estas reliquias, de las que se habla existen, meras copias o producto de falsos intereses. Mas aquí habéis documento escrito de Su Santidad San Silvestre en el año 315 donde, además de leerse el Credo por vez primera, habla de cómo creó la Corona Férrea con un clavo de la cruz… ¡Helo aquí!

- ¡Santo Dios! – di paso atrás - ¿Ponéis en mis manos tal tesoro?

- ¿En qué otras manos pensáis lo dejemos? – acercóse el otro obispo -. No es la Iglesia ni somos sus ministros luchadores ni estrategas ¡Vos sí! E cristiano. La espada e la cruz tomáis como una sola cosa como hiciese San Fernando…

- Bien decís uso mi espada en defensa de mi fe, Eminencia – abrí mis brazos en cruz -, mas sin ella vengo e sin cualquiera otra cosa que pudiese usar como una arma, que así lo pidió don Claudio.

- Vuestra fuerza os acompaña allá donde vayáis, Capitán – insistió don Claudio -; castigo de Dios es esto por pensaros…

- ¡No es momento destas pláticas! – interrumpí e tomé sin mirar el relicario -; si vinieren estos parciales en mi busca, ni esta presea ni vuesas mercedes ni mi familia a salvo estaríamos ¡Salgamos!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario